Luisa Maffi, presidenta de Terralingua –organización no gubernamental con sede en Canadá dedicada a la preservación de la biodiversidad cultural–, tomó registro de un singular episodio que vivió cuando realizaba una investigación en el sureste mexicano:
Un adulto maya cuyo léxico contenía ya una buena dosis de español se apresuraba a una clínica de salud para que su pequeña hija, quien padecía una diarrea severa, recibiera atención médica, aun cuando muy posiblemente en su propia casa se encontraba el remedio: la planta medicinal designada en maya como yakan k’ulub wamal (Verbena litoralis, su nombre científico), empleada por sus ancestros para curar precisamente las diarreas (k’aaxil). Irónicamente el indígena desconocía esos vocablos de su lengua y, por consiguiente, la existencia misma de la planta.
La anécdota se inserta en un fenómeno actual relativo a la sobrevivencia de las lenguas. El escritor y periodista estadunidense Jack Hitt asegura que de las 6 mil que se hablan en el orbe, más de la mitad se extinguirán al final del presente siglo. Algunas instituciones han hecho esfuerzos fútiles para elaborar diccionarios, y otras se afanan en revertir el fenómeno. Destacan en este sentido el Fondo de Lenguas en Riesgo (Endangered Language Fund) y el Buró Europeo para las Lenguas Poco Habladas (European Bureau for Lesser Used Language). La consecuencia indeseable de la extinción de una lengua conlleva una grave pérdida para el conocimiento y la historia de la comunidad que la sufre.
La preocupación actual radica no tanto en los procesos naturales de extinción de las lenguas, que siempre han existido, sino en la rapidez con que están ocurriendo. Los lingüistas sostienen que esa desaparición se ve ahora fuertemente acelerada por los nuevos medios de comunicación global.
En su libro Voces que se desvanecen. La extinción de las lenguas del mundo (Vanishing Voices. The Extinction of the World’s Languages), Daniel Nettle y Suzanne Romaine aseguran que una catástrofe lingüística similar se registró aproximadamente en el año 8000 a.C., cuando se inventó la agricultura, lo que significó el tránsito de una sociedad nómada a una sedentaria.
Los procesos de desaparición de las lenguas, aseveran, tienen su símil en la pérdida de la biodiversidad. El planteamiento consiste en saber si es socialmente posible asistir a las que se encuentran en vías de extinción.
El multilingüismo como tema es ancestral. En el capítulo 11 del Génesis se narra cómo Dios castigó la osadía humana de intentar levantar una torre con la pretensión de alcanzar el cielo: privó a los humanos del monolingüismo y los anatematizó multiplicando sus lenguas a fin de frustrar la construcción. Ésta parece haber existido en tiempos de Nabopolasar (625-605 a.C.), fundador de la dinastía caldea; llamada Etemenanki en Babilonia, se conocía como “la mansión de lo alto entre el cielo y la tierra”.
A los miembros de comunidades minoritarias que conservan su propia idioma se les analiza ahora pero en un contexto secular acompañado de otros razonamientos; uno de los más señalados sostiene que el empleo de su sistema de comunicación constituye un elemento desestabilizador de gran magnitud para el resto de las comunidades nacionales, en donde abundan las respuestas políticas pero escasean las culturales.
En tiempo de conflicto armado o en otras emergencias nacionales, líderes políticos llegan a arremeter contra las lenguas extranjeras por la identidad simbólica que pueden tener con sus adversarios. Actitudes como ésta que postulan el monolingüismo han sido fugaces y con frecuencia adquieren tintes xenófobos o discriminatorios.
En la dictadura de Primo de Rivera el catalán pasó de su prohibición a su aprobación, y de ahí a su fomento en la Segunda República española, para concluir con una total represión que alcanzó hasta las lápidas de los cementerios durante los primeros años de la dictadura franquista..
En los años recientes se ha impuesto la sensatez y expresiones como las mencionadas tienden a desvanecerse, como se atestigua con la sentencia de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos, que resolvió a favor del derecho irrestricto que le corresponde a toda persona de elegir su propia lengua (precedente Meyer v. Nebraska. 262 U.S. 390. 1923).
El multilingüismo y la cultura
En México, una vez aceptado el multiculturalismo con la reforma de los artículos primero in fine y segundo constitucional en el umbral del siglo XXI, le dio curso a su consecuencia correlativa, que es la aceptación de un calidoscopio lingüístico.
Este espectro se analizó en el siglo XX con displicencia, pues se argumentaba que nuestro sistema jurídico y político exigía una lengua común para su funcionalidad. La diversidad idiomática era abordada como fenómeno marginal y periférico, y se exponía irremisiblemente a una asimilación forzada de grupos minoritarios que se catalogaban como intrascendentes.
Este fenómeno no es privativo de México. A lo largo de la historia Occidente ha intentado deslegitimar la etnicidad con calificativos carentes de bases científicas: se la ha tildado de ser contraria a la modernidad y a toda idea de progreso. A nuestras comunidades, especialmente a las indígenas, se les niega aún la posibilidad de constituirse en movimientos sociales promotores de cambio; postura que contradice la naturaleza de toda comunidad cultural, que es en sí misma un proceso de cambio sociocultural.
Durante buena parte del siglo XX se sostuvo que los Estados conseguían la modernización, la unificación y la democratización en forma acelerada mediante la supresión de la heterogeneidad, entre otras de la lingüística. Esta idea fue cuestionada a finales del siglo XX con base en las nociones de planificación social, económica, demográfica y cultural (María-José Azurmendi). Peor aún, se llegó a sostener que mientras más elevada fuera la heterogeneidad lingüística en un país, se acentuarían la frecuencia y la gravedad de los conflictos sociales, e incluso que el producto interno bruto per cápita sería menor.
Estas tesis quedaron totalmente sepultadas por su grave carencia de metodología científica, que provenían de la imaginación y que resultaron útiles en la invención de una memoria artificial y en la promoción de la amnesia cultural (María-José Azurmendi).
La diferencia de sustancia más palpable empero es la que separa a los mandarines culturales –quienes elaboran hipótesis de trabajo cuestionables– y a los miembros de las comunidades, quienes en el seno de éstas experimentan positivamente el vínculo entre su lengua y etnicidad, más cuando han adquirido una conciencia que les posibilita la movilización colectiva (María-José Azurmendi).
La lengua y la cultura
Para empezar por lo obvio, la lengua es esencial tanto para la cultura como para el derecho; trasciende su función más normal y evidente y se constituye como un vehículo de conocimiento. Es un bien común que presupone un diálogo social.
Su empleo da lugar a propuestas legales y políticas para la organización de una sociedad. La elección de un idioma cumple una función primordial en la prestación de los servicios públicos, en la educación, en la participación política, en la jurisdicción y en los medios de comunicación.
La lengua entraña procesos cognoscitivos, conductuales y de identidad cultural, así como nuevos planteamientos en el ámbito de los derechos humanos; el vínculo entre ésta y la cultura es trascendente porque se encuentra inmerso en áreas de la vida cotidiana.
La lengua es la cultura sin la cual no serían viables la ley, la educación, la religión, el gobierno, la política y la organización social. Es el sistema simbólico más importante de la especie humana asociado íntimamente a las comunidades culturales; es un producto social y supone una interacción interpersonal; es asimismo paradigmática porque conjuga universalismo y particularismo, expresiones individuales y colectivas de la comunidad. En tanto medio de intercambio socializador, posibilita la dominancia política. En consecuencia la comunicación, la identidad y el poder son procesos en los cuales la lengua resulta determinante.
Una lengua accede a la plena igualdad cuando puede ser empleada en un Estado de la misma forma que otras y, por consiguiente, deja de ser considerada de minorías. Este es el sentido de la promulgación de un ordenamiento programático como la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas (LGDL), que confronta el añejo principio según el cual el idioma era la cristalización de la identidad nacional; conceptualización que camuflaba en el fondo el vínculo entre lengua y política económica.
Es con la Ilustración que la lengua adquiere su centralidad y su carácter de noción inherente a la identidad y el nacionalismo. El fomento ideológico del concepto lengua materna fue útil al proyecto de expansión educativa y para asociar lengua y Estado con evidentes propósitos políticos.
El idioma se convirtió rápidamente en el símbolo del nacionalismo en México, y el español tardó en impregnar el cuerpo social. Las leyes y reglamentos sobre la instrucción pública en el Distrito Federal (Diario Oficial de la Federación del 26 de octubre de 1833) incluyeron la enseñanza del mexicano (náhuatl), otomí o tarasco, cuya acreditación era obligatoria para acceder a la carrera de “ciencias eclesiásticas”. Maximiliano de Habsburgo incluso mandó traducir varias leyes a lenguas indígenas (María Lilia Díaz López). Esta política tuvo una metamorfosis radical: el Estado mexicano optaría por un sistema de aculturación forzada.
La sociolingüística
En su periplo por la Nueva España, Humboldt fue uno de los primeros pensadores en sostener que la lengua refleja la cultura y el carácter de quienes la practican y que su estudio debería enfocarse a través de la historia y la antropología. De este modo se anticipó en nuestro país al desarrollo de la etnolingüística moderna.
El idioma estructura y, con ello, influye en las percepciones y acciones individuales; conforme a la célebre hipótesis de Sapir-Whorf, filtra información sensorial de manera significativa, de tal modo que permea la comprensión de la realidad.
Resulta claro que el ser humano está muy lejos de someterse fatalmente a las limitaciones de su idioma, lo que conduciría a postular un determinismo lingüístico; no lo es sin embargo sostener que la lengua en alguna forma configura su pensamiento y su comportamiento. Las experiencias sociales y culturales se hallan organizadas por sistemas lingüísticos, y es así como éstos expresan una cosmovisión.
Si la identidad se entiende como el trasfondo en el que nuestros gustos, deseos, opiniones y aspiraciones toman sentido, la conclusión es clara: la lengua asociada a una cultura desempeña una función significativa. Por ello idioma y cultura están vinculadas de manera indisoluble; la primera representa simbólicamente a las comunidades que la practican, y con ello asocia su destino a éstas.
Las lenguas no emergen ni desaparecen por sus méritos lingüísticos. Por lo contrario, son las circunstancias sociales y políticas de quienes las hablan las que tienen un impacto significativo en el estatus simbólico y comunicativo de las mismas lenguas. Debe considerarse que la identidad etnolingüística no es una característica unitaria; es variable tanto o más que el uso de la propia lengua. Esta identidad depende del contexto de interacción y de las condiciones de la comunidad cultural para que su acepción quede determinada de cierta manera.
La interacción de diversos sistemas idiomáticos, como es el caso mexicano, implica que adquieran un carácter autóctono. Este es el sentido del artículo cuarto de la LGDL cuando prescribe que el español y las lenguas indígenas que se reconozcan son nacionales por su origen histórico, localización y el contexto en que se hablen, y tienen la misma validez en la República.
La manera de pensar es dependiente del idioma, que esculpe las experiencias conforme a su estructura gramatical y a sus categorías. Esto explica cómo las personas que hablan diferentes lenguas tienen diferentes aproximaciones culturales, si se parte del principio de que la estructura de cada una de ellas conduce necesariamente a la creación de un orden específico de la realidad. Lejos de introducir un determinismo lingüístico, es válido sostener que la lengua configura en cierto sentido la forma de razonar (Johsua Fishman).
Entre los derechos lingüísticos son claramente distinguibles dos clases: los relativos a la libertad y los relativos a la igualdad. Los primeros suponen el derecho a decidir sobre la lengua que debe privar, entre otros ámbitos, en conversaciones, reuniones, asociaciones o en publicaciones. Los segundos implican el reconocimiento por parte del Estado de las peculiaridades de grupos étnicos que no figuran como dominantes dentro del propio Estado.
La ausencia de ese reconocimiento conlleva una fuerte dosis de discriminación, puesto que estaría indicando una falta de igualdad ante la ley. Al emplear una única lengua en una sociedad multicultural, el Estado no proporciona un trato igualitario a sus ciudadanos; practica lo que la literatura especializada denomina redistribución cultural del poder.
*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon-Assas.








