En Kamakura vive un trio de hermanas (Sachi, Yoshino y Chika); cuando deciden asistir al funeral del padre, que las abandonó 15 años atrás, conocen a Suzu, su media hermana de 14 años, y deciden invitarla a vivir con ellas a la casa legada por la abuela. El mar, el ritmo de las estaciones, comidas tradicionales, los frutos del ciruelo con los que la familia produce su propio licor desde hace 50 años, el humor, la nostalgia por la infancia perdida, componen la poesía de Nuestra pequeña hermana (Umimachi Diary; Japón, 2014).
La aparente sencillez del cine de Hirokazu Kore-eda, con trama minimalista recargada de momentos de revelación sobre el sentido o la belleza de la vida que tienden a pasar desapercibidos, se presta poco a la disección. Su película más intrincada ha sido De tal padre, tal hijo; en general, la acción es consecuencia de algo que ya ocurrió, como en Distance (2001), en la que se reúnen familiares de los involucrados en el ataque terrorista de gas sarin, cuyo pico dramático es la contemplación de un par de orquídeas.
El tema de la infancia amenazada y el instinto por defenderla preservando la unidad familiar, es una de las constantes de Kore-eda; las tres hermanas, que sufrieron el abandono paterno y el rechazo de la madre, encuentran en esa hermana la forma de recuperar su propia infancia y aceptar la incapacidad de los progenitores. El manejo de la culpa y el perdón en la cultura japonesa es muy diferente del occidental; el entendimiento de causas y razones conduce no tanto al perdón como al significado; el padre se fue porque no resistía la tentación de enamorarse de mujeres desvalidas; la madre, porque no podía responder a la demanda de las hijas; y la vida es así, los padres también fueron hijos alguna vez.
Nuestra pequeña hermana, diario de la ciudad junto al mar, es la adaptación de una historieta gráfica para mujeres jóvenes, un shoojo manga de Akimi Yoshida (en Japón hay géneros de manga para todas edades y gustos). Kore-eda modifica el foco de atención del original hacia Sachi (Haruka Ayase), la hermana mayor, enfermera de profesión, pero conserva la vivacidad de la pequeña Suzu, estrella de futbol del equipo de la escuela.
En esta primera incursión de lleno en el universo femenino, Kore-eda rehúye, deliberadamente, cualquier tipo de truculencia a la manera Bergman o Fassbinder: Fuera de casa, cada hermana padece su propio conflicto, relación con un médico casado, novios que no se comprometen, cierta tendencia a tomar más alcohol de lo debido, o excentricidad como en el caso de Chika; en el oasis de la casa familiar, sin embargo, no hay brujas envidiosas ni adolescentes adictas o incendiarias, ahí todo es dulzura y compasión.
La clave estriba en el punto de vista del director-narrador, que adopta la mirada del padre difunto y ve con ternura y regocijo a cada una de las cuatro hijas.








