“En la sangre”

Mateo (Pedro de Tavira), intelectual taciturno, regresó hace poco de vivir en el extranjero, y ahora le toca a Tomás (Juan Pablo Campa), su hermano, hacer un posgrado en el extranjero; éste no sabe muy bien qué hacer con Nadia (Camila Sesler), su novia. Entre dudas y titubeos, desidia y baños de tina, se arma el triángulo amoroso.

Por lo visto le tomó casi cuatro años a Jimena Montemayor esperar que su primer largometraje, En la sangre (México, 2012), llegara a la cartelera; la apuesta comercial resulta poco viable para un cine mexicano que se atreve a ser intimista, sin sangre ni balaceras. El tema es el de las relaciones de pareja, el sentido existencial de una clase social, media alta, que elude ver más allá de sus narices, o participar activamente en su entorno. El lapso de tiempo es mucho para una película cargada de ideas que seguro ahora tendrían otro desarrollo; claro, en la medida que la joven realizadora siga por la brecha que abrió.

En la sangre habla de lazos, vínculos se dice ahora, que funcionan como vasos comunicantes donde lo entrañable, la sangre, la libido, quedan atrapados en un sistema cerrado, de ahí el juego incestuoso, siempre tangencial aunque inevitable. ¿La fijación de Mateo por Nadia, su paso al acto, es la traición de Caín, o la realización del deseo por el hermano? ¿O por la madre de ambos? La tina donde se celebra la fiesta íntima de los tres, bebiendo vino y fumando mota, evoca la imagen de niños jugando en el agua, y, sin embargo, es lo más cercano a una orgía; en ese líquido amniótico, Nadia participa del rol de madre, hermana y amante.

La película dice mucho pero habla poco; los diálogos son escasos, intentan ser triviales, lo logran por falta de pulimiento, y a veces dicen cosas profundas, sobre todo cuando apuntan a la falta de comunicación y parecen decir lo contrario. Cuando Tomás le reclama a su novia que ella no sabe qué quiere, la sensación en el espectador es que sí, qué él lo sabe y que no puede ignorar los besos con el hermano que él capta de reojo, o los que se dan literalmente a sus espaldas mientras él abre la puerta y tarda para darle vuelta a la llave. Mateo afirma que no puede negar la felicidad cuando llega, ¿pero de qué felicidad se trata? En tanto que trofeo amoroso, Nadia es indisociable de la rivalidad latente entre los hermanos, o de su promiscuidad sexual.

Jimena Montemayor no habría tenido necesidad, o interés, de llevar la reflexión a ese nivel, afortunadamente esos raseros se tocan cuando un director se atreve a explorar a fondo, y en círculo, las relaciones de sus personajes a manera de laboratorio de afectos. La actitud condescendiente, buena onda, de estos jóvenes con gente del pueblo, algo que la cinta Los muertos de Santiago Mohar explora a fondo, refleja mejor el ocio y la evasión de una clase social, que la dinámica de este trio que puede darse en otras latitudes.