La tragedia de Europa

Son muchos los signos de la descomposición de la Unión Europea (UE). El proyecto de integración que levantó tantas expectativas a comienzos del presente siglo está en una fase descendente. La crisis económica de 2008 fue el primer gran golpe, del que muchos países aún no se han recuperado. La posibilidad de mantener el capitalismo de rostro humano, del que se enorgullecían algunos países europeos, no tiene futuro. La Europa sin fronteras, fuertemente comprometida con los derechos humanos y la defensa de la democracia, empeñada en consolidar instituciones comunitarias, las cuales tomarían medidas supranacionales para avanzar en la integración solidaria, se ha esfumado.

Cierto que hubo avances irreversibles. El proceso de integración contribuyó a hacer imposible la repetición de las grandes guerras que en dos ocasiones ensombrecieron el panorama europeo en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, hoy se ha desatado otro tipo de guerra: la guerra contra los migrantes.

La ola de refugiados que desde el verano pasado toca las puertas de Europa huyendo de la violencia desatada en Siria, Irak, Afganistán, Libia, ha producido una crisis humanitaria de grandes proporciones: Miles de ahogados al intentar cruzar el Mediterráneo, miles estacionados frente a las vallas que se han levantado para detenerlos en Macedonia, Austria, Hungría, el Canal de la Mancha. El aspecto más doloroso de esta situación es que, según ha declarado el Alto Comisionado para los Refugiados de la ONU, dos tercios de esos migrantes son mujeres y niños. Su presencia, lejos de levantar solidaridad, despierta rechazo de grupos de extrema derecha que con ello ganan popularidad.

Los intentos de fijar cuotas, repartidas equitativamente entre los diversos países de la UE, se ha encontrado con la oposición de la mayoría de ellos. La posición más solidaria fue asumida por Alemania, a donde llegaron cerca de 1 millón de refugiados en 2015. En opinión de algunos, de no tomarse medidas pronto, otros tantos podrían llegar este año. Las reacciones en la política interna de ese país se han hecho sentir con efectos devastadores: las elecciones celebradas en tres estados el domingo 13 del presente mes vieron el ascenso notable del partido de extrema derecha Alternativa para Alemania, decidido opositor a recibir migrantes, derrotando a la democracia cristiana de Angela Merkel en bastiones tan emblemáticos como Sajonia.

Ese es el trasfondo del acuerdo firmado por Alemania con Turquía, bajo directivas que han sido avaladas por los dirigentes de los 28 países miembros de la UE. El punto central del acuerdo es asegurar que Grecia, a cuyas costas llega el número más alto de migrantes, los devolverá a Turquía, incluidos los refugiados sirios. En otras palabras, se trata de darle a Turquía la responsabilidad de impedir que los migrantes avancen sobre el territorio europeo o, aún peor desde su perspectiva, pretendan instalarse allí.

Lo que ha sido calificado como “acuerdo de la vergüenza” tiene diversos elementos de chantaje. Turquía obtiene a cambio la suspensión del visado para sus ciudadanos que visiten la UE, así como la promesa, ésta bastante más vaga, de acelerar el proceso para su pertenencia a la UE. De otra parte, no son despreciables los 6 mil millones de euros que recibirá de la UE para dar asistencia a los refugiados durante tres años.

El acuerdo ha sido vivamente criticado en el Parlamento Europeo, agencias de la ONU, organizaciones independientes de derechos humanos y grupos de oposición al interior de diversos países de la UE. Los aspectos más controvertidos son el desconocimiento del derecho internacional para la protección de los refugiados y la legitimidad de Turquía para cumplir con la responsabilidad de atender las necesidades inmediatas de aquéllos y, sobre todo, trazar el camino para su posterior integración a la vida laboral, o programas de vivienda y educación.

Las credenciales del presidente Erdogan en materia de derechos humanos son muy cuestionadas. La represión política en el país ha aumentado. Es difícil creer que son los momentos idóneos para recibir refugiados en gran escala cuando ya tiene el peso de 2 millones de refugiados sirios que han llegado en el transcurso de los últimos cinco años. Hay motivos para dudar de la capacidad administrativa y de la cultura de derechos humanos que se requieren para lidiar con el problema.

No obstante la validez de tales señalamientos, ningún dirigente europeo ha cuestionado lo negociado por Alemania. En parte porque responde bien al pensamiento de algunos dirigentes altamente conservadores de Europa del Este, como los de Polonia o Hungría. En parte porque es visto como el último recurso para evitar las consecuencias políticas internas que se resienten en Francia o Alemania. Lo que está fuera de discusión, al parecer, es una acción coordinada por la UE para poner en pie un sistema europeo robusto de protección y asilo a refugiados. Semejante idea está descartada por la polarización extrema que provocaría.

Es posible que el acuerdo sea modificado ligeramente o incluso que no sea aprobado. Pero, según la revista The Economist, es la última oportunidad de encontrar una solución: “Medidas desesperadas para tiempos desesperados”, exclama, justificando, el semanario londinense (12/03/16). Ahora bien, es claro que los factores de expulsión que han propiciado ese inmenso flujo migratorio no han desaparecido. La estabilización en Siria llevará mucho tiempo, las circunstancias de violencia aumentan en Irak y en Afganistán, la presencia del llamado Estado Islámico asegura la profundización de dicha violencia, siguen sin modificarse los enormes problemas de Eritrea y Somalia, expulsores tradicionales de migrantes. Continuará, pues, el anhelo de escapar.

En contraposición a ese anhelo, es evidente la brecha entre el papel de vanguardia que otrora protagonizó la UE en materia de derechos humanos y la fuerza de la xenofobia, el odio y el rechazo a los migrantes como tendencia dominante. Huyendo de la violencia, hombres, mujeres y niños seguirán buscando entrar a Europa para ser percibidos allí como seres malignos que vienen a robar trozos de su bienestar; tal es la expresión desoladora de la tragedia europea. l