“El renacido”

En el siglo XIX, en ciertas regiones americanas, la fiebre no era del oro, sino de las pieles, y Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) era uno de esos cazadores que conocía el negocio y servía de guía a otros tramperos.

Sus compañeros lo dieron por muerto un día que lo encontraron medio desbaratado por un oso. De manera fabulosa sobrevivió, se arrastró kilómetros sanando sus heridas y huesos rotos en medio de tormentas de nieve, hambriento, hasta que regresó, casi entero, a cobrar cuentas a los traidores.

El renacido (The revenant; E.U., 2015) es la adaptación libre de la novela, basada en un suceso real, de Michael Punke; en manos de Alejandro González Iñárritu la historia se convierte en la épica de un hombre, de voluntad inquebrantable, motivado por la venganza, con una capacidad inusitada para enfrentar la vida en condiciones extremas. Una odisea donde la adversidad no depende de dioses caprichosos sino de una naturaleza tan magnífica como feroz.

De esta cinta, rodada en condiciones extremas como sus imágenes, donde la firmeza de la dirección nunca asfixia la ilusión del cine como sueño, puede decirse que González Iñárritu transita de la retórica a la poesía. Atrás quedan los interminables planos secuencia, encuadres viscerales, redundancias y coincidencias extravagantes, retruécanos estilísticos; recursos notables en general, pero que tendían a destacar más que sus propios contenidos. Ahora se mantienen al servicio de la narración y de la imagen. Aunque sea teóricamente discutible, la sensación en cada secuencia es que el director encontró siempre la mejor manera de resolverla.

Claro, nada de esto habría funcionado sin la fotografía de Emmanuel Lubezki, quien no deja de experimentar e innovar; un talento como el suyo, supongo, funciona gracias a una extraordinaria capacidad de interpretar al director; de ahí que la imagen nunca se sienta gratuita. Como prueba, la secuencia en los primeros 20 minutos del ataque de los guerreros arikara contra los cazadores de pieles, con flechas que salen de todas direcciones, impactando rostros y cuerpos, con todos los elementos desencadenados, y con una cámara que se mueve con precisión en medio del caos de la batalla. Exigencia de un director que pide lo imposible, y maestría de un cinefotógrafo capaz de responder técnica y estéticamente.

González Iñárritu ofrece una estupenda pelea de indios y vaqueros sin dejar de ser políticamente correcto; los guerreros arikara tienen su razón de ser, como la tiene la osa que ataca a Glass; pero el recurso del lugar común “nativos desposeídos y corrompidos por los europeos”, no lo hace menos espantoso. Si El renacido condensa géneros e influencias, principalmente de la tradición del cine americano  (western, thriller, aventuras, lucha contra la adversidad), lo que logra es una película monumental, alucinante, que desgarra piel y carne; todo dentro de una visión meditativa de la naturaleza, no lejana a la Terrence Malick en El nuevo mundo.  l