Los grandes teatros del mundo crean, consolidan y afinan su propia infraestructura artística; así, para citar unos pocos, son famosas las orquestas y coros de, por ejemplo, La Scala de Milán, la Ópera de Viena, el MET de Nueva York, el Bolshoi de Moscú y …el Mariinsky de San Petesburgo, llamada Leningrado en la época soviética.
Durante largos años estos teatros han cuidado esmeradamente sus acervos, y el resultado son el reconocimiento mundial y la realización de presentaciones siempre de primera calidad que, cuando se ofrecen en un país como el nuestro, impactan verdaderamente.
Así sucedió con la Orquesta del Teatro Mariinsky que por primera vez llegó a México y nos deleitó con los tres únicos conciertos que ofreció en Bellas Artes las noches del 1, 2 y 3 de este mes (un cuarto lo presentó en el Auditorio Nacional el viernes 4), con composiciones de autores rusos exclusivamente. Los dos primeros estuvieron bajo la dirección huésped de la joven Elim Chan (29 años), originaria de Hong Kong, y en ambos actuó como solista el también muy joven pianista de Uzbekistán, Behzod Abduraimov. El tercero transcurrió bajo la batuta del titular de la orquesta, el legendario Valeri Gergiev.
Programación concebida para poder mostrar toda la potencia y versatilidad de la orquesta, sobre todo su faceta sinfónica y concertista que no es su vocación original (puesto que se trata de la orquesta de un teatro y, por lo tanto, destinada básicamente a acompañar los montajes escénicos como la ópera y el ballet), la del Mariinski presentó la primera noche la Obertura Festiva opus 96 de Shostakovich, Rapsodia sobre un tema de Paganini de Sergei Rajmaninov y la Segunda sinfonía igualmente de Rajmaninov. El segundo programa se integró con la Obertura La gran pascua rusa de Rimski-Korsakov y, de nueva cuenta, Rajmaninov con su Concierto para piano y orquesta No. 2, y Shostakovich con su 5a. Sinfonía.
En ambos conciertos Chan mostró energía, conocimiento y precisión no obstante su juventud, pero sin el temple, tranquilidad y seguridad que sólo la experiencia pueden otorgar. Sin embargo, sus potencialidades allí están. Algo similar podemos afirmar del pianista Abduraimov, de una digitación asombrosa por las velocidades que alcanza y que tuvieron su culminación en una relampagueante interpretación de la adaptación (Estudio) para piano que Liszt hiciera de la famosa Campanella (Estudio No. 3) para violín de Paganini. Muy buen sabor de boca dejaron estos conciertos que culminaron con dos piezas mexicanas de regalo, el Huapango de Moncayo la primera noche y el Danzón No. 2 de Arturo Márquez la segunda. La mesa puesta, pues, para esperar al gran comensal, Valeri Gergiev.
Y no defraudó el maestro. Con un programa dedicado íntegramente a Prokofiev, Sinfonía No. 1, conocida como “Clásica”, la siempre fea Sinfonía Concertante para chelo (quien sabe por qué la escogió), en la que actuó como solista Iván Karizna en un auténtico y agotador “tour de forcé” del que salió bien librado, y la 5a. Sinfonía, Gergiev mostró el porqué de su prestigio ya que, directo, contundente y con esa dificilísima facilidad que sólo algunos alcanzan, condujo a la orquesta con toda claridad por los 100 y más vericuetos que estas obras, sobre todo la última, deben de transcurrir. Empero, lo mejor estaba por llegar, y llegó con los “ancores”, dos piezas de regalo de lo que sí es el trabajo cotidiano de la orquesta, la ópera y el ballet, y así lo demostró: La obertura de La fuerza del destino de Verdi y el final de El Cascanueces de Tchaikovsky que, por sí mismo, con el límpido sonar de las aguas cristalinas, valió todo el concierto.








