La crisis en la que se encuentra el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México no puede disimularse. La ausencia en salas de un conjunto significativo de su colección de arte mexicano, la dispersión temática de sus exposiciones temporales, y la falta de un pronunciamiento público por parte de su directora, Silvia Navarrete, ante la intención de construir la Gran Rueda a un costado del inmueble –lo que hubiera alterado el paisaje natural que enmarca la experiencia museística–, manifiestan problemas de identidad y gestión.
En este contexto, no sorprende que la exposición dedicada a Boris Viskin (México, 1960) se sustente en un cómodo e indefinido modelo de “curaduría libre”. Integrada con obras realizadas entre 2000 y 2015, la exposición La belleza llegará después… no ofrece alternativas de comprensión distintas al discurso que presentó a varias de ellas por primera vez en la galería mexicana Le Laboratoire. Atractiva y entretenida por la excelencia y humor de la mayoría de las piezas, la exposición omite la interpretación del sentido que puede tener la propuesta de Boris Viskin tanto en su trayectoria creativa como en el escenario del arte contemporáneo.
Identificado en la pasada década de los años noventa como pintor, Viskin inició, a partir del 2000, una exploración del lenguaje pictórico como percepción visual y experiencia corporal. Interesado no tanto en la imagen como en la relación que se establece entre la pieza y el acto de mirarla, el artista expandió el espacio bidimensional transmutando la ficción pictórica en sugerentes ensamblados de objetos y materiales encontrados, principalmente residuos de madera como cimbras, marcos, puertas, fragmentos de pisos.
Con referencias visuales muy cercanas a las espléndidas estructuras del conceptualista Jannis Kounellis y al dramatismo del pintor Anselm Kiefer, Viskin construyó una sugerente y tramposa poética romanticista que oscila entre el humor, el dolor, la crítica y la ironía. Agudo en la selección de objetos con fuerte carga simbólica, el artista fusiona historia del arte, imaginarios populares, iconografía religiosa y pensamientos filosóficos provocando una interacción intelectual, afectiva y visual entre la obra y el espectador.
Constituida por aproximadamente 90 obras que se dividen en instalaciones, esculturas conceptuales y algunas pequeñas pinturas, la exhibición presenta campos temáticos característicos de Boris Viskin: la dualidad entre morir y renacer, la destrucción como creación, el diálogo del arte con el arte, y la sustitución de la memoria visual por la evocación del lenguaje. Con obras tan divertidas como un Monumento al caballito que sobre un alto cuerpo piramidal detiene un vasito de tequila, tan cerebrales como la Silla mirando sus partes (entre Platón y Heidegger) que recuerda al conceptualista Kosuth, y tan poéticas como el caballete con una pequeña crucificción pintada que remite a la Última Tentación, la exposición, a pesar de su oscura y saturada museografía, despista inteligentemente a la seriedad, a la erudición y al buen humor del espectador.








