José Tomás: a por el oro…

El regreso de José Tomás prometía salvar la temporada en la Plaza México. Pero decepcionó. Y era insensato esperar su triunfo: El Diestro de Galapagar exigió –y se le concedieron– toros cómodos, llevaba una sola corrida de calado en más de un año, y parece que todo giró en torno al dinero y el protagonismo, más que alrededor del toreo. Los carteles de relumbrón no están funcionando en el mayor coso del país, y los responsables no quieren enterarse por qué…

El empresariado taurino en el mundo, con España a la cabeza y lineamientos provechosos para sus figuras pero poco acertados para el impulso de la fiesta de toros en el resto de los países –Francia, México, Ecuador, Perú, Colombia y Venezuela, pues la fiesta de toros en Portugal tiene otro concepto–, sigue instalado en las imposiciones y el ventajismo, al grado de ignorar un principio tan elemental como el de ofrecer productos humanos competitivos y animales con bravura a cambio de lo que cobra al público que, todavía, posibilita el negocio.

En México, a las dos empresas taurinas más adineradas de la historia –Bailleres y Alemán–, sin intención de ejercer un liderazgo profesional que diferencie su concepto de competencia y servicio, apenas les alcanza para disputarse anualmente a las mismas figuras importadas, exactamente como en Sudamérica, reduciendo el interés de los públicos y el concepto de figura a algunos nombres extranjeros, dificultando el surgimiento de relevos nacionales e ídolos populares mediante la valoración, estímulos y confrontaciones planeadas, resistiéndose a entender que la fiesta de los toros, si no es expresión identitaria de algunos pueblos, salvaguardada por sus sectores y con exponentes de rango internacional, se vuelve otra forma de coloniaje cultural, así sea con la anuencia y apoyo de los propios afectados.

En la decimocuarta corrida de la temporada 2015-16 en la Plaza México, ante menos de un cuarto del aforo, en otro cartel cómodo para la figura importada, hicieron el paseíllo el sevillano José Antonio Morante de la Puebla, Octavio García El Payo y Fermín Espinosa Armillita IV, en su segunda comparecencia, para lidiar un encierro manso y chico de la disputada, por las figuras, ganadería de Teófilo Gómez, en esa nefasta política de seguir adquiriendo reses de probada mansedumbre que incluso ahuyentan a la gente, desinformada pero no amnésica, y con la sistemática aprobación de las autoridades delegacionales.

Éxtasis emergentes

Morante posee el don de la personalidad y aires agitanados –a veces acarmenados por su exageración– en una época en que, como nunca, predominan los toreros clonados, antes que por la proliferación de escuelas taurinas por la saturación mediática y la consiguiente despersonalización. Sabe torear a las reses y a los humanos, por lo que su desempeño, pretextando que es estilista o de toros a su estilo, ha sido por demás irregular, sobre todo en cosos mexicanos, donde incluso encontró el respaldo y apoderamiento de Espectáculos Taurinos de México (ETMSA) y de la FIT (Fusión Internacional por la Tauromaquia), ambicioso cuanto impreciso proyecto que incluye a España, Francia y México, en el que se embarcó el empresario Alberto Bailleres.

El cuarto de la tarde se llamó Debutante, otro manso de cara a media altura, que tras el puyazo de trámite permitió al sevillano lucir su juego de brazos en un cadencioso quite por chicuelinas de acompasada toreografía y de esteticismo sin bravura. Como el astado llegara a la muleta repetidor y en ocasiones humillando, Morante realizó tandas en cámara lenta, dejó tres cuartos de estocada tendida y trasera, y no obstante recibió dos orejas, en tanto que el Juezpen, como rebautizó la empresa al juez Jorge Ramos, ordenaba arrastre lento al manso colaborador. El Payo continúa evolucionando y pasa por un buen momento, pero su recia personalidad requiere del toro emotivo, por lo que poco le agradecieron sus afanes ante su deslucido lote. Armillita IV siguió sin decir ni conectar, en parte por su falta de expresión y en parte porque ese ganado, manso y sin trapío, vuelve cuesta arriba las posibilidades de lucimiento.

En la decimoquinta tarde la admiración en automático volvió a aparecer, ahora con un cartel como de lujo, con un diestro hace tiempo de salida (Zotoluco), otro ventajista (El Juli), uno más, ansioso de comerse el mundo (Joselito Adame), y reses de Montecristo, mayoritariamente sosas. Apenas lograron hacer media entrada. En segundo lugar salió Malagueño, mansurrón y obediente que llegó fijo y repetidor a la poderosa muleta de Julián López, capaz de sacar agua de las piedras, no se diga de ligarle muletazos a un torito de la ilusión. Dejó la espada trasera y caída, y el juez Gilberto Ruiz Torres, con sobrada razón, no quiso premiar aquel sartenazo.

La ira del intocable Cecetla (Centro de Capacitación para Empresarios Taurinos de Lento Aprendizaje), antes Plaza México, no se hizo esperar y preparó una nueva pizarra para rebautizar al siguiente toro con el imaginativo nombre de Muchomáspen, pues según su percepción los jueces están para obedecer no para pensar por sí mismos y menos para dejar sin premio a su majestad El Juli, que sería ruidosamente pitado en su segundo. Este nuevo papelazo autorregulatorio logró impedirlo el inspector responsable de cuidar el orden en el callejón, Eduardo Moreno Morenito. Sin embargo, el coordinador taurino –que finalmente se supo que sí existe– de la demarcación Benito Juárez, de nombre Orlando Martínez, informó que el juez Ruiz Torres no volverá al palco de la autoridad en lo que resta de la temporada. “No lo destituimos, lo vamos a descansar”, aclaró ufano el solidario empleado.­

No es la expresión estética el fuerte de Joselito Adame, por lo que suele cubrir el expediente con vistosos quites por zapopinas –que el listillo del Juli rebautizó como lopecinas en España hasta que alguien “descubrió” que eran creación del diestro jalisciense Miguel Ángel Martínez El Zapopan– y un desempeño muleteril solvente, coronado por lo general con estocadas recibiendo, por lo que tras un trasteo obtuvo la oreja del anovillado sexto.

Las lecciones de José Tomás

Lo que era oportunidad para un urgente repunte de imagen de la fiesta de los toros, no sólo de asistencia, con la reaparición del diestro madrileño José Tomás, así como de un reposicionamiento del menguado prestigio de la Plaza México, quedó en la triste comprobación de que la tauromaquia posmoderna, por lo menos en México, se desen­tendió de la edad, bravura y presencia de las reses para concentrarse en la dócil repetitividad que permite hacer faenas “bonitas” a animales bobos y cómodos de cabeza, es decir, el arte de lidiar reses bravas sin reses bravas ni transmisión de peligro. Ahora, si falta el sustento ético de enfrentar un toro bravo en plenitud de facultades, no hay estética capaz de suplir ese sustento. Y José Tomás y su nutrido equipo de profesionales, no obstante el reciente numerito del Juli, apostaron también por un ganado que propiciara el toreo predecible y “bonito”, precisamente como el resto de sus colegas con los que se niega a alternar, y el esforzado torero de Galapagar exigió toros de… don Fernando de la Mora y de Los Encinos. Como suele ocurrir, en el pecado de la comodidad llevó la penitencia de la frustración, por lo menos tauromáquica, que en materia económica vino por el oro, como las demás figuras de importación.

Lo bueno de este enésimo fiasco anunciado como acontecimiento fue que Tomás no permite que televisen sus actuaciones, pues si lo hubiera permitido, animalistas, ecologistas, antitaurinos y verdes quizá convencen al Congreso y a la Asamblea de cerrar este escenario, tan a prudente distancia del encuentro sacrificial entre dos individuos. “Enfermo de autorrespeto”, como diría Bierce, el taquillero espada, además de fijar inimaginables honorarios y de escoger fechas, ganado y alternantes, no concedió entrevistas, entró al coso por el túnel del estadio contiguo, solicitó un equipo extra de médicos y cuatro unidades de su tipo de sangre, por aquello de que él sí se juega la vida al seguir confundiendo quietismo con aguante. Su manso primero lo prendió dos veces sin herirlo y le protestaron la oreja; dejó derechazos templados y mecidos naturales con su segundo, que acabó rajándose y al que pinchó, y el tercero, de De la Mora, fue la debacle, pues el público, que abarrotó la plaza como muy pocas veces en las últimas décadas y a unos precios de reventa sin precedente, protestó la discreta presencia del astado, que el aturdido juez Jesús Chocho Morales se apresuró a cambiar por otro de Xajay, para que a la postre en el ruedo no sucediera prácticamente nada, por más argumentos y justificaciones que se busquen. A su alternante Joselito Adame le tocó el toro menos malo de Los Encinos, el sexto, y tras una faena empeñosa pero tediosa, en la que debió “rogar” las embestidas, cobró una estocada recibiendo, delantera y desprendida por la que obtuvo dos orejas. No, no fue una mala tarde, fue la comprobación de que el sistema taurino arrasa parejo.

Al día siguiente, en zalamera entrevista de Joaquín López Dóriga, el voluntarioso promotor de la Plaza México subrayó las “descortesías” del diestro madrileño por no haber brindado un toro al sufrido público, cuando su autorregulada empresa no fue capaz de imponer un ganado que desquitara los prohibitivos precios cobrados a la gente. Además el torero, después de que tomara la alternativa en dicha plaza, el 10 de diciembre de 1995, regresó en seis ocasiones sin que llegara la apoteosis. Retirado de 2002 a 2007, posteriormente la empresa lo anunció en el elenco del derecho de apartado sin estar firmado, y su aparición más reciente fue el 29 de noviembre de 2009 en un mano a mano –vaya manía– con Arturo Macías. Echada la empresa en brazos de su amigo y compadre Enrique Ponce, no hubo oportunidad de ver al reservado y temerario diestro, pues haber toreado una sola corrida el año anterior en Aguascalientes y luego querer triunfar con una Plaza México repleta y expectante, era poco factible, con todo y aislamientos, meditaciones, mano a manos y toros de la ilusión. La empresa, generosa como es, le ha ofrecido a Tomás la fecha del 28 de febrero sin tener aún respuesta.

Aniversario de consolación

El viernes 5 a las ocho de la noche se efectuó la corrida del 70 aniversario de la Plaza México. Hicieron el paseíllo Ignacio Garibay, que tan bien estuvo en la duodécima corrida con un toro de Arroyo Zarco al que le cortó las orejas, el francés Sebastián Castella y Arturo Zaldívar, con tres toros de Manuel Martínez y tres de La Estancia y poco más de un cuarto de entrada. Tres cosas destacaron esa noche: lo encastado de dos reses de Manuel Martínez, exigentes, codiciosas y con transmisión de peligro; la determinación de Castella de adueñarse del público de la México, no por paciente menos decepcionado de los “ases”, y la falta de criterio del contumaz Juezpen, ahora para premiar la inteligente y elegante faena de Garibay a su primero, tras un volapié volcándose. La consigna parece ser: manirrotos con los de fuera, mezquinos con los de casa.

Si bien Castella, como sus colegas, también ha caído en el ventajismo de solicitar reses jóvenes y pasadoras, desde su actuación anterior comprobó que quedándose quieto emociona más que moviéndose, por lo que ante la violenta embestida de su primero aguantó a pie firme hasta que sobrevino la cornada en el escroto, que no pasó a mayores gracias a que toro y torero cayeron juntos a la arena. Ante el poco juego de su segundo, de La Estancia, regaló un toro de La Joya, ganadería que tiene varias temporadas sin venir no obstante su calidad y trapío. Se trató de un imponente toro de pelaje melocotón, con un par de pitones, noble, alegre y repetidor, que le dio importancia a lo realizado por el diestro franco-español quien, a pesar de sus buenos propósitos y mejores maneras, volvió a sugerir al aturdido usía primero el indulto al toro, cuyos despojos merecieron el honor de la vuelta al ruedo, y luego el rabo. Inadmisible en una figura que ya llevaba dos orejas.

Al siguiente domingo, con una pobre asistencia, la empresa anunció una corrida “de dinastías”, con Francisco Rivera Ordóñez, hijo mayor de Paquirri; Diego Silveti; Armillita IV, y Juan Pablo Llaguno –todos perdidos con la espada–, y ocho astados de Marrón. Tras la sucesión de mansos al último salió un precioso cárdeno claro, bien puesto, con el que Juan Pablo Llaguno desplegó una tauromaquia madura y elocuente, de preciso conocimiento de los terrenos y magnífica expresión en las suertes. ¡Ahí puede haber un gran torero! l