Lo que ocurre en el proceso electoral de los Estados Unidos sorprende a muchos. Cuando se esperaba una elección típica entre dos conocidos clanes de la élite política de ese país –otra vez Bush contra Clinton– las cosas cambiaron repentinamente. Tanto en el Partido Demócrata como en el Republicano surgieron personalidades recién llegadas a las lides electorales. Lo sorprendente fue la rapidez con que se colocaron a la cabeza de las encuestas y el entusiasmo de sus seguidores. Tales cambios y las posiciones extremas de los nuevos candidatos han llevado a preguntarse sobre cuáles son los sentimientos, dudas e incertidumbres que hoy existen en la sociedad estadunidense. Esto es, sin duda, un aspecto interesante de esta elección. Ahora bien, para México, el tema fundamental es cómo nos entenderemos con lo que resulte, por lo pronto impredecible, en el mes de noviembre.
Por el lado republicano, los desmanes del empresario Donald Trump o las posiciones tan xenófobas del senador por Texas, Ted Cruz, reflejan la necesidad de tomar en cuenta la voz de sectores importantes en el bando republicano, profundamente indignados ante la pérdida de poder económico y político de las clases medias blancas; aquellas que constituyeron por mucho tiempo el núcleo triunfador del “sueño americano”. No lo es más. El costo de la educación, el estancamiento de los salarios, las crisis financieras que se desencadenaron desde Wall Street han reducido notablemente su capacidad de ascenso social. Por lo tanto, hay que buscar culpables y de allí, entre otras cosas, su odio por los migrantes mexicanos. Expresarlo ayuda a los candidatos republicanos a subir en las encuestas.
Por el lado demócrata, existe para muchos una buena herencia de Obama. Crecimiento de la economía, adelanto tecnológico, sistema de salud, lucha contra el cambio climático, acuerdo con Irán. Sin embargo, las deudas son también enormes: persistencia e incluso profundización de la discriminación racial, pocas oportunidades para los jóvenes, número de deportaciones sin precedente, concentración de la riqueza, negociaciones no trabajadas en el Congreso. De allí el entusiasmo de los jóvenes por una personalidad inesperada como lo es el senador por Vermont que se declara socialista, Bernie Sanders, seriamente preocupado por el crecimiento económico tan desigual que los perjudica.
Los resultados de Iowa, el primer estado en que se emiten votos a favor de los precandidatos, no modifican sustancialmente el carácter poco común de esta elección. Se esperaba una buena votación para el republicano Cruz, por tratarse de un Estado con alto número de evangélicos, la religión que él profesa. Se esperaba también, por lo numeroso de la población estudiantil, alto número de votos para el demócrata Sanders, quien quedó prácticamente empatado con Clinton, la cual hace algunos meses era la contrincante sin rival.
Queda mucho tiempo aún para saber cómo se definirá la contienda final. Por lo pronto, interesa ir identificando las propuestas y los factores de poder que se van alineando tras ellas. El resultado, en estos momentos, es bastante más impredecible que hace unas semanas.
Desde la perspectiva de México, hay elementos en esta elección que han sido poco comunes en otras elecciones, como es la incidencia que ha tenido en los debates el tema de los migrantes indocumentados y la situación de la frontera con nuestro país.
Las posiciones al respecto son muy diferentes entre demócratas y republicanos y dentro de estos últimos. Tanto Hillary Clinton como Bernie Sanders coinciden en apoyar una reforma migratoria que conduzca a la ciudadanía de un porcentaje significativo de inmigrantes. Por el contrario, los republicanos Ted Cruz y Donald Trump abogan, de manera estridente y ofensiva el último, por la expulsión de todos los indocumentados y la construcción de un muro en la frontera con México.
De corte distinto son las propuestas del senador por Florida, Marco Rubio, quien quedó en un cercano tercer lugar en las votaciones para republicanos en Iowa. Rubio perteneció al llamado “gang de los ocho” que redactó la propuesta de política migratoria en el Senado, de corte bastante liberal, la cual se quedó empantanada en la Cámara de Representantes. La propuesta más avanzada sería la de Jeb Bush quien, sin embargo, dada su baja aceptación en Iowa ya parece estar fuera de la jugada.
Otro tema que está presente, con posiciones proteccionistas en ambos bandos, es el de los acuerdos comerciales. En general, domina un ánimo poco proclive a la liberalización comercial, incluido el recién finalizado TPP.
Es redundante insistir en que lo que ocurre en Estados Unidos es de importancia para México. Es nuestro principal socio comercial, destino de millones de connacionales que viven allá con o sin documentos, país con el que tenemos una creciente integración productiva sobre todo en el sector automotriz, causa principal y destino del narcotráfico que nos agobia. Sin embargo, en el transcurso de los últimos tiempos las relaciones gubernamentales entre los dos países se han desdibujado, el papel de los expertos en la relación con Estados Unidos se ha debilitado, los estudios sobre Estados Unidos en el mundo académico lejos de crecer se han reducido.
No estamos pues en las mejores condiciones para emprender una tarea que es urgente: proyectar los diversos escenarios de los resultados que pueden surgir en las elecciones del mes de noviembre y tener listos los temas del diálogo que será necesario entablar de inmediato, sea cual sea el ganador. No se trata solamente de identificar los temas de la agenda bilateral que nos interesan, sino detectar los aliados potenciales que estarán presentes en el nuevo panorama político estadunidense, así como los interlocutores mexicanos que serían más idóneos para tratar con ellos. No es una tarea fácil, casi son seguridad no se cumplirá. Pero la pregunta sigue siendo válida: ¿debe México dejar al azar la relación con Estados Unidos? l








