Ilustres de pacotilla

En muchos sentidos, la ahora llamada Rotonda de los Jaliscienses Ilustres (RJI), que en un principio fue conocida como “de los Hombres Ilustres”, ha sido un fracaso monumental, un fracaso al que los tapatíos muy pronto se acostumbraron, antes que con resignación, con una indiferencia social más que evidente. Y ello porque dicha rotonda ha tenido importancia –de manera intermitente– sólo para la clase política del solar, cuyos integrantes, casi siempre movidos por intereses partidistas o de grupo, han aprovechado su paso por equis cargos públicos para, movidos por intereses circunstanciales, promover el traslado a la RJI de los restos mortales de equis “ilustre”, por lo general de méritos dudosos o nulos. Y en esta práctica abusiva han participado lo mismo priistas que panistas y perredistas, así como las huestes políticas de la Universidad de Guadalajara.

En honor a la verdad, no era muy difícil prever desde un primer momento que la habilitación de un pretendido panteón laico para el pretendido reposo y la ídem honra de los “hijos esclarecidos” de la comarca era una idea condenada al fracaso. Y esto por varias razones. Por principio de cuentas, porque muchos de los más ilustres jaliscienses también lo son del país y, debido a ello, lo más seguro era que sus restos terminaran siendo honrados en la capital del país y no en la de Jalisco, algo que ya venía sucediendo desde antes de que la RJI se concibiera durante el sexenio del gobernador Jesús González Gallo (1947-1953) y como ha seguido ocurriendo hasta la fecha.

Así, por ejemplo, antes de que en 1953, cuando la Rotonda funeraria del centro tapatío fuese inaugurada con su primer huésped (Clemente Aguirre, un compositor cuyas obras nadie interpreta en la actualidad ni siquiera la Banda del Estado, de la cual fue director fundador en 1890), los restos mortales del insurgente Pedro Moreno y de los liberales Valentín Gómez Farías e Ignacio L. Vallarta, al igual que de los escritores Mariano Azuela y Enrique González Martínez, ya se encontraban, en el primer caso, en la Columna de la Independencia, y los demás en la Rotonda de los Hombres Ilustres del panteón de Dolores, ambos en la Ciudad de México, donde por cierto se hallan muchos otros jaliscienses ilustres sin comillas, entre ellos verdaderas glorias nacionales como José Clemente Orozco, Agustín Yáñez, el Dr. Atl, Amado Nervo, los hermanos Jorge y Guillermo González Camarena, José Pablo Moncayo, Consuelo Velázquez, María Izquierdo y un largo etcétera. Por cierto, los hasta ahora “13 jaliscienses ilustres” sepultados en ese panteón capitalino suman más que los de cualquier otro estado de la República.

En otras palabras, por la conformación federalista o centralista de nuestro país la RJI nació condenada a ser una rotonda funeraria de segunda mano, al grado de que sólo pueden llegar a ella, en el mejor de los casos, próceres y glorias nacionales de Jalisco que el gobierno federal no reclame previamente.

Y si a lo anterior se suman las penosas limitaciones intelectuales y los abusivos intereses políticos de incontables funcionarios que han ocupado altos cargos gubernamentales, así como el descuido o el enredo con que se han hecho las cosas con los difuntos jaliscienses que han sido declarados oficialmente “ilustres”, sean o no merecedores de tal declaratoria, se entenderá por qué abundan los casos de esculturas de personajes cuyos restos ni siquiera se encuentran en la RJI y, a la inversa, muchas personas que sí han sido reinhumadas en ese sitio no cuenten con una estatua conmemorativa que evidencie tal hecho en esa rotonda de fantasmas. O también que se haya dado el caso risible y hasta ahora no corregido de que a la escultura del Dr. Atl le falte la pierna izquierda, cuando en realidad el gran paisajista tapatío perdiera la otra extremidad a causa de una gangrena.

Sólo así se explica también que en ese pretendido cementerio de “ilustres” se haya llegado al extremo y a la ramplonería de acoger a lo más granado del charrismo sindical de la comarca, o a figuras tan controvertidas como el general Marcelino García Barragán, corresponsable de la matanza estudiantil de 1968, o a personas sin mayor significación más allá de su círculo familiar o de determinada agrupación política como sería el caso de un tal Rafael Preciado Hernández, al que se menciona como una de las personas que ayudaron a parir al Partido Acción Nacional. Ello explicaría también por qué, en contrapartida, se ha ninguneado a personajes tan prominentes como al poeta Alfredo R. Placencia, o a narradores como Victoriano Salado Álvarez, Ramón Rubín José López Portillo y Rojas, o a pintores como Roberto Montenegro, Jesús Guerrero Galván y Juan Soriano, a compositores como Blas Galindo, Gonzalo Curiel, Gabriel Ruiz, Pepe Guízar y un largo etcétera.

El acabose llegó durante el gobierno del panista Emilio González Márquez (2007-2013) quien, buscando quedar bien con la dirigencia de las centrales obreras oficiales (la CTM y la CROC, asociadas de origen con el PRI), promovió que fueran trasladados a la RJI los restos mortales de quienes habían llegado a ser los más conspicuos caciques vitalicios del sindicalismo entreguista en la historia reciente de Jalisco: Heliodoro Hernández Loza y Francisco Silva Romero, cuyas risibles esculturas de cuerpo entero en la plaza de la Rotonda ostentan sendas inscripciones que son una grosera burla: “Armonizador social” y “Guía social”, respectivamente.

Aparte de la ridiculez y la ramplonería de ambos epítetos, muy a tono con su efigie en bronce, es por demás evidente el abuso extremo al que han llegado algunas de nuestras autoridades locales con la RJI. Tal despropósito sólo podría compararse con una eventual iniciativa, desde la Presidencia de la República o desde el gobierno de la Ciudad de México, para declarar oficialmente “ilustres” a Fidel Velázquez, la Güera Rodríguez Alcaine o Jonguitud Barrios y, consecuentemente, que sus restos fueran llevados a la Rotonda de los Hombres Ilustres en el capitalino panteón de Dolores.

Y ello a pesar de que la Ley para Honrar la Memoria de los Jaliscienses Ilustres, que data del 17 de marzo de 1953, establece que a la RJI sólo podrían llegar “los restos (mortales) de personas que en grado eminente se hayan distinguido: I, por actos heroicos en defensa de la Patria; II, en su labor de estadistas; III, por su labor tenaz y eficiente en el campo de la investigación científica; IV, por su contribución a la enseñanza en el ejercicio de cargos docentes; V, por la producción de obras científicas y literarias; VI, por la producción de obras de arte, y VII, por otros actos ejecutados en bien del Estado, de la nación o de la humanidad en general”.

Desde 1997, a ese insólito panteón laico se han pretendido llevar las cenizas de Juan Rulfo. No ha sido posible porque a los herederos del escritor no les ha entusiasmado la idea. Desde el momento en que el féretro de Rulfo estuvo en el Palacio de Bellas Artes, el 7 de enero de 1986, Fernando Benítez propuso que fuera llevado a la Rotonda del capitalino panteón de Dolores. Y aunque la propuesta contó con el beneplácito del entonces presidente Miguel de la Madrid, los deudos de Rulfo dispusieron otra cosa. Y ahora, 30 años después, no parecen que vayan a cambiar de opinión y menos para que los restos de su familiar vengan a parar a una Rotonda de mitos, donde por unos cuantos ilustres de verdad (Juan José Arreola, Francisco Rojas González, Luis Barragán, Ramón Corona y algunos pocos más) se ha dado una verdadera explosión demográfica de difuntos de mérito mediano, pero sobre todo de ilustres de pacotilla.