La importancia de la visita de Barack Obama a Cuba es relativa: sin duda es un reencuentro histórico de hondo calado simbólico, un buen cierre de gobierno, además, para el mandatario estadunidense y un tanto extraordinario para la política exterior de La Habana. Sin embargo, dejará poco para los ciudadanos de Cuba y de Estados Unidos: nadie espera grandes inversiones, el fin del bloqueo económico ni un cambio sustantivo en la política electoral y de derechos humanos del régimen castrista.
WASHINGTON.- Poco que esperar: la visita a Cuba del presidente Barack Obama es un “acto simbólico e histórico” que el mandatario estadunidense lucirá como parte de su legado político, pero en términos prácticos no implica ni riesgos electorales en su país ni avances democráticos en la isla.
“Queremos asegurarnos de que el presidente tenga la oportunidad de involucrarse más ampliamente no sólo con el gobierno sino con la sociedad cubana”, resumió Ben Rhodes, subjefe del Consejo Nacional de Seguridad y asesor de estrategias de comunicación de la Casa Blanca durante una teleconferencia de prensa el miércoles 16.
William LeoGrande, profesor de gobierno y especialista en temas latinoamericanos en la American University, considera que la visita de tres días de Obama a Cuba es parte de los objetivos personales del mandatario, más que una maniobra de interés nacional para su país.
“Quiere acelerar el proceso de normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba y creo que (Obama) quisiera concretar esto antes de que se termine su mandato (el 20 de enero de 2017)”, apunta LeoGrande en entrevista.
El también coautor del libro Back channel to Cuba: The hidden history of negotiations between Washington and Havana asegura que, desde ya hace varios años, en Estados Unidos la relación con Cuba dejó de ser un asunto de controversias: “A muy pocos estadunidenses les interesa o llama la atención lo que ocurre en La Habana y lo que diga Washington al respecto”.
Tensión a la baja
Fue en enero de 1928 la última vez que un presidente estadunidense en funciones realizó una visita oficial a Cuba. Obama, quien el 17 de diciembre de 2014 anunció que, merced a los oficios del Vaticano, se habían reiniciado las negociaciones con el gobierno de Raúl Castro para restablecer la relación con la isla, quiere emular así a Calvin Coolidge, quien hace 88 años estuvo en La Habana en su calidad de mandatario de Estados Unidos.
Hasta mediados de los noventa, en la Casa Blanca hablar de la posibilidad de restablecer relaciones con Cuba era como un suicidio político-electoral para el presidente y para su partido político.
El “problema cubano” perdió importancia para la política exterior de Washington desde que Cuba fue oficialmente eliminada de la lista de amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos y tras el envejecimiento de la población cubano-estadunidense que emigró a la Unión Americana por la llegada al poder de Fidel Castro.
“Lo de ahora no es más que un cambio simbólico”, resume LeoGrande.
El académico y especialista en Latinoamérica explica que el viaje de Obama ofrecerá muy pocas ventajas en materia económica para los empresarios de Estados Unidos, y no implicará que el gobierno de Castro modifique sus procesos políticos ni mejore su respeto a los derechos humanos o aumente la libertad de expresión.
“Obama quiere subrayar los avances que ha logrado en el restablecimiento de las relaciones con Cuba, nada más. Su deseo es que sea una política irreversible e histórica, imitando lo que hizo Richard Nixon en 1972, cuando visitó China”, acota LeoGrande.
Poco peligro
Después de que Obama anunciara el relanzamiento del diálogo con Cuba, los acontecimientos que han emanado de esa noticia han sido poco difundidos en los medios estadunidenses.
Esporádicamente los grandes diarios como The New York Times y The Washington Post le han dedicado espacio al conflicto. Pero en la televisión y la radio el asunto apenas ha merecido menciones. La excepción es este viaje, que se da en medio del proceso para elegir a los candidatos presidenciales de los partidos Republicano y Demócrata.
En Florida, estado donde se concentra la mayoría de la comunidad cubano-estadunidense, podría pensarse que el factor determinante para apoyar a un candidato es –como ocurría hasta hace poco– su postura respecto de los asuntos relacionados con Cuba. Esto ya no es así:
Marco Rubio, senador federal por Florida, era el único de los aspirantes republicanos a la nominación presidencial que criticaba el viaje de Obama como estrategia para ganar adeptos. Sin embargo, el martes 15, luego del triunfo del empresario Donald Trump en las primarias de dicha entidad, Rubio renunció a la contienda.
“Políticamente ya no es peligroso, la sociedad cubana o de origen cubano en Florida moderó sus puntos de vista sobre lo que ocurre en Cuba y su relación con Estados Unidos”, sostiene el profesor de la American University. “Las nuevas generaciones de cubano-estadunidenses quieren la normalización de las relaciones. Nacieron en Estados Unidos y muchos de los que salieron de la isla por la Guerra Fría saben que esto es cosa del pasado y quieren beneficiarse de los cambios. Les facilitaría comunicarse con sus familiares en Cuba, adonde pueden viajar con mayor facilidad”.
Florida aporta 29 votos al Colegio Electoral –instancia que elige al presidente– y tanto el Partido Demócrata como el Republicano saben que en ese estado será la agenda en política interna y no la de política exterior la que defina quién gane en las elecciones presidenciales del próximo 1 de noviembre.
Justo el día de la elección primaria en Florida, la Casa Blanca, en colaboración con los departamentos del Tesoro, Comercio y Transportes, anunció la flexibilización de las sanciones económicas y de viajes a Cuba, impuestas hace más de medio siglo.
“Esto abrirá más espacios para la relación y un mayor involucramiento (de Estados Unidos) para mejorar la vida de los cubanos”, consideró Rhodes.
En concreto, la Casa Blanca anunció que permitirá a los cubanos en la isla usar el dólar en sus transacciones con Estados Unidos, la eliminación de algunas restricciones para que los estadunidenses viajen a Cuba y la emisión de más permisos para que los empresarios de la Unión Americana hagan negocios en la isla.
LeoGrande expresa que, aun con estos cambios, en Estados Unidos hay muy poco interés por invertir en Cuba, debido al tamaño de la economía de la isla y porque el gobierno de Castro no realizará las modificaciones necesarias para convertir a su país en un atractivo para los capitales privados.
Aun cuando en el Congreso federal de Estados Unidos no hubo una oposición significativa al viaje de Obama, los legisladores no tienen la intención de levantar el embargo económico impuesto a Cuba en febrero de 1962 por el entonces presidente John F. Kennedy.
Varias veces desde el reinicio de los diálogos, Obama ha pedido al Congreso levantar el embargo. La respuesta ha sido un rotundo no.
El profesor de la American University aborda este hecho como un ejemplo más de la insignificancia política y práctica que tiene la visita de Obama:
“Los legisladores conservadores y ultraconservadores son republicanos. Todos, todos son promotores de la inversión de capitales estadunidenses en el extranjero. Si Cuba fuera un atractivo para los empresarios de Estados Unidos, como lo quiere exponer Obama, éstos ya estarían presionando a los republicanos en el Capitolio para levantar el embargo; pero esto aún está muy lejos de ocurrir”, asienta LeoGrande, quien descarta el restablecimiento total de las relaciones con Cuba en los meses que le restan a Obama como presidente de Estados Unidos.
Cada paso, medido
La agenda de la visita de Obama, quien estará acompañado de su esposa, Michelle, se inicia este domingo 20 por la tarde, con una visita a la Catedral de La Habana, donde el plan es reunirse con el cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino.
El lunes 21 Obama comenzará sus actividades oficiales depositando una ofrenda floral en la rotonda José Martí, para inmediatamente después reunirse con Raúl Castro.
La Casa Blanca asegura que en el encuentro con el mandatario cubano, la prioridad de Obama será el restablecimiento total de las relaciones entre los dos países, el respeto a los derechos humanos, la apertura comercial, la búsqueda de mayor libertad de expresión y asuntos regionales, como el papel de Cuba en el proceso de paz colombiano.
Al concluir el encuentro con Castro, Obama será el anfitrión de una reunión con empresarios estadunidenses, ciudadanos cubano-estadunidenses y representantes del gobierno de Castro. El eje de esta sesión será la apertura comercial de Cuba al capital privado. Por la noche del lunes, Obama y su esposa serán agasajados por Castro con una cena en su honor en el Palacio de la Revolución.
En el último día del viaje, Obama dirigirá un mensaje al pueblo cubano –algo que la Casa Blanca etiqueta como “un momento histórico y único”– para explicar el curso que lleva la revisión de la “complicada historia de relaciones entre los dos países”.
Después se reunirá con ciudadanos cubanos, entre los que, de acuerdo con Rhodes, habrá representantes de grupos defensores de derechos humanos en la isla y “voces de la oposición civil cubana”.
Para cerrar la visita, Obama y Castro presenciarán un partido amistoso de beisbol entre Las Mantarrayas de Tampa, Florida (equipo profesional de las Grandes Ligas), contra la selección nacional de Cuba.
El domingo 6, un artículo de análisis político de The New York Times sobre las negociaciones entre Cuba y Estados Unidos reveló las dificultades de la Casa Blanca con el gobierno de Castro para la celebración de los actos oficiales.
El periódico detalló que una reunión de Obama con el legendario líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, “se evitaría a toda costa”. The New York Times anotó también que “el arreglo para un encuentro con la disidencia cubana emergió como un punto de conflicto”. De ahí que, el miércoles de la semana pasada, Rhodes se negara a revelar la identidad de los miembros de la sociedad cubana y de los grupos de defensores de derechos humanos que este martes 22 departirán con Obama. l








