Severin Fiala y Veronika Franz, codirectores de Dulces sueños, mamá (Ich seh, Ich seh; Austria, 2014), abren su película con la familia Von Trapp cantando una canción de cuna; sabrosa rechifla contra la imagen de marca austriaca de la madre heroica, novicia rebelde contra nazis, y artimaña para narrar una historia de horror donde la maternidad se convierte en pesadilla.
Cuando la mamá (Susanne Wuest) regresa a casa después de una cirugía reconstructiva, Elías y Lukas (Elías y Lukas Schwarz), hermanos gemelos de 10 años, no la reconocen; los desconcierta el rostro cubierto de vendas, la frialdad, el rechazo a hablar con Lukas, las extrañas reglas como guardar silencio y mantener la casa en penumbras. A estos chicos llenos de vida que corren entre las milpas, viven saltando y coleccionando cucarachas gigantes, les sobran recursos e ideas para someter a la supuesta intrusa y obligarla a confesar quién es en realidad.
El cine de horror es un género rarísimo en la filmografía austriaca; Funny Games (Haneke, 1997), estrictamente un thriller psicológico, es el título que salta en la mente del cinéfilo cuando los niños empiezan a practicar todo tipo de atrocidades contra su víctima; pero los directores se declaran más afines con la obra Ulrich Seidl y su naturalismo clínico que pinta la realidad como un inferno; el resto, como las imágenes emanadas de Los ojos sin rostro (Georges Franju), serían asimilación inconsciente.
Filmada desde la perspectiva infantil, Dulces sueños, mamá estremece precisamente por todo ese material oscuro que se escapa de la dirección; el entusiasmo de los directores por hacer una película de espanto austriaca los precipita a cometer ciertas trampas en un género que no las perdona, como la de negar al final la premisa con la que arrancan. El punto de vista del niño termina por confundirse con el del autor. De esta manera, el proceso de extrañamiento del entorno, que se ensombrece con las persianas cerradas y se aprieta con las puertas bajo llave, provoca desquiciamiento cuando la figura más confiable, la de la madre, se vuelve ajena.
Claro, la truculencia de los rapaces aterra; la presunta madre atada a la cama con los labios pegados, congela la sangre del espectador, pero se requiere de un esfuerzo de voluntad para ponerse en el sitio de este personaje adulto nunca desarrollado, distante y antipático. En este relato que gira en torno a la duda acerca de la identidad de la persona que debería estar a cargo, sólo queda identificarse con el que asume la duda, en este caso, el niño.
La brutalidad aparente que despliegan estos críos no es otra cosa más que un intento de establecer coherencia en el entorno familiar sentido por ellos amenazado; eso los justifica y hace que nunca pierdan su inocencia; por lo tanto no cabe aquí el sadismo más en que un nivel remotamente inconsciente: la crueldad de estos niños no es fin en sí misma.
En la misma línea de influencias cinematográficas inconscientes que se filtran en este trabajo de Fiala y Franz, la más reveladora, para mí, sería Lukas y Elías, con máscaras primitivas practicando un ritual con su prisionera; imagen extraída de El señor de la moscas (Peter Brook, 1963), historia de niños perdidos en una isla tratando de recrear sus instituciones.








