“El hijo de Saúl”

Es antes y después de ver El hijo de Saúl (Saul fia; Hungría, 2015). Primero, porque permanece la sensación de haber vivido dentro de la maquinaria de un campo de concentración de 1944; y segundo, porque la dirección de László Nemes condensa 100 años de lenguaje cinematográfico en un solo rostro, el del actor Géza Röhrig, para dibujar el mapa del azoro y del dolor humano.

Saúl (Rörihg) forma parte del Sonderkommnado, uno de esos grupos que los nazis implementaban con prisioneros judíos para encargarse de limpiar los residuos de cámaras de gas y hornos crematorios. Esos despojos no eran otra cosa que los cientos de cadáveres que desechaba a diario la fábrica de la solución final. Dentro de esa banda de producción de muerte, un cadáver era un mero “stück”, pedazo o cacho, que había que procesar; los soldados o jefes nazis evitaban así ensuciarse las manos.

Son contados los momentos, instantes a veces, en que la cámara abandona el acercamiento del rostro de Saúl: filmado en 35 mm con un formato 1: 375 –algo muy cercano a la técnica que se utilizó para el cine mudo–, el semblante del actor, poeta de profesión, inunda la pantalla con una mezcla extraña de terror, dignidad y mansedumbre; sumisión no al nazi, sino al destino. En ese inacabable close up se incrusta el infierno; fuera de foco, como de reojo, se perciben los tormentos, golpes y humillaciones, balazos y metrallas a quema ropa, vestimentas y objetos personales, puertas metálicas, cuerpos apilados, el golpe de la palas y las llamas de fuego. Pero Nemes parece recomendarle a su espectador que no se distraiga, que se concentre en ese rostro.

El hijo de Saúl sugiere que bajo la maquinaria de exterminio, sea por raza, credo político o género, lo esencial es no perder de vista el rostro humano, eso que la tradición judeo-cristiana supone creado a imagen y semejanza de Dios. Por lo mismo, el niño moribundo rescatado entre el montón de cadáveres, rematado pronto por un soldado, cuerpecito en el que Saúl afirma reconocer un hijo suyo, y al que intenta, a costa de todo, dar sepultura con ayuda de algún Rabino, representa la acción específicamente humana de esta historia escrita por Nemes y su coguionista, Clara Royer. Al proceso apisonador del acero inoxidable se opone la tradición del rito, la antropología del ritual. El hijo de Saúl es el hombre; el “kadosh”, lo sagrado, contra la profanación del mundo.

De entrada sorprende el alcance, de forma y fondo, en un primer largometraje, pero en la experiencia formativa de László Nemes se cuentan los dos años que pasó como asistente de  Béla Tarr, riguroso filósofo y poeta del cine húngaro. Bajo el ritmo infernal hecho de lamentos dolorosos y gritos disonantes de los soldados nazis (el tono autoritario y soberbio del alemán de las películas del Holocausto queda sepultado en Hollywood) permanece el espíritu contemplativo de Tarkovski, un cineasta que Nemes admira junto a Terrence Malick.