España, izquierda dividida

Al momento en que aparezca este artículo se estarán conociendo los resultados de las elecciones legislativas en España. No se trata del fin de un proceso. Es sólo el comienzo de un largo camino para negociar pactos y formar gobierno. El escenario para hacerlo es muy complicado. Existe incluso el temor de que se reproduzca el empantanamiento que siguió a las elecciones del 20 de diciembre pasado. Una desconcertante incapacidad de diálogo y entendimiento entre partidos domina el panorama español.

Las últimas encuestas señalan resultados muy cerrados. Ninguno permite tener mayoría sin alianzas. El partido más votado, aunque por poco margen, sería el Popular (29%) seguido de cerca por Unidos Podemos (26%), el PSOE (21%) y Ciudadanos (14%). El resto corresponde a partidos nacionalistas, principalmente vascos y catalanes.

Salta a la vista el fin de la época de bipartidismo –PP-PSOE– que imperó en España desde la restauración de la democracia en 1977 hasta 2015. El fin de esa época tiene sus orígenes en la Gran Recesión de 2008, cuyos efectos fueron particularmente devastadores en este país. La caída de las tasas de crecimiento, el recorte del gasto público en educación y salud y, sobre todo, el desempleo que golpeó con gran dureza a los jóvenes provocaron malestar, descontento social y nuevas expresiones políticas.

Lo llamativo dentro de esos antecedentes es la consolidación de Podemos como partido político. Después de haber reunido a miles en Madrid, convocados por redes sociales sin liderazgos visibles, los entonces “indignados” son ahora, junto con Izquierda Unida, el partido más votado después del PP, por encima del PSOE y casi con el doble de intención de voto que Ciudadanos.

Cierto que ese auge ha sido impulsado por la alianza con Izquierda Unida, uno de los últimos vestigios del Partido Comunista español. Pieza clave en la lucha contra el franquismo y la construcción del orden democrático que le siguió, lo que resta del PCE no es apreciado por sus enemigo tradicionales, así como por sectores de la socialdemocracia. Según éstos últimos, Izquierda Unida conlleva a la confrontación estéril y rechazo a la modernidad necesarias para convivir con la democracia europea del siglo XXI.

Independientemente de la justeza o no de tales críticas, el hecho es que en el contexto de una Europa donde durante el último año han tomado fuerza los partidos de extrema derecha, algunos de corte francamente neonazi, como en Austria y Hungría, el ejemplo de Unidos Podemos es alentador y no puede ignorarse como referente de una izquierda que trae frescura, compromiso social y esperanza en una propuesta nueva, la cual aún está por definirse.

Lo anterior es, en efecto, alentador pero no suficiente. Las diferencias entre el PSOE y Podemos, al menos hasta el momento de escribir este artículo, hacen improbable la unión de la izquierda para que, con el apoyo de algunos partidos nacionalistas, pudiesen formar gobierno. Las diferencias entre los líderes de ambos partidos –Pedro Sánchez por el PSOE y Pablo Iglesias por Unidos Podemos– parecen irreconciliables.

Detrás de ellas se advierten las dificultades del PSOE para incorporar el estilo, ideología y propósitos de Podemos sin perder sus propias señas de identidad. Para los barones de un partido que ha dejado huella en la historia reciente de España, de lo cual se sienten orgullosos, esa claudicación es inaceptable. Las cosas pueden modificarse si los pronósticos de las encuestas son erróneos en uno u otro sentido; el cambio tendría que ser muy significativo para hacer una verdadera diferencia.

Así, a pesar de tener enfrente la posibilidad de inclinar la balanza política española hacia un gobierno de izquierda, el PSOE seguirá posiblemente una política de abstención que permitiría al PP aliarse con Ciudadanos para formar gobierno. Según declaraciones de éstos últimos, condición sine qua non sería la sustitución de Rajoy por otro dirigente del PP.

La situación anterior coloca diversas preguntas sobre la mesa; ninguna tiene hoy día una respuesta clara. La primera se refiere a la estabilidad de la solución que se encuentre en el corto plazo. Muchos dudan de la permanencia de un gobierno construido sobre bases endebles. Es probable, entonces, que sea de corta duración y en poco tiempo sea necesario convocar a nuevas elecciones. En ese caso, ¿cuál sería la situación de la izquierda? Todo sugiere que el PSOE que se abstiene no saldría fortalecido. Hacia el futuro es más factible que Podemos sea quien enarbole la legitimidad de la izquierda.

La segunda pregunta tiene que ver con un problema en el corazón de la vida política española: el destino de las autonomías. Cataluña es el tema más apremiante. Un nuevo gobierno conservador mantendría el statu quo. Unidos-Podemos haría el cambio porque se han comprometido a celebrar el referéndum sobre la independencia que anhelan los catalanes. Los resultados del mismo son difíciles de prever.

La tercera interrogante tiene que ver con la relación de España con el mundo. El tema ha estado notoriamente ausente en los debates y artículos de opinión. Venezuela es lo único que ha sido mencionado; más por atacar a Podemos, a quien se acusa de haber apoyado al régimen de Chávez, que por interés sobre lo que ocurre en América Latina.

Más llamativo aún es el silencio sobre la Unión Europea que parece no existir para los partidos contendientes. Sin embargo, los programas de austeridad impuestos por Bruselas, o más exactamente por Berlín, son el meollo de los reclamos de Podemos. Ahondan la línea que divide en estas elecciones a izquierda y derecha. Se trata pues de una preocupación muy presente aunque no se le menciona.

En resumen, son muchos los problemas que inquietan a la sociedad española en torno a los cuales no se encontrarán respuestas ni puntos de acuerdo en estas elecciones. La izquierda dividida es uno de los mayores obstáculos para lograrlo.