Hace un siglo las feministas mexicanas realizaron su primer congreso en Mérida. Apoyadas por el general Salvador Alvarado, gobernador de Yucatán, 671 mujeres de distintas posiciones políticas se reunieron el 13 de enero de 1916 en el teatro Peón Conteras. La pregunta que enmarcó ese Primer Congreso Feminista fue: “¿Cuáles son los medios sociales que deberían emplearse para liberar a las mujeres del yugo de las tradiciones?”. Cien años después podemos valorar que, gracias al proceso de incorporación de amplios sectores de mujeres a la vida pública y, especialmente, debido a ciertas acciones políticas, se han cumplido algunos de los anhelos de nuestras antecesoras.
Para conmemorar ese Primer Congreso Feminista, un comprometido grupo de activistas de asociaciones ciudadanas y de académicas universitarias organizaron unas Jornadas. La participación rebasó todas las expectativas, e incluso llegaron mujeres de varios estados de la República. Durante cuatro días hubo 56 ponencias, cinco mesas de trabajo, además de actividades artísticas y culturales (performances, música, teatro), y se instaló un “tendedero conmemorativo” con informaciones feministas. Yo solamente pude estar el primer día, y me tocó hablar después de la doctora Piedad Peniche y antes de la periodista Sara Lovera. Peniche, nieta y bisnieta de unas de esas congresistas, analizó tanto el contexto que llevó al general Alvarado a impulsar el feminismo como la composición de las congresistas feministas, sus demandas y los debates principales que se dieron. Su rigurosa conferencia fue emocionante y esclarecedora.
Yo hablé de algunos desafíos que enfrentamos y me centré en la necesidad de reflexionar pública y colectivamente sobre cómo los mandatos de la masculinidad y la feminidad configuran y sustentan el desequilibrio de poder entre mujeres y hombres, y, por lo tanto, respaldan la desigualdad. El feminismo ha reivindicado los mismos derechos humanos y las mismas obligaciones ciudadanas para todos los seres humanos; así, a lo largo de 100 años ha venido filtrando lentamente la idea de que, aunque mujeres y hombres somos diferentes como sexos, también somos iguales como seres humanos, de manera que deberíamos tener los mismos derechos, las mismas oportunidades y el mismo trato. Señalé que, aunque la política actual incorpora retóricamente el principio de la igualdad social entre las mujeres y los hombres, todavía nos falta mucho, pues amplios sectores de nuestro país viven el sexismo y carecen de conocimiento sobre las formas –abiertas y subrepticias– en que los mandatos de género (las creencias sobre “lo propio” de los hombres y “lo propio” de las mujeres) troquelan nuestra subjetividad y condicionan nuestras aspiraciones y conductas.
Los mandatos de género potencian la desigualdad al sostener una arcaica división sexual del trabajo, que no incorpora los impresionantes cambios tecnológicos y culturales que se han venido dando, y que alimenta al modelo socioeconómico con el trabajo no pagado de las mujeres en las labores de cuidado. Aunque hoy se sabe que el trabajo de cuidado humano es central para la sostenibilidad de la nación, sigue ausente de la agenda política una propuesta de responsabilidad social respecto al cuidado de las personas dependientes (criaturas, personas enfermas, con discapacidad y/o ancianas), debido a que se considera una “labor de amor” a cargo de las mujeres. Las creencias sobre “lo propio” de las mujeres y “lo propio” de los hombres atraviesan las subjetividades humanas, estructurando y validando la desigual responsabilidad económica y cultural de los hombres respecto al trabajo de cuidado de los seres humanos de manera absolutamente funcional para la marcha de la economía actual.
Un desafío para los próximos años es desarticular esos mandatos culturales. A 100 años de esta histórica reunión ya hay en marcha una revolución conceptual sobre las formas en que los seres humanos nos concebimos a nosotros mismos y las maneras como formamos lazos y relaciones con los demás. Hoy podemos valorar que actos colectivos como el Primer Congreso Feminista de 1916 han tenido efectos muy positivos, y que si esas valientes mujeres no hubieran participado políticamente, nos hubiéramos tardado mucho más en lograr los avances indudables que hoy tenemos. Honrar a nuestras antecesoras, agradecer su lucha públicamente y celebrar su valentía y compromiso nos alienta a persistir en lo que ellas iniciaron. Y un desafío que tenemos hoy es el de ser capaces de impulsar un cuestionamiento en amplios sectores sociales sobre las consecuencias que tienen estos mandatos de género. Nuestras antecesoras pusieron en marcha el cambio en la percepción cultural sobre “lo propio” de los hombres y “lo propio” de las mujeres. Hoy debemos proseguir, y apuntalarlo en el discurso público con intervenciones culturales. Tal vez así podremos presenciar, ¡espero que en menos de un siglo!, la transformación de usos y costumbres sexistas que todavía permanecen.
Fui muy feliz de haber sido invitada a esta conmemoración emotiva y política, y cerré mi intervención con un deseo que expresó Wyslava Szymborska hace años, y que para mí contiene el mayor desafío que tenemos las feministas de hoy. Esta poeta polaca dijo: “Sueño con el momento en que las feministas no seamos necesarias”. l








