Derroche en la Curia

Contrario a la tesis de una “Iglesia pobre para los pobres” que predica el Papa Francisco, cardenales de la Santa Sede ocupan suntuosas residencias, organizan fastuosas fiestas, viajan en primera clase y visten la mejor ropa de marca. Un botón de muestra: el cardenal George­ Pell, a quien el Papa eligió para “enderezar” las finanzas del Vaticano, desembolsó en gastos para él y sus colaboradores y amigos medio millón de euros en seis meses. El derroche en la Curia romana es documentado por el periodista italiano Emiliano Fittipaldi en su libro Avaricia, que bajo el sello editorial Foca empezó a circular en México y con cuya autorización Proceso reproduce fragmentos.

Hay un cardenal que, a pesar suyo, es la encarnación perfecta de un oxímoron: el que surge entre la pobreza propia de un hombre de Iglesia y el lujo desen­frenado de ciertas formas de vida mundana. Se llama Tarcisio Bertone. El monseñor de Romano Canavese fue la mano derecha de Benedicto XVI.

Desde el mismo momento en el que lo nombraron secretario de Estado vaticano, fue víctima de la picadora de carne mediática. En principio se criticaba a este cura, hincha de la Juventus y la Ferrari de Sebastian Vettel, por su autoritarismo en el ejercicio del poder y por tener relaciones demasiado estrechas con los exponentes del berlusconismo. Sin embargo, después las críticas se refieren a su implicación en intrigas y escándalos financieros que van del cese del presidente del IOR (el banco del Vaticano), Ettore Gotti Tedeschi, al préstamo de 15 millones de euros concedido por el instituto a la catolicísima productora Lux Vide, propiedad de su amigo Ettore Bernabei, pasando por la idea de construir un gran centro sanitario vaticano o los (presuntos) negocios entre el IOR y la Banca Carige; Bertone no ha disfrutado de un momento de paz.

Tras la llegada de Bergoglio, la mano derecha de Ratzinger se ha retirado, pero sigue siendo el objetivo principal de las críticas y el símbolo negativo de una Iglesia necesitada de reformas. Han arremetido contra él, una vez más, por el “ático de 700 metros cuadrados y terraza con vistas panorámicas”, según los periódicos, al que se mudó en diciembre de 2014. Un piso cuyo tamaño y lujo fue criticado por todos los medios de comunicación del mundo, incluido The Washington Post. La indignación popular aumentó cuando se supo que había estado de vacaciones en el valle de Aosta, en Les Combes, y que para conmemorar su octogésimo cumpleaños se había celebrado una cena a base de trufa blanca y vinos selectos. “¿Cómo es posible que un cardenal tenga la osadía de pasar de todo? Es repugnantemente rico y dice que ha pagado la casa con su dinero. Pero, ¿qué dinero? No creo que un piso de este tipo valga mil euros”, resumía don Mazzi dando voz a la indignación popular. “Mientras siga existiendo la Iglesia de Bertone, no estaremos poniendo en práctica los evangelios. La pobreza es un requisito de la fe”.

Lo cierto es que el ático de monseñor es propiedad del Vaticano. Antes de que se le adjudicara a Bertone, disfrutaba del privilegio de su uso el jefe de la Gendarmería, Camillo Cibin, y cuando ya no viva en él el secretario de Estado, lo usarán otros prelados. Resulta muy confortable en comparación con los 70 metros cuadrados de la estancia en casa Santa Marta donde ha decidido vivir y trabajar el Papa Francisco, pero, según las escrituras, no supera los 300 metros cuadrados. “La terraza está a disposición de todos los demás inquilinos del palacio de San Carlos. Y, como podrá apreciar, las habitaciones son más pequeñas que las del resto de los palacios del Vaticano”, se defendía Bertone cuando enseñaba su mansión al periodista Andrea Purgatori. “El Papa está informado de todo, hasta de la pequeña oficina asignada a la secretaria. ¿Mi cena de cumpleaños? Ni vino ni trufas, sino una magnífica tartufata”.

Leyendo los documentos en las oficinas del Governatorato se aclara el origen de la leyenda de los “700 metros cuadrados” y por qué la prensa había doblado la superficie del alojamiento. Para construir el ático se habían unido dos pisos colindantes, el de Cibin y el habitado durante un tiempo por monseñor Bruno Bertagna, fallecido a finales de 2013. Y, además, tres grandes habitaciones recuperadas tras la reforma se añadieron a un tercer piso colindante con el Palacio del Arcipreste (a su vez junto al palacio de San Carlos), donde vive monseñor Angelo Comastri, quien ha ampliado así su ya grande vivienda. Otros 150 metros cuadrados se han dedicado al imponente archivo del exsecretario de Estado, que comparte la vivienda con tres religiosas que cuidan de él.

El santo confort

Desvelado el secreto, no cabe duda de que Bertone no puede quejarse. Pero caminando por la ciudad del Vaticano y echando un vistazo a las residencias de la cúpula de la Curia, salta a la vista que los pisos de lujo destinados a los prelados no son la excepción, sino la norma. Casi todos cuentan con salones dobles, dormitorios, tres baños, capilla privada, despacho y oficina. Aunque el Papa y otros fidelísimos a Bergoglio, como monseñor Alfred Xuereb y el secretario Fabián Pedacchio Leániz, hayan decidido residir en apartamentos modestos, hay decenas de purpurados que duermen en dormitorios suntuosos, incluso mucho mayores y lujosos que el ya célebre de Bertone.

En el Palacio del Arcipreste, por ejemplo, vive el cardenal Giovanni Battista Re, quien dispone de 300 metros cuadrados y una terraza (ésta sí privada) con vistas a la estación vaticana, donde el prelado organiza cenas con su amigo Antonio Fazio, exnúmero uno de Bankitalia y legionario de Cristo, a las que asisten asimismo peces gordos como Angelo Balducci y el exministro Claudio Scajola.

Según la propaganda de quienes suscriben el curso hiperpauperista de la política bergogliana, Pietro Parolin, nuevo secretario de Estado, vivió durante un tiempo junto al Papa en un apartamento de dos dormitorios del internado, pero dos años después se mudó al maravilloso piso que ocupara Bertone en el Palacio Apostólico, cuya secretaría está decorada con frescos de la escuela de Rafael y ornamentos de oro.

El arzobispo Carlo María Viganò, exsecretario general del Governatorato y desde 2011 nuncio apostólico en Estados Unidos, posee una residencia en la última planta del palacio donde tiene su sede la Gendarmería vaticana. Cerca de 250 metros cuadrados y siete habitaciones que en realidad están deshabitadas.

Tras las murallas, en un espacio lleno de palacios renacentistas y de estancias decimonónicas, no es fácil encontrar alojamientos humildes y de pocos metros cuadrados. El cardenal George Pell, “ministro de Economía” de Francisco, vive en la Torre San Giovanni, situada en medio de los jardines vaticanos, en cerca de 300 metros cuadrados, los mismos de los que disfrutan los purpurados Giuseppe Versaldi, Mauro Piacenza y Fernando Filoni, actual prefecto de Propaganda Fide (Congregación para la Difusión de la Fe), que vive en el Gianicolo. Monseñor Josef Clemens, secretario histórico de Ratzinger cuando este último era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, utiliza un piso en el palacio del Santo Oficio, con un salón anexo del siglo XVII, decorado con frescos, situado en la misma planta que el del cardenal Velasio de Paolis. Naturalmente, ambos gozan de vistas de cinco estrellas a la Basílica de San Pedro.

“Jesús quiere que sus obispos sean siervos, no príncipes. No cabe entender los evangelios sin pobreza”, repite en sus sermones el Papa Francisco. Puede que a Angelo Sodano, predecesor de Bertone, le piten los oídos. Por avenirse a dejar la Primera Loggia del Palacio Apostólico, el exsecretario de Estado de Juan Pablo II ha solicitado y obtenido media planta del gran Colegio Etiopico, que tardaron meses en reformar de arriba abajo.

El presidente emérito de la Conferencia Episcopal Italiana, Camillo Ruini, vive –como bien ha señalado Ignazio Ingrao– en Viale Vaticano, en un piso de 500 metros cuadrados (divididos, eso sí, entre vivienda y oficina); José Saraiva Martins, prefecto emérito de la Congregación para las Causas de los Santos, disfruta de los mismos metros cuadrados, “con ático y superático de 500 metros cuadrados –glosa el vaticanista de Panorama– y vistas a la basílica de San Pedro”. Los maxipisos son antiguas viviendas de representación, con espacios destinados a dos o tres monjas que cocinan, sirven y limpian. No pagan alquiler, pero sí deben hacerse cargo de los gastos. Aunque también reciben una asignación como cardenales, antes denominada piatto, que asciende a entre 5 mil y 6 mil euros netos al mes, en la que está incluido el salario episcopal.

Monseñor Rambo

Domenico Calcagno es un hombre de múltiples intereses: la fe, la familia, los amigos. Pero sobre todo es el presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA) y uno de los monseñores de Bertone que conserva un enorme poder incluso en la nueva era del Papa Francisco. Es un apasionado del campo y de las armas de fuego. Nacido en el pequeño pueblo de Parodi Ligure en 1943, tuvo una carrera fulgurante gracias a los buenos oficios del cardenal Giuseppe Siri, quien lo ordenó presbítero.

Calcagno decidió solicitar la licencia de armas para uso deportivo en 2004, tras haberse inscrito en la Sociedad Nacional de Tiro al Blanco unos meses antes. En Savona lo llaman “monseñor Rambo” desde que un periodista, Mario Molinari, publicó que el prelado había echado mano de sus ahorros para comprar un fusil Breda de calibre 12, un mosquete Schmidt Rubin, un fusil Remington estadunidense, otro ruso marca Mosin-Nagant y una carabina Hatsan, calibre 12, de fabricación turca. El periodista dijo que los había comprado “para hacer deporte y como coleccionista”. Calcagno posee asimismo un fusil Beretta, una escopeta de caza fabricada en Bélgica, otros dos fusiles de dos cañones y, por último, una Smith & Wesson, un potente revólver calibre 357 denominado Distinguished Combat Magnum, que el inspector Callahan habría apreciado enormemente.

En 2007, cuando Benedicto XVI lo nombró secretario del APSA, Calcagno se mudó a Roma y no sabemos si se llevó sus armas de fuego consigo. Dentro de los muros leoninos echaba mucho de menos el olor a pólvora y la vida en el campo. De manera que, al descubrir que el ente que preside desde 2011 está en posesión de las mejores tierras agrícolas cerca de la capital, decidió no dejar que lo encerraran en el piso que le habían asignado en el Vaticano y buscó para retirarse un buen lugar, con vivienda y casa de labranza en medio de una veintena de hectáreas que forman parte de la propiedad San Giuseppe en la Laurentina.

La APSA posee otro latifundio denominado San Giuseppe. Situado en via Laurentina, consta de 22 hectáreas de cultivo y 500 de olivos situadas justo en el margen de la circunvalación; una propiedad que el Vaticano adquirió en 1975 como legado de la familia Mollari. En 2011 Calcagno decidió transformarla en una segunda vivienda donde descansar, cultivar plantitas y relajarse con los amigos.

Para hacer realidad su bucólico sueño, el cardenal firmó en septiembre de 2011 un contrato privado con una nueva sociedad agrícola denominada San Giuseppe; una compañía creada dos meses antes cuyo socio administrador delegado es Giuseppe Calcagno, genovés, casado con su homónima Maria Angela Calcagno, nacida en el mismo pueblo que el monseñor. En origen, el tercer socio de esta afortunada sociedad, que se hace cargo gratuitamente de la gestión de 22 hectáreas y los edificios anexos, era Alberto Mattace, un perito agrónomo del dicasterio Propaganda Fide que fue cooptado en el proyecto. Pero quien realmente manda es el Calcagno purpurado, pues en pocos años se ha construido su rinconcito de paraíso.

El moralizador

Francisco no esperaba tal cosa de su mano derecha. En enero de 2015 alguien le remitió todas las partidas de gasto de la recién creada secretaría de Economía, que Bergoglio había confiado meses antes a George Pell, el cardenal australiano al que habían llamado a Roma para acabar con los usos y hábitos nefastos de la curia vigentes durante el papado de Benedicto XVI.

Bergoglio se puso las gafas, estudió la lista, una veintena de páginas llenas de números y facturas, y, cuando llegó a la última página, desconsolado, inclinó la cabeza. Su protegido se había gastado centenares de miles de euros en vuelos en primera clase, trajes a la medida, muebles caros y hasta un fregadero de 4 mil 600 euros.

Se trataba de un elenco de gastos enloquecidos que ascendía, en apenas seis meses de actividad de la nueva secretaría, a un total de medio millón de euros. El prelado venido de Melbourne para regular las cuentas del Vaticano no se ha inmutado por los rumores, y ha respondido secamente a quien le ha criticado que no había que desconfiar y que sólo había adquirido lo necesario para hacer su trabajo. Pero los documentos lo dicen a las claras, y en Oltretevere se han quedado de piedra al ver los gastos consignados por el centro de costos del ministerio, nacido con el objetivo expreso de moralizar al corrupto clero de Roma. Entre julio de 2014 y enero de 2015, los desembolsos han ascendido, de hecho, a 501 mil euros en ordenadores, gastos de impresión, salarios exorbitantes para amigos de amigos, trajes abonados por el Vaticano, alquileres, billetes de avión, muebles de lujo y tapizados a la medida…

Lo primero que hizo George fue premiar a su ecónomo personal, Danny Casey, con una renta de 15 mil euros al mes, libres de impuestos naturalmente. Como monseñor quiere lo mejor para su ecónomo de confianza, la secretaría ha alquilado una casa por valor de 2 mil 900 euros al mes en la via dei Coronari y ha pagado muebles de calidad tanto para la oficina como para la vivienda. Según los datos que tenemos, se han gastado 7 mil 292 euros en “tapicerías”, casi 47 mil euros en “muebles y armarios” (incluido el fregadero de 4 mil 600 euros) y unos 33 mil euros en trabajos varios.

Analizando las cifras de gastos, se descubre que el cardenal (o algunos de sus secretarios) ha incluido hasta las compras realizadas en Gamma­relli, sastrería histórica que viste a la Curia de la ciudad eterna desde 1798. Por lo general, los purpurados pagan de su bolsillo sotanas y birretas, pero en esta ocasión la secretaría ha pagado facturas de ropa por valor de 2 mil 508 euros. l