Estigmatización social y gubernamental

Los nexos de la farándula con el narco han tenido desenlaces terribles –están ahí por ejemplo los casos Stanley, Jenni Rivera, Joan Sebastian, Valentín Elizalde…–, pero no todo acercamiento al fenómeno delictivo es por sí mismo un delito. Para Sabina Berman y Daniel Giménez Cacho, la estigmatización de Kate del Castillo y Sean Penn por su encuentro con El Chapo es una actitud hipócrita del gobierno y de la sociedad. El actor mexicano advierte: “Si nos erigimos en jueces morales y nos escandaliza la entrevista… pronto deberemos condenar las pastorelas navideñas, pues hacen una descarada apología al demonio”. Y la dramaturga apunta: “Esto no tiene que ver con el bien o el mal. ¡Si Shakespeare sólo hubiera escrito sobre personajes buenos, no existirían obras como Macbeth, Hamlet…”

Un nuevo capítulo de la relación entre farándula y narcotraficantes, entre el mundo de la ficción y el mundo del crimen, se abrió el viernes 8, cuando la titular de la Procuraduría General de la República (PGR), Arely Gómez, afirmó que el “elemento importante” para ubicar a Joaquín El Chapo Guzmán Loera fue su intención de hacer una película biográfica, por lo que sus abogados “contactaron a artistas y productores”.

La funcionaria precisó que el jefe del Cártel de Sinaloa “estableció comunicación con actrices y productores, lo cual ya forma parte de una nueva línea de investigación”. Un día después, los nombres de la actriz y productora Kate del Castillo y del actor estadunidense Sean Penn, ganador de dos premios Oscar, aparecieron como las “pistas principales” de las autoridades mexicanas para llegar al Chapo Guzmán.

Un reality que borró las fronteras entre la verdad y la ficción, entre el espec­táculo y la investigación policiaca comenzó desde ese momento. Las indagatorias de la PGR y las filtraciones a la prensa sobre el intercambio de mensajes por chat entre Kate del Castillo y Guzmán Loera, así como la publicación de un artículo y el video de la entrevista de Sean Penn con el capo de Sinaloa en la revista Rolling Stone abrieron las compuertas de una cacería mediática y judicial contra ambos.

También se inició una exhibición, por entregas y a través de videos, chats y partes del expediente judicial, sobre una historia que ha fascinado a la audiencia mexicana entre Kate del Castillo y El Chapo, teñida de presunto romance y diálogos entresacados de la propia teleserie de ficción La Reina del Sur, basada en la famosa novela de Arturo Pérez Reverte, que catapultó la fama de la exactriz de Televisa que se fue a Hollywood para triunfar en la gran industria trasnacional del entretenimiento.

Para la dramaturga y escritora Sabina Berman “existe una mutua atracción porque los narcos o la gente que está fuera de la ley son las ovejas negras que se separaron de la sociedad y los actores son los que los encarnan, los representan en las series, películas o telenovelas, sin haberse salido de la sociedad y de la legalidad”.

El actor Daniel Giménez Cacho, conocido por su compromiso con las causas sociales y la defensa de los derechos humanos, incluido el caso de los normalistas de Ayotzinapa desaparecidos, dice a Proceso que él también hubiera hecho una entrevista con El Chapo para “entender el fenómeno de cómo se ha llegado hasta estas cúspides financieras, logísticas y de impunidad; de cómo hemos fracasado como sociedad para ofrecer mejores caminos sociales y culturales que la narcocultura”.

Añade: “Para representar cualquier papel un actor no puede juzgar a su personaje. Un actor lo debe conocer y comprender. Otra cosa es el contenido crítico o de valores que la obra, película o serie nos muestre; es ahí donde se puede hablar de ética y de responsabilidad social. Si nos erigimos en jueces morales y nos escandaliza la entrevista de Sean Penn y Kate del Castillo pronto deberemos condenar a las pastorelas navideñas, pues hacen una descarada apología al demonio”.

Codirectora de la película Entre Pancho Villa y una mujer desnuda y autora y guionista de la biografía de la cantante Gloria Trevi, Berman comenta al reportero que en el escándalo generado por el acercamiento entre Kate del Castillo y Sean Penn existe la pretensión de los voceros gubernamentales de “imponer una moral autoritaria e hipócrita”.

Y sentencia: “Esto no tiene que ver con el bien o el mal. ¡Imagínate si Shakespeare sólo hubiera escrito sobre personajes buenos! No existirían obras como Macbeth, Hamlet. En Kate del Castillo, como en casi todos los mexicanos, lo que es el bien o el mal está desfigurado por la mentira oficial”.

En el mismo sentido, Giménez Cacho advierte que “la cuestión del mal siempre ha sido fascinante. A los niños, (los malos) son los personajes que más les gustan, y en las novelas no hay mejor cosa que actuar al villano porque los otros personajes de ‘buenos’ son unos tarados aburridos”.

Ganador de cinco Arieles por sus interpretaciones cinematográficas, entre ellas la del villano jefe de la oficina de la Presidencia en la película Colosio, el asesinato (2012), Giménez Cacho dice: “No te voy a negar que haber interpretado a Maximino y al Doctor en Colosio generó descargas afrodisiacoendorfínicas (sic) muy poderosas. Hacen que uno comprenda por qué, cuando se tiene el poder, ya no se quiere soltar”.

La censura y la moral imperante

–Algunas voces oficiales y dentro de los medios señalan que hablar bien de El Chapo en películas o en teleseries es realizar una apología de la violencia y de criminales que han matado a mucha gente, ¿Qué piensa de eso? –se le pregunta a Berman.

Responde: “La ficción en el cine o en la literatura no es para que los buenos ganen. Tampoco el periodismo sirve para imponer una moral dominante. En todo caso, el que se tiene que enmendar es el sistema político.

“El método autoritario ha sido que todo lo que no confirme la moral imperante en los medios de comunicación o en el cine se le excluye. La misma crítica le hicieron a don Julio Scherer cuando entrevistó al Mayo Zambada”.

–¿Por qué a pesar de la relación de mutua atracción entre el mundo de la ficción cinematográfica o televisiva y el narco no hay grandes series en México sobre este tema? –pregunta el reportero a Giménez Cacho.

–En México se vive un régimen de censura y autocensura sofisticado que convive con una relativa libertad de expresión. Para series y telenovelas, la censura la fija el duopolio televisivo que por su asociación estratégica con el gobierno no permite contenidos críticos. En este campo, Epigmenio Ibarra ha avanzado mucho al hablar de estos temas y ponerlos a disposición del gran público, pero es quizá el único productor que lo ha logrado.

“No logramos todavía hablar al gran público con pluralidad de nuestros problemas sociales. En México somos socialmente desconfiados de la autoridad y no hay contenidos en la televisión que expresen pluralmente esta percepción ciudadana. Lo digo porque tengo la impresión de que en Estados Unidos es más unánime la percepción de que la DEA y el FBI podrán salvar al mundo. En la serie Narcos, producida por Netflix, la culpa de todo la tiene Pablo Escobar y los guapos empleados de la embajada son superhéroes que salvarán al mundo.”

–Del otro lado, ¿cuál es el interés de los narcotraficantes en acercarse al mundo del cine o la farándula? –se le pregunta a Berman.

–En los narcos la justificación es el uso del dinero para contar sus propias historias. Lo hacen con los grupos musicales, con los narcocorridos, con la literatura y con el cine. Lo que El Chapo evidentemente quiere con Kate del Castillo es contar su historia, bajo sus términos, con su propia ética. Y quién sabe si no sería una película más interesante desde este enfoque.

“Los narcos en las telenovelas o en las teleseries son muy malos a lo tonto. Quizá sería más realista documentar su propio enfoque.”

–Sin embargo, ¿existe el riesgo de que te acusen de propagandista o de “lavar dinero”, como lo están haciendo ahora con Kate del Castillo?

–Por supuesto. A mí se me han acercado políticos de mucho dinero y me preguntan: “¿Cuánto me cuesta contar la película de mi vida?” Las negociaciones siempre se rompen a la hora de llegar a la cláusula de la libertad de expresión o libertad creativa. En este caso, con Kate del Castillo, la intención del Chapo es contar su propia historia. No olvidemos que él es producto de una guerra contra las drogas y de corrupción. Su historia es la historia de las contradicciones de una sociedad hipócrita como la nuestra y la de Estados Unidos en materia de narcotráfico.

En el caso de la acusación de que se “lava dinero”, Berman subraya: “No veo a los actores o actrices lavando dinero de un capo y tampoco creo que la industria cinematográfica sirva para eso. Ellos pueden lavar dinero de otras muchas formas más eficaces, como la propia industria petrolera. El Chapo lo que quiere es contar su historia”.

Justo en la semana de la cacería a Kate del Castillo y de críticas al papel de Sean Penn se publicaron dos testimonios de periodistas que fueron  buscados antes por los abogados del Chapo Guzmán para escribir su autobiografía. En el periódico español El País, el periodista y escritor argentino Diego Fonseca relató el lunes 11 que hace cuatro años lo buscó un cirujano plástico del capo sinaloense para contar su vida.

“El libro debía escribirse en condiciones de espanto y absurdo. El inicio de la producción no tenía fecha fija porque dependía de cuando Guzmán Loera quisiera o pudiera hablar”, rememoró Fonseca, quien finalmente no concretó el proyecto.

También el periodista estadunidense Patrick Radden Keefe, de The New Yorker, reveló que recibió una oferta del Chapo Guzmán para escribir sus memorias tras publicar el texto La caza del Chapo. Los abogados del capo sinaloense lo buscaron, pero tampoco se concretó esta oferta.

Cine, tele y el narco: nexos

peligrosos

El mundo del espectáculo, en especial el de la televisión, siempre ha tenido vasos comunicantes con el narcotráfico. “La relación entre el cine y la televisión con el crimen organizado es vieja y no sólo porque en el ambiente artístico se consuman drogas, que el crimen organizado suministra, sino porque la materia dramática criminal es en extremo atractiva”, sostiene Giménez Cacho.

Desde los tiempos de Mario Almada, actor y director de más de 400 películas del género conocido como Chile Western, se especuló sobre la atracción mutua entre los entonces capos de la droga y el actor que fue conocido como el John Wayne mexicano.

En una breve entrevista con El Universal, el 29 de mayo de 2013, Almada admitió que conoció al sinaloense Rafael Caro Quintero, el entonces jefe del Cártel de Guadalajara, en un restaurante de la capital tapatía en los años ochenta, antes de que fuera detenido.

El asesinato del conductor televisivo Francisco Stanley, ocurrido el 7 de junio de 1999 a plena luz del día en la Ciudad de México, destapó una auténtica Caja de Pandora sobre su amistad con Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, y los intereses de los Arellano Félix, del Cártel de Tijuana por el mercado de la droga al interior del mundo del espectáculo.

Por esas fechas Reforma publicó las declaraciones de un informante de la DEA que identificó a Stanley como parte de la estructura del Cártel de Juárez y se le señaló como distribuidor, vinculado con los Muñoz Talavera, del mismo grupo criminal. Tras varios años de investigación, de falsas pistas y testimonios de los sicarios, la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal determinó que el asesinato del conductor fue ordenado por el Cártel de Tijuana.

Otro expediente que ilustra el tipo de relaciones entre cárteles y el mundo del espectáculo fue la detención de Guillermo Francisco Ocaña, mejor conocido como Memo Ocaña, presunto lavador de dinero de Héctor Beltrán Leyva, el H, y exconductor, actor y promotor de producciones de telenovelas para Televisa.

Entre 1993 y 1994 Ocaña conoció a Miss Sonora, Clara Elena Laborín Archuleta, pareja sentimental de Héctor Beltrán Leyva. En 1997 ella le propuso dirigir su empresa Rotcheh Noticias y Espectáculos y quiso promover a un grupo musical formado por sus cuatro sobrinos, Tequila Cuatro, de vida efímera.

Los contactos de Ocaña con el mundo del espectáculo le permitieron a Beltrán Leyva conocer a representantes de varios cantantes y celebridades como Alejandra Guzmán y Juan Gabriel. El 18 de junio de 2010, Reforma publicó que Ocaña organizó una fiesta con más de 600 invitados en Acapulco, donde acudieron celebridades de Televisa e incluso el embajador de Francia. Se confirmó que algunas telenovelas de la empresa de Emilio Azcárraga Jean, como Cadenas de amargura y Rubí, se grabaron en predios que pertenecieron a los Beltrán Leyva.

El nombre de Ocaña volvió a ser mencionado en junio de 2012, cuando el reportero Humberto Padgett publicó en la revista Emequis un reportaje que vinculó al expromotor de espectáculos con la creación de “empresas fantasmas” en Barcelona para “lavar” más de 78 millones de euros que luego se transfirieron a tres casas de cambio: Monex Casa de Bolsa, Monex Divisa e Intercam. Una de sus compañías era la empresa Tops Time Production, dedicada también a espectáculos.

En enero de 2010, la playmate Silvia Irabién, exconcursante del Big Brother de Televisa, reveló que José Jorge Balderas Garza, JJ –acusado de balear al futbolista paraguayo Salvador Cabañas en un bar de la Ciudad de México– era el padre de su hija. JJ trabajó para Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, otro de los capos del crimen organizado señalado por sus vínculos con el mundo del espectáculo.

A La Barbie se le señala como uno de los presuntos autores intelectuales de la muerte de Jenni Rivera, La Diva de la Banda, quien falleció en un “accidente aéreo” el 9 de diciembre de 2012. Según una de las líneas de investigación del caso, el capo se vengó de la cantante por haber colaborado para su captura. Por su lado, la DEA investiga al dueño del avión que se estrelló entonces, Christian Eduardo Esquino Núñez, a quien liga con El Chapo Guzmán.

En 2006, otro cantante del género de banda, Valentín Elizalde, fue asesinado al terminar una presentación en un palenque de Tamaulipas. Extraoficialmente se mencionó que el Cártel del Golfo lo mandó a asesinar por ser simpatizante del Cártel de Sinaloa.

Al cantante y compositor Joan Sebastian le asesinaron a sus dos hijos, Trigo y José Sebastián, en 2006 y 2010, por una presunta venganza entre cárteles. Al Rey del Jaripeo se le vinculó desde 2004 con Vicente Carrillo Fuentes, del Cártel de Ciudad Juárez, según un testigo protegido.

El pasado lunes 4, el gobernador de Morelos, Graco Ramírez, señaló a Federico Figueroa, hermano del fallecido cantautor, de tener nexos con la organización criminal Guerreros Unidos y de apoyar financieramente al alcalde de Cuernavaca, Cuauhtémoc Blanco. Figueroa amenazó con demandar al mandatario morelense por esas declaraciones.