La palabra “plagio”, que los latinos utilizaban para designar a la red de cacería (plagium, i), pero que también extendieron al rapto y al secuestro criminal, en nuestro idioma se ha delimitado casi exclusivamente al acto de copiar una obra ajena y presentarla como propia. Plagiario famoso de fechas recientes viene siendo, por ejemplo, Alfredo Bryce Echenique, entre otros. La FIL le entregó en 2012 su premio literario. En ese momento fue señalado de por lo menos 40 plagios. Por 16 de ellos fue multado. Tales pruebas no bastaron para retirarle el premio. Al contrario, los modositos y oficiosos peleles de la FIL fueron hasta su domicilio, a Lima, Perú, a entregarle el estipendio en la mano. No fuera a ser que la conducta se extraviara en el camino. El aludido tampoco fue bueno para declinarlo, a pesar del ruido que levantó su designación. ¿Será por aquello de que no hay general que resista un cañonazo de 150 mil dólares?
Desgraciadamente las malas acciones del plagio, en lugar de arralarse, empiezan a tomar carta de ciudadanía. Se sabe de escándalos recientes tanto en la UNAM como en El Colegio de México. Viene a tocar turno a dos intelectuales de nuestra universidad estatal local, asunto que ha sido ventilado hasta ahora sólo en las redes sociales. El maestro Mario Lozano, colega muy estimado del Departamento de Filosofía en el CUCSH de la UdeG, el día 19 de abril escribió en su cuenta de Facebook la denuncia del plagio que sufrió. Su texto reza así:
“En el año 2000 presenté mi examen profesional de licenciatura en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara. Uno de los sinodales –o miembros del jurado, como sea– era un profe medio raro de la licenciatura que estaba por terminar su maestría en estudios filosóficos en la misma UdeG. Éste se mostró particularmente crítico e inquisitivo con mi trabajo, con ese tipo de críticas mordelonas que hacen pensar que o no entendió ni pío del texto pero quiere parecer listo, o que amaneció de malas por falta de amores. Luego de los habituales forcejeos argumentativos con el jurado, terminó el examen: cien de calificación, felicitaciones y a embriagarse uno con singular alegría y particular desenfado.
“Hace poco me puse a buscar tesis digitales en español de varias universidades. Debían versar sobre temas de filosofía de la ciencia de modo que resultaran útiles para inspirar a mis alumnos de la universidad. Instituciones españolas, sudamericanas, mexicanas.
“En eso, veo en la UNAM una tesis del 2004 que me llamó la atención. Hice clic en la tecla de descarga y comencé a leer con gran curiosidad. De la curiosidad pasé a la inquietud, luego al asombro y, finalmente, a la indignación: se trataba nada menos que de un vil plagio de mi tesis. Sí, mi tesis mía-de-mí: en un pdf de 111 páginas aparecían mi índice, mis capítulos, mis párrafos, mis conclusiones, mis palabras, mi redacción, mis esquemas, mis ideas, mis abortos retóricos, mi espíritu, todo. Claro que tenía leves cambios: algo de maquillaje verbal por aquí y por allá, unas pocas e irrelevantes interpolaciones, omisiones de las menciones autobiográficas que contenía mi original, algunas frasecitas cursis que chocaban violentamente con el estilo académico general que yo le di al texto y, eso sí, un título distinto.
“Mi tesis udegeísta del 2000 publicada cuatro años después en un portal oficial unamita con los respectivos derechos de (otro) autor. ¿Autor? Viene lo bueno: ¿Quién creen que era el susodicho?… ¡Sí! El pin… sinodal, el profe criticón en mi examen profesional. Tan criticón y tan chafa: Don Sinodal resultó ser una fichita académica.
“Al navegar en la web descubrí que don Sinodal está haciendo actualmente su doctorado en filosofía en cierta universidad española. Me pregunto cómo habrá obtenido su maestría y cómo piensa doctorarse; y peor aún: cómo diablos fue sinodal de tesis sin tener siquiera licenciatura. La UdeG es una cajita de sorpresas, con muchos malandrines…”
Más adelante, algunos lectores de la columna de Mario, entre ellos yo mismo, le sugerimos que diera el nombre del denunciado, para que la acusación estuviera completa. Vale decir que el evento fue visitado de inmediato por muchos interesados, casi 300 visitas en dos días. Por lo menos registró unos 60 comentarios. Dos cibernautas (uno de ellos Carlos Delgadillo Macías, a quien le tengo harta admiración por su habilidad manifiesta) encontraron, por las pistas existentes, la identidad solapada de don Sinodal, el plagiario. Lo pusieron en diamantina y ya sabemos ahora de quién se trata.
Carolus Delgadillo: “A manera de hipótesis o conjetura, se trataría de Simplicio González Vega, quien actualmente cursa un doctorado en la Universidad de La Laguna, en Tenerife, España (hay que ver si tiene qué beca, quién se la otorga, etcétera). Su tesis allá se titula: “Ciencia, técnica y sociedad en el ciberespacio” y la dirige Amparo Gómez Rodríguez. La tesis plagiada sería ésta*, presentada en la FES Acatlán. ¿Es así? Se encuentra en el catálogo de tesis de la UNAM: tesis.unam.mx González Vega aparecía en nómina en la UdeG en el año 2004 (https://bit.ly/1WGotbt). Pero esta tesis es de licenciatura, ¿con qué título ejercía en la UdeG? Fue sinodal de tesis en 2000, ¿con qué credenciales? ¿Tiene otros títulos? ¿Cómo es que combinó trabajar en la UdeG y estar en la UNAM? Puras dudas. Mario Lozano, Juan Manuel Negrete”.
Donde Delgadillo dice ésta*, refiriéndose a la tesis plagiada, pone enseguida la portada del documento señalado, de la cual se toman los datos clave:
Número de Cédula: 4256151
Nombre: SIMPLICIO GONZÁLEZ VEGA
Género: HOMBRE
Profesión: LICENCIATURA EN FILOSOFÍA
Año de expedición: 2004
Institución: UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA
Tal vez con este caso particular ocurra, como con el de Bryce Echenique, que al personaje denunciado y atrapado en su pillería por el victimado y sus amigos ni la UNAM, ni la UdeG, las dos universidades enredadas en la presente infracción, le den seguimiento al dolo ni le vayan a la mano. Será otro acto punible que quede sin castigo, a pesar de las pruebas que evidencian el mal hecho. El miasma de la fetidez corruptora, acreditado ya como planta autóctona nuestra, invade a nuestras instituciones de educación superior, sin que se avizoren acciones correctivas suficientes que la frenen. l








