La Muestra: “Mandarinas” y “Taxi Teherán”

Como consecuencia del desmoronamiento de la Unión Soviética, al principio de la década de los noventa algunas exrepúblicas se enfrascaron en sangrientas guerras civiles y separatistas, de esas que poco se sabe y más se olvida. En Mandarinas (Mandariinid; Estonia/Georgia, 2013), Zaza Urushadze, realizador y guionista georgiano, encara el conflicto entre Georgia y Abjasia con una fábula que se desarrolla dentro de una dimensión prácticamente doméstica.

La mayor parte de la población estonia ya regresó a su república báltica; sólo Ivo (Lembit Ulfsak) decide permanecer en casa para ayudar a su amigo Margus (Elmo Nuganen) con la copiosa cosecha de mandarinas. Cuando después de un enfrentamiento militar frente a su casa sobreviven dos combatientes, gravemente heridos, de frentes enemigos, el viejo Ivo decide ayudarlos. Uno es chechenio mercenario, y el otro georgiano; ahora se precisa un pacto para que los soldados no se ataquen dentro de la casa y pongan en peligro la vida de su bienhechor.

El hogar de Ivo se convierte en microcosmos del conflicto; la narrativa lineal y bien pausada, cargada de agresión contenida, estallidos violentos, sustenta la moral de la historia, ciertamente no la simplista que se temería en un relato antibélico, sino la de una fábula estoica que funciona a nivel universal. En Mandarinas la guerra y el impulso belicista, así como la posibilidad de ternura y compasión, son responsabilidad masculina, no hay personajes femeninos a cargo de la redención.

Jafar Pahani

El cine iraní evidencia cada vez mejor su capacidad para sobrevivir a la censura, podría hasta decirse que se nutre con la intransigencia del régimen. Jafar Pahani es su mejor ejemplo: Vetado para hacer cine por 20 años y condenado a seis años de prisión, fue capaz de dirigir un insólito documental, Esto no es una película (2011), que funciona como álgebra de números imaginarios.

Pahani vuelve a la carga con un tercer largometraje desde su arresto domiciliario, Taxi Teherán (Irán, 2015); el realizador desempleado se convierte en taxista, se grava a sí mismo conduciendo el taxi amarillo por las calles de la capital entrevistando a la serie de pasajeros que lo abordan. Para burlar a la censura se vale de la cámara antirrobo con la que están equipados los taxis de Teherán. El instrumento de posible espionaje y control se convierte así en ventana hacia la libertad creativa.

El modelo que lo inspiró, Ten (2002), el falso documental (docuficción) de Kiarostami, era más rebuscado y elaborado; lo extraordinario de Taxi Teherán es la manera en que trastoca la frontera de la realidad y crea un metalenguaje sin recurrir a la ficción. Ocupados de sus propios asuntos, algunos pasajeros no detectan la situación, pero quienes reconocen al director abren un canal de confianza con él, impensable fuera del taxi; inusitada experiencia de libertad dentro del espacio confinado. Desde abogados, artistas que luchan contra la censura, hasta vendedores de DVD pirata que en su país cumplen la función de difundir cine prohibido; o temas como el robo, la injusticia social, la pena de muerte, la sumisión de la mujer.

Pero el verdadero impacto del mensaje de Taxi Teherán va dirigido a las nuevas generaciones, algún día a cargo del manejo de imágenes y medios de información, como la sobrina a la que el director recoge en la escuela y va haciendo su tarea con una cámara, evitando temas sórdidos por recomendación de la maestra.  l

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Para obtener la información solicitada por personas de España y México al término de la función de Taxi Teherán, de Jafar Panahi (de la 50 Muestra Internacional de Cine), el martes 29 a las 16:20 horas en la sala Vip de Plaza Carso, en Polanco, dirigirse a:
cultura@proceso.com.mx o
espectáculos@proceso.com.mx.