Señor director:
Hoy quiero hacerle un reproche y una sugerencia, disparatados quizá, pero este es mi punto de vista, mi opinión, mi razón de ser lector de Proceso.
Pues bien: Se me hace un tanto injusto el espacio que nos concede a los lectores, a veces una página, rara vez dos. No creo que sea por falta de correspondencia, ya que somos muchos los que queremos exponer nuestras inquietudes acerca de tantísimos problemas que enfrentamos y sufrimos como ciudadanos de nuestro México. Pero si ustedes, que son de los pocos medios abiertos a cualquier tema, no nos apoyan en este sentido, estamos fritos.
Sé que están conscientes de que sus lectores somos “el alma de su vehículo” y, por lo tanto, deben cuidarnos; no somos cautivos, estamos la mayor parte de las veces de acuerdo con sus contenidos. Somos de la línea crítica que nos heredó don Julio. Toda proporción guardada, ya que no contamos –al menos el que escribe– con los elementos indispensables para elaborar un simple artículo, ya no digamos un ensayo o un libro, pero tenemos nuestro corazoncito.
Con respecto a lo más actual, la visita del Papa Francisco, la verdad es que quedamos empapados, hechos puré o fritos; tanto, que ya no podemos comer tan sólo una más. ¡Qué vergüenza!
No quiso ir a Ayotzinapa, ni siquiera hablar de los estudiantes desaparecidos, muertos, digo yo. Tampoco del monstruo Maciel y sus incontables víctimas. Pues qué esperaban los mexicanos de este lobo con piel de oveja. Él, al igual que todos los clérigos, empezó como vulgar cura, hizo los mismos votos y juramentos de celibato y castidad. Pero a un hombre, varón o macho, le resulta casi imposible cumplirlos, máxime encontrándose en plena juventud, con toda la virilidad posible y rodeado de tentaciones y oportunidades que tienen que desfogar. De modo que, al prohibírseles tener esposa, los más vulnerables, niños casi cautivos, sirven como monaguillos, diáconos, etcétera. Carne de cañón, de garañón o de plano de cabrón.
Recuérdese que son “pastores” y que las cabras son casi como ovejas. Es claro que los prefieren varones, ya que poco se sabe de niñas, adolescentes o jóvenes que también hayan sido abusadas.
Si mi exposición les parece atrabiliaria, grosera o hasta ofensiva, pueden “editarla”, o de plano no publicarla. Les anticipo que sería mi despedida, pero sólo hago uso de mi libertad de expresión, la que ustedes defienden a capa y espada.
Reciba junto con todo su cuerpo de colaboradores un saludo afectuoso y fraterno de su servidor.
Atentamente
Claudio Solano Cruz








