Reticular educación y cultura más allá de la utopía

La Secretaría de Cultura lanzará próximamente un proyecto que vincule educación y cultura por el que tanto pugnó Vasconcelos, pero no será posible sin “el espíritu de los artistas”, dice la historiadora Guadalupe Guadarrama al dar a conocer su investigación La construcción de una utopía. Enseñanza artística en la posrevolución. Y es que el esquema que propone es el de los talleres independientes, con artistas “misioneros” que trabajen en comunidad y devengan un salario. “Tallerear” es el término que emplea para conformar una sociedad mejor.

Para recuperar el vínculo entre la educación y la cultura hace falta una utopía. Una utopía como la que se quiso construir en el periodo postrevolucionario cuando, con el apoyo de José Vasconcelos, los artistas se comprometieron con la enseñanza formal y extra académica del pueblo, pese a la falta de recursos y aun en contra de ello.

Y aunque los generales que se disputaron el poder después de la Revolución Mexicana “no sabían nada de arte”, permitieron a los artistas “hacer mucho”.

La investigadora Guillermina Guadarrama Peña, maestra en historia del arte por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y académica del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap) del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), explica lo anterior al hablar de su libro La construcción de una utopía. Enseñanza artística en la posrevolución.

Dice en la edición del INBA y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (hoy Secretaría de Cultura) que luego de que en 1917 se estableció, en el artículo tercero constitucional, el derecho a una educación laica, gratuita y obligatoria, “el gobierno emergente, encabezado por militares, se sentía obligado a poner especial énfasis en un proyecto educativo moderno y de calidad; en consecuencia, buscó alianzas con intelectuales de todos los ámbitos: filósofos, poetas, escritores, pintores y escultores, antropólogos, etcétera, para hacer que este propósito fuera, en primera instancia, una herramienta para la pacificación y unión del país”.

Justo ahora que se habla también de la necesidad de pacificar al país a través de la cultura y luego de que en marzo pasado Rafael Tovar y de Teresa, secretario de Cultura del gobierno federal, anunció en estas páginas (Proceso, 2055) que pronto dará a conocer un programa que vincula educación con cultura y habrá diversas actividades en las escuelas de enseñanza básica, entre ellas cine, se le pregunta a la académica qué debería contener un proyecto así, entendiendo que no se puede volver al pasado.

Para ella la respuesta son los talleres. Evoca la Dirección de Dibujo y Artes Manuales que creó Vasconcelos dentro de la SEP (Secretaría de Educación Pública) para la enseñanza básica, al frente de la cual nombró al pintor Adolfo Best Maugard, así como otros sistemas dirigidos no sólo a la capacitación de carpinteros, bordadoras o ceramistas, sino a la formación de una identidad, pues el filósofo concibió un Estado-Nación con base en la cultura y el arte.

“Los talleres son la respuesta para la vinculación, porque no se trata de un momento, sino de estar ahí y establecer un vínculo real con la población”, dice y menciona los talleres Imagen del Rinoceronte, de Humberto Valdez, y el del pintor Demián Flores, así como la Escuela al Aire Libre de Tepito como tres ejemplos de formación independiente.

En opinión suya lo que está haciendo Tovar y de Teresa en sitios como Michoacán (con el programa Cultura en Armonía) no es la solución: Llevan una orquesta “muy urbana de la Ciudad de México a un lugar maravilloso como es Morelia ¡urbana, capital del estado!, y no hay talleres, y no se da cuenta de que allá hay una gran producción de músicos porque está el Conservatorio de las Rosas, ¡ni más ni menos!, con gente trabajando directamente con niños”.

Lo que se necesita son artistas “misioneros”, con un salario y lo necesario para sus talleres, que trabajen en la comunidad y sean parte de la solución de sus problemas, “con mucha vocación para involucrarse con ella, hay muchos creadores que lo pueden hacer, y muchas ganas de hacerlo, lo que no hay son recursos. Yo no sé de dónde va a sacar Rafael Tovar, si acaban de anunciar más recortes, además la Secretaría de Hacienda y Crédito Público dijo que van a revisar puntualmente todo”.

No basta con llevar un proyector y mandar a un señor a proyectar una película, dice, lo importante es que el Estado debe darse cuenta de que no se trata de “llevar” sino de “generar”, falta un “espíritu misionero” similar al impulsado por Vasconcelos, e impartir talleres de pintura, música, bordado, dibujo, “el país sería otro, por eso el título La construcción de una utopía, esperemos encontrar la utopía y sensibilizar a Rafael Tovar y de Teresa”:

“Que se bajen de la nube, vayan a la realidad y vean que esto debe ser desde abajo, desde el fondo, desde el lugar. Enseñar también la promoción y la gestión, porque se puede aprender algo y ahí se queda pero estos artistas enseñan cómo distribuir la obra, cómo inventarse un curso para dárselo a otros más.”

Lograr algo semejante a lo que Vasconcelos se propuso con las misiones contra el analfabetismo, generar grupos que enseñaran las primeras letras, y éstos crearán a su vez otros grupos a los cuales alfabetizar y “hacer la cadena, era muy bonito, soy una idealista…”

Alternativas con arte

El 25 de julio de 1921, luego de haber dejado la rectoría de la Universidad Nacional, José Vasconcelos fundó por decreto la SEP, de la cual fue su primer titular. En su estructura incluyó el Departamento de Bellas Artes, formado por cuatro direcciones: Dibujo y Trabajos Manuales, Educación Física, Cultura Estética, y Propaganda Cultural.

Para Guadarrama Peña es evidente que el filósofo y escritor se inspiró en el proyecto educativo impulsado por Anatoli Vasílievich Lunacharsky en la hoy extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), pues destacó en su discurso que la nueva institución tendría como objetivo instaurar en México:

“La cultura de masas y determinar de manera implícita, el lugar del maestro, del intelectual y del artista en la sociedad […] igual como lo habían hecho los rusos después de su revolución, el arte y la cultura tendrían oficialmente derecho de ciudadanía, no para el consumo de un cenáculo privilegiado, sino en provecho de la mayoría y por consecuencia habría que tener una orientación más pedagógica.”

La especialista en muralismo mexicano (imparte los lunes el Seminario Los muralismos: pioneros, seguidores y nuevos abordajes) centra su estudio en el campo de las artes plásticas y expone a lo largo de tres capítulos las instituciones y programas que se crearon  en el sistema de educación básica (primaria y secundaria), el extraescolar y los formados en las ciudades de Celaya, Chihuahua, Jalapa y Morelia.

Entre ellos las escuelas de pintura al aire libre, la técnica de dibujo Best Maugard, y las escuelas nocturnas de arte para trabajadores (ENAT). Aclara desde la introducción que apenas se dedican unas líneas a la Escuela Nacional de Bellas Artes, llamada antiguamente Academia de San Carlos, “por ser una instancia de educación superior”, aunque sí esboza el surgimiento de planteles superiores en los estados y la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”, por ser el resultado de la fusión de escuelas creadas anteriormente por la UNAM y la SEP.

El volumen de 166 páginas será presentado por los investigadores Laura González Matute y Luis Rius Caso, la autora, y Loreto Alonso como moderadora, este jueves 8 de junio a las 19:00 horas, en el Aula Magna del Centro Nacional de las Artes (Cenart), localizado en Río Churubusco 79, Colonia Country Club (entrada libre).

Guadarrama Peña relata en entrevista con Proceso, en su cubículo del Cenart, que inició su investigación buscando información sobre el muralismo. Se decía constantemente que era muy oficial y pagado por el Estado, y trató de ver hasta qué punto se le habían dado recursos. Al adentrarse en los archivos encontró diversos “tesoros”, como los planes de estudio de las instituciones antes mencionadas, cartas de profesores solicitando apoyo o quejas por falta de recursos.

Se hablaba de los programas alternos como las escuelas de pintura al aire libre, los centros populares de pintura, la Escuela de Artes del Libro, pero no de la educación formal. Su primer propósito fue entonces investigar qué pasaba en las escuelas primarias y secundarias (de éstas últimas había muy pocas por aquellos años) y descubre que hay un gran interés por parte de los artistas por sacar adelante estos proyectos.

Explica que el libro aborda lo que se hizo tanto en la Universidad Nacional (que para entonces no era Autónoma) como en la SEP. En ambas intervino Vasconcelos, primero como rector y luego como titular de la secretaría. Ésta impartía educación artística en primarias y secundarias y había inspectores dedicados a buscar talentos. El problema era entonces que no todos los niños y jóvenes tenían acceso a estas escuelas, había un analfabetismo “galopante”.

Por esta razón se fundan las escuelas alternativas como las de pintura al aire libre, a donde llegaban carpinteros, herreros y otros trabajadores de este tipo que deseaban aprender dibujo para desempeñar mejor su oficio. Había dos intenciones: por un lado la enseñanza de artes y oficios, y la educación formal para rescatar a los talentos y enviarlos a escuelas artísticas más avanzadas.

“Se ha dicho que las escuelas de pintura al aire libre fueron semillero de niños artistas mexicanos, sin embargo eran niños que no acudían a su educación primaria, eran una alternativa para el academicismo de la Escuela Nacional de Bellas Artes.”

Cuando Vasconcelos deja la universidad para fundar la SEP, las escuelas de pintura al aire libre se incorporan a ésta, consideran que “ya no van con la academia, con el nivel universitario”, pero Vasconcelos dura poco tiempo en la secretaría y después se va abandonando el proyecto.

Se hacen más tarde otras escuelas. Con Carlos Chávez como jefe del Departamento de Bellas Artes se crean las nocturnas para obreros, antecedente de las Escuelas de Iniciación Artística y los Centros de Educación Artística (Cedart). Había, dice la investigadora, horarios vespertino y nocturno para que los obreros asistieran a aprender teatro, música, danza, artes plásticas, y hacían coros.

Describe que en general había muchas carencias. Encontró documentos donde piden al gobierno enviar, por ejemplo, pintura para un intercambio de arte infantil con otros países. Había lugares, dice, donde no se hacía pintura por falta de materiales, sino dibujo a lápiz, y no obstante los resultados “eran muy interesantes y muchas veces fueron muy alabados tanto en México como en el extranjero”.

Adiós al dibujo

Pese a las carencias, los artistas tuvieron el espíritu para impulsar la enseñanza; músicos, teatreros, artistas plásticos pusieron su tiempo e incluso su dinero:

“Por eso el libro se llama La construcción de una utopía, porque era este espíritu de los artistas que creían en la conformación de una sociedad mejor, una sociedad en la cual las artes fueran parte vital de esta construcción. Y ellos aportaban además de su conocimiento, su esfuerzo, su dinero, sus ganas de impartir esta educación que yo le llamo alternativa pero para muchos era la única, era el caso de los obreros.”

Se creó también la Escuela de las Artes del Libro –antecedente de la Escuela Nacional de Artes Gráficas–, de la cual egresaron los grabadores Adolfo Mexiac y Alberto Beltrán y el muralista veracruzano Melchor Peredo.

Considera la investigadora que con la creación del INBA debieron haberse conjuntado todas estas instituciones de enseñanza artística, pero sucedió que fueron desapareciendo o cambiando, como en el caso de los Cedart y La Esmeralda, que aunque se dice que tuvo su antecedente en la Escuela de Escultura al Aire Libre, que perteneció a la universidad, en realidad hubo un proceso más largo entre la desaparición de una y la creación de la otra.

El estudio de Guadarrama Peña abarca sólo de 1921 a 1952, es decir, de los primeros años luego de la revolución hasta “lo que se conoce como el civilismo”, cuando el gobierno pretende llevar al país a “la modernidad”, impulsa carreteras y otras obras, la sociedad va cambiando de rural a urbana y los proyectos de educación artística también se transforman.

No les cierran el camino, precisa, pero no reciben apoyo, no les dan sedes, no tienen plazas laborales acordes, muchos artistas que eran a la vez funcionarios hacían sus murales con su sueldo de maestro. Cita una frase contundente con la cual se explicaba la situación:

“Siempre creyeron que nos daban los muros, pero nosotros los tomamos y nosotros terminamos pagando muchas cosas.”

Vasconcelos tuvo una actitud de apoyo absoluto para refundar la primera Escuela de Pintura al Aire Libre, que había sido creada en 1913 y cerró por el movimiento armando, “pero él era un filósofo, a lo mejor no era un creador, pero era un pensador, una gente con mucha sensibilidad, y Jaime Torres Bodet igual”.

Agrega que si bien el método de Best Maugard fue cuestionado por artistas como Diego Rivera y José Clemente Orozco por estandarizar el dibujo, otros como Rufino Tamayo lo aceptaron aunque fuese temporalmente. Se proponía recuperar el dibujo de los pueblos originarios, de la artesanía.

En su opinión, tanto Vasconcelos como Torres Bodet caminaron al lado de los artistas, fueron sensibles. Pero el primero duro muy poco y la enseñanza comenzó a declinar. Muchos artistas de entonces, como Los Contemporáneos, fueron también funcionarios culturales y tuvieron sensibilidad para apoyar los proyectos.

“Ahora la mayoría de los funcionarios no son artistas, entonces creo que ahí faltaría esta sensibilidad para poder hacer cosas de las cuales sólo quedan documentos históricos.”

El proyecto de educación artística en la educación básica se abandona propiamente en los años cincuenta, durante el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines. Si bien, destaca Guadarrama, nunca se abarcó a todas las escuelas de la República.

Se le pregunta cuál fue el impacto de esa falta de formación artística. Considera que fue sobre todo en la recepción, pues ahora sólo se acercan a las artes plásticas aquellos a quienes les gustan, y antes se les enseñaba a todos (tuvieran o no talento o quisieran o no llegar a ser artistas). Ahora ya no se sabe leer el dibujo y lo peor es que incluso en algunas escuelas superiores de arte se está abandonando su enseñanza.

Por el contrario en la UNAM –comenta–, en la Facultad de Arquitectura, se estableció un diplomado para albañiles y otros trabajadores de la construcción a quienes se capacita en áreas como el dibujo, la interpretación de planos, y recientemente egresó la segunda generación certificada por la máxima casa de estudios y la SEP.

Recuerda por otra parte que en La Esmeralda se conservan piezas de piedra que los niños estudiantes en la Escuela de Escultura y Talla directa que dirigía el escultor Guillermo Ruiz, cincelaban para la monumental escultura de José María Morelos de la isla de Janitzio, en Michoacán, encargada por el entonces gobernador Lázaro Cárdenas al escultor Ramón Alva de la Canal:

Sería muy rico que se recuperara este tipo de enseñanza como lo están haciendo los talleristas independientes, en el marco de esta “utopía que todo mundo tiene por mejorar el entorno”. El punto es que aún no se está atendiendo formalmente a los estudiantes de educación básica. Pregunta la académica:

“¿El arte salvará al mundo? No, pero si estas alternativas de enseñanza, de otras opciones de trabajo, de otras opciones de vida, generan otras formas de ver, otras formas de trabajo, darse cuenta que no todo termina en la banda de la colonia y se pueden hacer otras cosas, si mi familia es muy humilde y puedo asomarme con mi trabajo y con mi habilidad a otros espacios, incluso fuera del país… para mí ya es muy importante.”