El cuento de nunca acabar

La historia del mercado Corona, tanto la remota como la reciente, mucho se asemeja al cuento de nunca acabar, pues a tan afamado sitio de compraventa de los tapatíos siempre parece que algo le hace falta, menos clientela y visitantes, ya que mientras permanece abierto una explosión demográfica de hombres y mujeres satura sus locales y corredores. En los 125 años de su existencia ha conocido ya tres edificios muy diferentes entre sí (obra de los arquitectos Abrosia Ulloa, Julio de la Peña y Leopoldo Fernández Font, respectivamente); ha padecido varias catástrofes (los incendios de 1910 y 2014, en particular, fueron de tales dimensiones que obligaron a rehacer completamente el inmueble), y a pesar de sus frecuentes ampliaciones, sigue pareciendo insuficiente e inconcluso.

Una vez que quede resuelto el problema de los dos sótanos inundados, que ojalá sea pronto, el centro de Guadalajara –y no sólo el mercado Corona– podrá contar con un área de estacionamiento de dimensiones colosales, lo cual vendrá a paliar, si no a resolver, el déficit de estacionamientos públicos que durante la mayor parte del día aqueja a esa zona de la ciudad. Otro pendiente es la conclusión del cuarto nivel del mercado, que según el proyecto original daría cabida a un buen número de oficinas municipales que en la actualidad se encuentran dispersas por distintos rumbos de la ciudad, y que en la mayoría de los casos ocupan en fincas particulares que el ayuntamiento de Guadalajara tiene en arrendamiento desde años.

Pero el pendiente más llamativo del nuevo mercado es otro. A casi dos meses de la apertura oficial del nuevo edificio –ya con su tripulación de locatarios y eventuales compradores, pues la “inauguración” del exalcalde Ramiro Hernández en septiembre del año pasado, hecha sólo ante la presencia de funcionarios, “invitados espaciales”, chicos de la prensa y, lo más grave, con el edificio sin terminar, no pasó de ser un acto risible–, el renacido mercado Corona sigue teniendo varios pendientes, entre ellos algunos que visitantes y transeúntes no ven (ejemplo, los dos sótanos que literalmente siguen haciendo agua) y otros que están a la vista de propios y extraños. Tal es el caso de todos los locales de la planta baja que dan a la avenida Hidalgo, convertida en ese tramo en un agradable andador y en una plazoleta ídem.

No son pocas las personas que se han preguntado por qué todos esos locales, con tan ventajosa ubicación y de dimensiones tan generosas, hasta ahora han permanecido sin ningún uso, fuera de que alguien ha discurrido habilitar dos de ellos como estacionamiento temporal de motocicletas, y por qué motivo nadie los ha reclamado (léase ninguno de los locatarios damnificados por el incendio de 2014). La respuesta es que dichos locales (ocho en total) son el resultado de la ampliación del número de locales que ya proponía desde un principio el proyecto ganador del nuevo mercado Corona, concebido por el mencionado arquitecto Fernández Font.

Explícitamente, dicho proyecto ofrecía que la edificación pudiera ser algo más que un mercado: un lugar donde el viandante, que no necesariamente comprador, se pudiera resguardar de la lluvia y el sol; un sitio que contara con los atractivos suficientes para que la actividad urbana de esa zona del centro tapatío no cesara con el cierre del comercio después de las ocho o nueve de la noche.

Para ello se pensaba que los locales bajos de la fachada principal del mercado, la fachada sur, la cual da precisamente a la plazoleta construida sobre avenida Hidalgo, contara con un tipo de negocios acordes con la gastronomía regional, así como con productos típicos de Guadalajara y su región. También se tenía la idea de que en algunos de esos negocios frontales, vecinos a la mencionada plazoleta, se instalaran sillas y mesas adecuadas, a fin de que el visitante pudiera degustar cómodamente de algunos platillos típicos, de un café, de una bebida refrescante, de un helado, y que tuviera igualmente la posibilidad de adquirir una artesanía o algún producto característico.

En días recientes, el regidor tapatío Marco Valerio Pérez Gollaz no sólo hizo referencia a los locales desocupados en la planta baja sur del mercado Corona, sino que aprovechó su declaración a los medios para hacer el anuncio de que para fines de este mes de abril podría estarse publicando la convocatoria para “concesionar los ocho locales sobrantes” y que entre los giros que concursarían “podrá haber bancos, farmacias, alguna franquicia de comida e inclusive podrían ser espacios para la enajenación de artesanías” (El Informador, 13 de abril).

Es bueno saber que la administración de Enrique Alfaro siga manteniendo viva la idea de darle un uso adecuado a esa serie de locales, más allá de los giros comerciales propios de un mercado. Sin embargo, hay algo disonante en lo dicho por el regidor Pérez Gollaz. ¿Bancos y farmacias instalados dentro del mercado Corona, sobre todo cuando en los alrededores del inmueble ya existen tanto instituciones bancarias como farmacias e incluso tiendas de conveniencia que permanecen abiertas hasta deshoras de la noche? ¿Cuál es la necesidad de llover sobre mojado?

Lo adecuado parecería ser que el ayuntamiento de Guadalajara limitara las concesiones a un tipo de negocios no sólo más deseables para un mercado, sino necesarios para tratar de mantener con vida el primer cuadro tapatío ya caída la noche. Para ello, bien se podría invitar para que participaran, buscando ganar la concesión, algunos de los establecimientos de café más tradicionales o cotizados de la ciudad; loncherías representativas de la gastronomía local como Gemma, La Playita, Rubén…; comederos tan estimados como Los Otates o El Pesebre; neverías como la de San Antonio, El Polo Norte, El Nevado de Toluca o Chapalita. También se debería buscar que tanto el visitante local como el foráneo pudiesen encontrar en alguno (s) de esos locales artesanías, souvenirs y productos típicos de calidad (por ejemplo, tequila artesanal de buena calidad, más allá de las marcas comerciales de sobra conocidas).

El motivo por el que un mercado tan exitoso como el Hidalgo, en la ciudad de Guanajuato, se mantenga abierto hasta el filo de la medianoche, convirtiéndose en un atractivo turístico, es precisamente porque ofrece al visitante (propio y extraño), además de legumbres, frutas y toda la gama de alimentos perecederos, productos típicos de la capital guanajuatense y de la zona del Bajío. ¿No podría hacerse algo parecido con el nuevo mercado Corona? La respuesta es sí, pero ello depende de que la administración de Enrique Alfaro y el Cabildo de Guadalajara no desaprovechen esta oportunidad de reactivar el centro tapatío, justo a la hora en que la vida de éste comienza a languidecer por el cierre nocturno del comercio.

Sería un grave error que los mencionados ocho locales del mercado Corona se concesionaran pensando en la rentabilidad para el ayuntamiento de Guadalajara antes que en el beneficio de los tapatíos y de los visitantes de la ciudad.

Con lo anterior es casi seguro que las autoridades municipales no pondrían punto final al cuento de nunca acabar que históricamente ha sido el mercado Corona. Sin embargo, en la memoria de los tapatíos quedaría el reconocimiento de que tanto el alcalde tapatío Enrique Alfaro como sus colaboradores habrían sabido aprovechar su turno al bat.  l