“Yo”

Cuando Elena, de 11 años, le pregunta a Yo (Raúl Silva) qué edad tiene, él dice que 15, pero ni ella ni nadie le cree porque este hombre alto y corpulento, con un supuesto retraso mental, debe ser mucho mayor; verlos caminar juntos por el bosque pone nervioso a cualquiera, principalmente al público en espera del momento insoportable. En todo caso, la llegada de la niña compensa el desequilibrio afectivo que Yo siente cuando su progenitora le brinda más atención al nuevo amante que a él; después, la invitación a un karaoke va a terminar por cambiar su vida.

Comenzando por el título, esta historia, basada en una colección de Le Clézio (Histoire du pied et autres fantaisies), Yo (Canadá-Holanda-México-Republica Dominicana-Suiza; 2015) resulta ideal para explorar esa zona tan volátil entre sujeto y mundo objetivo por la que Matías Meyer (Los últimos cristeros) incursiona desde el inicio de su carrera. Unos cuantos elementos, un restaurante a la orilla de la carretera que lleva su madre, a la que Yo, viviendo aislado en una especie de despensa, ayuda pelando pollos, o el ruido de los coches y el vergel del otro lado, sirven para trazan la línea entre sueño y realidad, sujeto y verdad social.

La subjetividad la impone el título mismo, el nombre del protagonista nunca se menciona, Yo es una especie de polo que ordena el relato; narcisismo inevitable de un sujeto que depende fundamentalmente de la emoción para descifrar un mundo que nadie le explica. No hay padre que ayude a delinear la cosas, sólo una madre abrumada e incapaz de contener al hijo; Yo se ancla en la realidad por medio de tareas menores como darle masaje a la mamá agotada de trabajar, o con fijaciones como la de jugar con monedas.

Los personajes de Meyer habitan sobre líneas que separan el mundo exterior del interno, pero esas fronteras a la vez funcionan como zonas de contacto, y ahí se generan lodazales; Calambre (2009) sería un ejemplo literal, o más figurativamente, el tiempo de Los últimos cristeros; en Yo, el punto de vista del narrador parece confiable por su inocencia, pero ese mismo candor lo traiciona cuando interpreta hechos, tales como la agresión física hacia su madre, que ocurren fuera de escena y sólo habla la voz de la emoción. Yo tendrá que crecer, mientras tanto su mundo es el de un adivino que sueña, cura y mata pollos que luego intenta revivir de boca a pico.

Fiel al humanismo de Le Clézio, Meyer convierte en drama, con nudo, desenlace y evolución del personaje, el vaporoso relato de este recién premio Nobel cuya obra se califica como manifiesto cosmopolita de los sin voz. En una entrevista el realizador menciona que el antagonista es el amante de la madre, lo cual es cierto desde el punto de vista estructural porque la presencia del antipático tipo lo empuja a salir a buscar trabajo; desde otro, el adversario es el despertar sexual en un ambiente hostil lo que agita al yo de Yo; la inquietud que provoca la niña, y la mujeres como que encuentra lo ayudan a demarcarse de la madre.

Más allá de la complejidad psicológica de un doloroso proceso de individuación, la ventaja de Yo es que funciona como el simple relato de un joven incomprendido y abusado por su retraso mental, desconcertante y potencialmente peligroso como un personaje de novela gótica, que posteriormente termina por hacerse entrañable.