Este lunes 15 se cumplirán 50 años de la muerte de Camilo Torres, el cura guerrillero colombiano, quien cayó en combate frente a una patrulla militar que, paradójicamente, tenía como superior al entonces coronel Álvaro Valencia. La vida los había unido desde su infancia, pues sus familias eran amigas; incluso el padre del sacerdote, un médico, había salvado la vida del niño Valencia. Entrevistado hace tres años por Proceso, el entonces general retirado insistía: “Yo no quería matarlo”.
BOGOTÁ.- En agosto de 1965, cuando el coronel Álvaro Valencia Tovar fue nombrado comandante de la Quinta Brigada del Ejército, con sede en Bucaramanga, su amigo, el psiquiatra José Gutiérrez, le dijo:
–Cuidado y te encuentras con Camilo, que puede andar por allá.
Fue un comentario espontáneo, en tono de broma. Los dos conocían muy bien y estimaban al cura Camilo Torres, quien por esos días había iniciado una gira nacional para impulsar el Frente Unido, una coalición opositora de izquierda que aspiraba a organizar a las clases populares de Colombia para tomar el poder.
Esa alianza, que congregaba a comunistas, cristianos, guevaristas, liberales, conservadores trosquistas, maoístas e independientes, sumaba con rapidez miles de adeptos en toda Colombia.
–Está desarrollando su movimiento urbano y eso lo tiene muy ocupado –comentó Valencia aquella tarde de agosto de 1965 en que se vieron en la oficina del coronel para tomar café y platicar de los asuntos de la coyuntura nacional, entre ellos Camilo Torres.
Más que por su plataforma ideológica, el Frente Unido tomaba fuerza por el carisma y los febriles discursos de Camilo sobre cristianismo y revolución. El sacerdote había cobrado notoriedad en Latinoamérica dos meses antes, cuando la jerarquía católica colombiana lo suspendió del sacerdocio por su activismo político izquierdista.
José Gutiérrez sabía que Camilo había comenzado su gira nacional en Santander, precisamente el departamento sobre el que tendría jurisdicción el coronel Álvaro Valencia Tovar. Y que pronto iría a Bucaramanga, la capital departamental, para encabezar un mitin en una plaza pública, y reunirse con sindicalistas, estudiantes y dirigentes sociales.
Pero ni Gutiérrez ni Valencia Tovar creyeron en realidad que su amigo común, el cura convertido en líder político y que meses después se iría al monte como guerrillero, se encontraría con el coronel en Bucaramanga.
Esta anécdota fue recordada por Valencia Tovar durante una larga charla con Proceso en diciembre de 2013. El entonces general retirado tenía ya 93 años y habría de morir siete meses después, el 6 de julio de 2014.
En la sala de su casa, Valencia Tovar relató a este semanario cómo la vida lo puso, por azar, como adversario militar de su amigo Camilo Torres y cómo las tropas bajo su mando dieron de baja al primer cura guerrillero que registra la historia latinoamericana.
El general retirado aseguró que, aunque las guerrillas y las organizaciones de izquierda lo acusaron de ser el verdugo de Camilo, a él jamás se le pasó por la cabeza que una patrulla militar bajo su mando se toparía el 15 de febrero de 1966 en las montañas de Santander con el cura que unas cuantas semanas antes había dejado la sotana para hacer la revolución con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN). “La operación que yo monté no era contra él”, afirmó el nonagenario militar.
Pero el ELN, que hoy sostiene diálogos exploratorios con el gobierno colombiano para iniciar un proceso de paz, nunca le creyó. El 8 de octubre de 1971 un comando de esa guerrilla perpetró en Bogotá un atentado contra el militar, en el cual éste casi pierde la vida. Resultó herido de dos disparos.
Amigos de infancia
La relación de Valencia con Camilo había comenzado cuando eran niños. Sus familias formaban parte de la elite social bogotana y del círculo liberal-conservador que detentaba el poder en Colombia. El padre del futuro cura, Calixto Torres Umaña, era un respetado pediatra egresado de Harvard.
Cuando Valencia tenía siete años y estaba afectado por una tifoidea que ningún médico podía controlar, su madre llamó al doctor Torres Umaña.
El general recordaba muy bien esa escena: “Llegó, me puso la mano en la frente y le dijo a mi mamá: ‘Deme una tinaja de agua fría, que este muchachito se está carbonizando’. Pero en esa época echarle agua fría a un afiebrado era como matarlo. Mi mamá se espantó. Estaba aterrada”.
–¿Pero cómo le va a echar agua fría al niño, si tiene fiebre? –dijo la señora al médico.
–Mire señora, si no le echo agua fría al niño, se le muere.
“Me echaron la tinaja de agua fría y eso me salvó. El papá de Camilo me salvó la vida”, contó Valencia Tovar durante la entrevista con Proceso.
Muchos años después, cuando Camilo Torres era un seminarista a punto de ordenarse, en 1954, sus superiores lo enviaron a dar clases de “moral religiosa” al batallón Miguel Antonio Caro de la Escuela de Infantería del Ejército, de la cual Valencia Tovar, entonces capitán, era comandante. “Habíamos sido amigos de niños y ahí nos volvimos a ver”, señaló el militar.
Tras ordenarse como sacerdote diocesano, Torres viajó a Bélgica a estudiar sociología en la Universidad Católica de Lovaina. Y Valencia Tovar, quien había sido comandante de un batallón que envió Colombia a la Guerra de Corea entre 1951 y 1953, siguió ascendiendo en la estructura del ejército y en 1959 obtuvo el grado de teniente coronel.
Era un oficial estudioso, experto en historia, que vivía entre la academia y los cuarteles. Tras regresar de Corea, donde aprendió una concepción “más integral” de la guerra –en la que “no todo depende de las armas”–, el alto mando lo envió a combatir los remanentes de las guerrillas liberales en el oriental departamento de Vichada.
Camilo regresó a Colombia en 1959, tras graduarse como sociólogo en Lovaina. El 1 de enero de ese año había triunfado la revolución cubana que convertiría a Fidel Castro y al Che Guevara en símbolos que encendieron el fervor insurreccional en las universidades de América Latina.
Cristianismo y revolución
Camilo fue nombrado ese año capellán asistente en la Universidad Nacional (UN), la mayor y más combativa de Colombia. Además, comenzó a dar clases de sociología en la Facultad de Economía y con sus estudiantes desarrolló un proyecto comunitario en el barrio bogotano de Tunjuelito, donde campeaba la extrema pobreza.
El religioso consideraba que “la pobreza es un estado escandaloso que no debe existir”. En sus viajes por Europa, cuando estudiaba en Lovaina, había tenido contacto con curas del Movimiento de Sacerdotes Obreros y con Marguerite-Marie Olivieri, una joven francesa que colaboraba con el Frente Nacional de Liberación de Argelia en París y asistía a inmigrantes norafricanos.
Ella, a quien sus amigos llamaban Guitemie, no sólo era bella, dinámica y vital, como Isabel Restrepo, la madre de Camilo, sino además era una activista católica comprometida con una causa revolucionaria y anticolonial, como la liberación de Argelia.
“Su encuentro con Guitemie fue determinante porque ahí Camilo se dio cuenta que se podían unir dos conceptos: cristianismo y revolución”, dice a este semanario el exsacerdote y escritor australiano radicado en Colombia, Walter J. Broderick, autor de Camilo, el cura guerrillero y considerado el biógrafo del religioso.
En 1960, junto con su amigo Orlando Fals Borda, Camilo fundó la Facultad de Sociología en la UN, desde donde criticaba la injusticia social en Colombia. En esa universidad Camilo vivió un proceso de radicalización política al tiempo que ponía en sintonía el evangelio cristiano con la ideología marxista. En 1962, durante una misa en la capilla de la Universidad para para recordar una matanza de estudiantes ocurrida en 1954, el sacerdote dijo que si los jóvenes murieron de acuerdo con sus convicciones, aunque estos fueran comunistas y no cristianos, lograron la salvación eterna.
Unos días después, el cardenal bogotano Luis Concha lo destituyó como capellán auxiliar de la UN, le prohibió continuar sus labores académicas en esa casa de estudios donde florecían proyectos revolucionarios, y lo designó párroco de la iglesia La Veracruz con la esperanza de que se concentrara en oficiar misas, recaudar limosnas y confesar a la feligresía.
Pero el cura de familia aristocrática era un hombre de acción, atípico y en sintonía con la época. La influencia de la revolución cubana se esparcía por América Latina. En Colombia, único país de la región donde nunca se concretó una reforma agraria, el bipartidismo liberal-conservador impedía la expresión de nuevas corrientes políticas. Y en Roma, el papa Juan XXIII instalaba en octubre de 1962 la primera sesión del Concilio Vaticano II para impulsar una renovación de la Iglesia, adecuarla a los nuevos tiempos.
En la parroquia de La Veracruz, Camilo mantuvo su proyecto y daba cursos de productividad a campesinos. Además era miembro de la Junta Directiva del recién creado Instituto de Reforma Agraria (Incora) y catedrático de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP), donde colocó como su secretaria a Guitemie Olivieri, quien lo había seguido a Colombia.
Valencia, encargado de los programas educacionales del ejército, lo visitó por esos días en su oficina de la ESAP para proponerle que capacitara a sus oficiales en desarrollo comunitario y recreación campesina, para inculcar en ellos la sensibilidad social que buscaba el militar en sus soldados.
“Camilo me dijo: ‘Mono (güero en argot colombiano), estos cursos pueden ser una buena ayuda para tus hombres, ¿por qué no me mandas unos oficiales que participen?”, recordó el general retirado.
Valencia tenía muy presente de ese encuentro la inseparable pipa de Camilo. “Me hablaba con la pipa en la mano, una pipa que tenía un anillo de plata entre el cuerpo y la boquilla. Fue muy atento conmigo y platicamos largo”.
Días de revolución
En 1964 Camilo Torres tenía 35 años y comenzaba a ser conocido en todo el país como un cura rebelde y carismático. “Era alto, varonil, apuesto y muy alegre. A todo mundo encantaba. Su comportamiento no era el de un cura tradicional. Tomaba trago (whisky, aguardiente), cantaba vallenatos… desde la universidad hubo muchos chismes sobre sus amigas y sus parrandas. Y en los barrios la gente lo veía como un mesías. Era vanguardista en muchos aspectos”, indica Broderick.
Como directivo del Incora, el cura se dio cuenta de que la cerrazón política de la elite colombiana haría imposible una real reforma agraria que aliviara la miseria en el campo. Y precisamente con una plataforma que pedía en primer lugar una reforma agraria surgió en 1964 la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Fue la respuesta a la Operación Marquetalia que desató el ejército ese año para exterminar a las guerrillas liberales en el departamento de Tolima.
El coronel Valencia, que era jefe de operaciones del ejército, fue uno de los principales responsables de esa acción militar financiada y asesorada por Estados Unidos.
Según Broderick, la Operación Marquetalia tuvo “una influencia decisiva en la vida de Camilo porque, al ver cómo el ejército trataba de aniquilar a un puñado de campesinos en armas que luchaban por un pedazo de tierra, le pareció inmoral quedarse de brazos cruzados sin pasar a la acción”.
El 7 de enero de 1965 el ELN irrumpió en Colombia con un ataque a Simacota, un municipio del departamento de Santander. En esa acción participaron 27 hombres al mando del comandante Fabio Vásquez Castaño, quien se había formado política y militarmente en Cuba y contó con el apoyo del Che y Fidel Castro para fundar el nuevo grupo rebelde.
Camilo de inmediato simpatizó con el ELN y envió mensajes a Vásquez Castaño buscando una reunión y lanzó una convocatoria pública para crear un movimiento de masas pluralista, “capaz de tomar el poder”. Dijo que Colombia necesitaba una “unión revolucionaria por encima de las ideologías”.
El 29 de junio de 1965, el cardenal bogotano Luis Concha acusó a Camilo de haberse apartado “conscientemente de las doctrinas y directivas de la Iglesia católica”. Y el cura divulgó una carta en la que señaló que sería sacerdote eternamente, que seguiría sirviendo al prójimo desde el cristianismo y que Colombia necesitaba una revolución laica, católica y plural a la que empeñaría su vida. Por último, pidió ser liberado de sus obligaciones clericales. Esa declaración causó impacto en todo el país y lo consolidó como una figura popular.
Los primeros días de julio, Vásquez Castaño lo contactó mediante un emisario para que viajara clandestinamente a las montañas de Santander a fin de reunirse con él. Camilo quedó impactado por la recia personalidad e impronta revolucionaria del jefe guerrillero, a quien le expresó su deseo de unirse a la organización.
Acordaron que en el momento propicio, Vásquez Castaño lo llamaría para que se integrara a las filas del ELN. Pero mientras, debía regresar a las áreas urbanas a construir el movimiento de masas que había proyectado.
Dos meses después Vásquez Castaño consideró que el Frente Unido no conduciría a ninguna parte por la falta de articulación de ese movimiento urbano con la insurgencia rural. Por ello envió un mensaje a Camilo en el cual le ordenaba viajar al monte el lunes 18 de octubre para incorporarse a la guerrilla.
El cura y Guitemie se despidieron ese día a pesar del deseo de ella de acompañarlo. Pero Fabio no admitía mujeres en el campamento. Un vehículo recogió esa noche a Camilo en una calle del norte de Bogotá para conducirlo a Santander. Sólo llevaba su pipa, una biblia y un viejo suéter negro.
Un día después de llegar al campamento guerrillero, Camilo recibió un uniforme verde olivo con el brazalete del ELN y un revólver Colt .38. Vásquez Castaño le asignó el nombre de guerra de Argemiro.
El país y el coronel Valencia supieron de la incorporación de Camilo a la guerrilla el 7 de enero de 1966, cuando una proclama escrita por él fue publicada por los vespertinos de Bogotá. Junto a ella, los diarios divulgaron una borrosa fotografía de un insurgente barbado que portaba un fusil prestado. Era el cura guerrillero. Fabio y el insurgente Víctor Medina estaban junto a él.
Valencia se acordó de la frase que había pronunciado el psiquiatra José Gutiérrez tres meses antes en Bogotá:
–Cuidado y te encuentras con Camilo, que puede andar por allá.
Patio Cemento
El general retirado dijo a Proceso en diciembre de 2013 que al ver la fotografía de Camilo en los diarios quedó muy sorprendido. Él lo hacía recorriendo el país con el Frente Unido. “Pero ahí, en esa foto, vi que estaba en la guerrilla que estaba yo combatiendo”.
En ese momento, recordó el general, ya estaba en marcha un operativo militar en la zona de San Vicente de Chucurí, cuyo objetivo, según Valencia Tovar, era impedir que los campesinos de esa región montañosa y selvática fueran involucrados en la guerra de guerrillas.
La mañana del 15 de febrero de 1966, Camilo se aprestaba a participar en su primer combate como guerrillero. El plan de Fabio era emboscar a una patrulla militar que el coronel Valencia había enviado a la zona. Fabio y una veintena de combatientes del ELN esperaban al pelotón en un paraje selvático conocido como Patio Cemento. Estaban mimetizados entre el follaje, dispersados en una formación de unos 130 metros, en silencio, asidos a una larga cuerda por medio de la cual, con un tirón, el vigía de un extremo daría aviso cuando los soldados estuvieran en el área de la emboscada.
Los guerrilleros no sabían que el jefe de la patrulla militar, el subteniente Jorge González Alarcón, había dado la orden de marchar en tres escuadras, de nueve soldados cada una, y que los de la primera caminarían a una distancia de 10 metros uno de otro.
Cuando el vigía divisó a los dos primeros soldados, tiró la cuerda. Y aunque se dio cuenta de que el resto del pelotón venía muy atrás, ya no pudo hacer nada. Vásquez Castaño, quien tenía a Camilo a su lado, saltó a un costado y accionó su ametralladora Madsen. Fue secundado por los guerrilleros. Camilo, según Broderick, disparó su revolver hasta vaciar el cilindro.
De acuerdo con Valencia Tovar, los guerrilleros “me tumbaron al comandante de la patrulla, que quedó herido gravemente, a un sargento de apellido Castro, que era el reemplazante y que quedó herido levemente en un brazo, y a tres soldados más (…) Pero los soldados se tiraron a tierra, se escondieron tras los árboles y contestaron el fuego. Un muchacho con un fusil-ametralladora repelió muy bien la emboscada. Y las dos escuadras que marchaban atrás de la primera prepararon un contraataque”.
Valencia sostuvo en su relato que Vásquez Castaño y Camilo Torres “se abalanzaron sobre los soldados caídos para quitarles los fusiles, pero el sargento herido en el brazo izquierdo les hizo una ráfaga con una carabina automática. Camilo cayó al suelo y Vásquez Castaño corrió al follaje”.
El combate en Patio Cemento cesó cuando los guerrilleros sobrevivientes se replegaron hasta perderse entre la selva. Seis guerrilleros y cuatro soldados estaban muertos.
Camilo Torres, el cura guerrillero, yacía boca abajo, con una herida en el hombro y otra cerca del corazón. Su agonía duró unos cuantos segundos.
Valencia Tovar se enteró de la emboscada en el cuartel de la Quinta Brigada en Bucaramanga mediante un mensaje radial. Le dijeron que entre los guerrilleros muertos había uno “más grande y más blanco que los demás”. Por la tarde, el sargento Castro lo llamó por teléfono desde la base militar El Centenario, que era la más cercana a Patio Cemento.
–¿Cómo es el individuo que usted me dice que es diferente a todos? –le preguntó el coronel.
–Es alto, corpulento, blanco, con barba…
–¿Le revisaron los bolsillos?
–Sí, mi coronel.
–¿Qué llevaba?
–Unas cartas en otro idioma (en francés, idioma en que se escribía con Guitemie Olivieri).
Valencia Tovar se preguntó quién podía tener en una guerrilla campesina cartas en otro idioma. “De inmediato pensé: es Camilo, ese va a ser Camilo”.
–¿Y este individuo tenía una pipa en el bolsillo? –cuestionó al sargento.
–Sí.
–¿Con un anillo de plata?
–Sí, mi coronel.
Valencia Tovar ya no tuvo dudas: se trataba de su amigo Camilo Torres.
Cuando colgó el teléfono se paró frente a la ventana de su despacho y observó que caía la noche en Bucaramanga. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse. Era el 15 de febrero de 1966, hace 50 años.
–¿Y qué sintió en ese momento? –le preguntó el reportero al militar.
–Angustia, amargura, tristeza… Pensé: éste es el muchacho cuyo padre me salvó la vida. Imagínese la tragedia humana que había detrás de semejante cosa.








