Las autoridades de la Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ) cerraron el año con otro más de sus costosos desatinos: esta vez con la precipitada adquisición de cuadros y esculturas, así como de otras obras que entran en la categoría de “arte contemporáneo” o “arte conceptual”. Dicha compra, tasada en varios millones de pesos, se le hizo a una decena de autores de la comarca de calidad dispareja, dizque con el propósito de subsanar algunas de las no pocas carencias que con el paso del tiempo ha ido acumulando la Colección del Pueblo de Jalisco (CPJ), un valioso acervo artístico que se concibió hace más de medio siglo para que fuera la colección permanente de un proyectado Museo de Arte Moderno de Jalisco, uno más de los incontables sueños culturales que no han podido hacerse realidad.
Por principio de cuentas, nada tiene de malo –por el contrario– querer “actualizar” una relevante colección artística que pertenece a los jaliscienses y que, ya sea por desinterés o por la falta de visión de quienes desde la segunda mitad de los lejanos años sesenta han estado al frente de las principales dependencias culturales del estado, no sólo ha permanecido en el abandono y semioculta, sino que se ha ido rezagando y, lo que no es menos grave, ha visto desdibujarse su identidad o su razón de ser. Y que, por cierto, ésta no es otra que presentar un panorama (una muestra representativa) de quienes han sido, en la opinión de los expertos, los artistas jaliscienses más relevantes del siglo XX y de lo que va del actual.
Lamentablemente todo ello se perdió de vista en el reciente proceso de selección y adquisición, que se armó a las volandas, de manera poco inteligente y sospechosamente sesgada desde la SCJ. Las autoridades de esta dependencia contaron para este fin con un presupuesto de 6 millones de pesos, los cuales debían ejercerse antes de que terminara 2015. Por ello, la titular de dicha dependencia, Myriam Vachez, encomendó a sus dos principales colaboradores en el área de artes visuales (Mónica Ashida, que por entonces regenteaba el Exconvento del Carmen y otros espacios de la SCJ, y Rubén Méndez, encargado de las exposiciones del Cabañas) para que le propusieran los posibles candidatos para integrar el comité de selección.
Aquí fue donde las cosas se comenzaron a torcer, pues de manera inexplicable no se invitó para que formaran parte de dicho comité, ya por ignorancia o por intereses ocultos, a varias de las personas más calificadas para dicha encomienda como sería el caso de historiadores y críticos de arte como Arturo Camacho y Javier Ramírez, o de otras autoridades en la materia como María Fernanda Matos y Gutierre Aceves, ambos exdirectores del Cabañas y conocedores profundos del devenir de la CPJ. En 1995, por ejemplo, Aceves tuvo el acierto de hacer y publicar el único catálogo que hasta ahora se ha hecho de dicha colección, en el que no sólo aparecen de forma cabalmente documentada las obras que hasta ese momento formaban parte de dicha colección, sino también un valioso escrito de Carmen Marín, quien fue la persona responsable de darle forma a la CPJ.
En ese texto, la autora no sólo relata cómo a principios de los años sesenta el entonces gobernador Juan Gil Preciado la comisionó para que conformara dicha colección, sino que también cuenta la forma inteligente en que se pudo adquirir, “a nombre del pueblo y del gobierno de Jalisco”, la mayoría de piezas, al hacer a cada uno los grandes artistas jaliscienses invitados la siguiente propuesta: que le vendieran al gobierno de Jalisco una obra suya a precio de mercado e hicieran la donación de otra a sus paisanos, a fin de poder integrar la colección permanente del proyectado Museo de Arte Moderno de Jalisco. La propuesta fue bien vista por propios y extraños, de suerte que con varios de los artistas invitados el trato se pudo cerrar inmediatamente.
Como ya quedó dicho, a la hora de la verdad el pretendido museo de arte moderno no se hizo, fundamentalmente por dos causas: porque en 1964 Juan Gil Preciado se separó anticipadamente de la gubernatura de Jalisco para ponerse al frente de la Secretaría de Agricultura y Ganadería en el gobierno federal, y porque ninguno de sus sucesores en el cargo se interesó por hacer realidad el cacareado museo de arte moderno jalisciense. Ello provocó que, a partir de ese momento, las obras de la CPJ no sólo tuvieran un errático peregrinaje por distintas dependencias gubernamentales (la Casa de las Artesanías, la Casa de la Cultura Jalisciense, Palacio de Gobierno, el Cabañas…), donde muchas veces sirvieron para decorar oficinas de equis funcionarios, sino que en cierto momento (específicamente en los años ochenta, cuando Juan López se estrenó como director del recién creado Instituto Cultural Cabañas) se le añadieron obras donadas por pintores (as) y escultores (as), mediocres en su mayoría, que querían alternar con el Dr. Atl, Roberto Montenegro, Guillermo González Camarena, Jorge Enciso, Juan Soriano, Carlos Orozco Romero y compañía.
Venturosamente, pocos años después esas piezas postizas fueron separadas de las de la CPJ, agrupándolas durante la gestión de Juan Francisco González como primer secretario de Cultura de Jalisco (1992-1995) en la llamada Colección Instituto Cultural Cabañas, y definiendo también rigurosamente los haberes de la CPJ con el catálogo antes mencionado, que elaboró Gutierre Aceves. Desde entonces –estamos hablando de hace 20 años– nada se había hecho por la CPJ.
Desde hace varias décadas se han venido señalando las carencias que arrastra dicha colección, donde no están representados artistas de gran calado como María Izquierdo, Manuel González Serrano, Isabel Villaseñor, Jorge Martínez, Francisco Rodríguez Caracalla, Tomás Coffeen, Miguel Aldana, Jorge Navarro…, para no hablar del mayor de todos: José Clemente Orozco. Y entre los de generaciones recientes, no figuran tampoco artistas tan notables como Enrique Guzmán, Gabriel Macotela, Ismael Vargas, Javier Campos Cabell, José Fors y, entre otros, Carlos Vargas Pons.
Lamentablemente, autoridades de la SCJ, comenzando por la titular de la dependencia, dejaron pasar una magnífica oportunidad de subsanar parte de estas carencias, al limitarse a adquirir obras de una dispareja decena de autores en activo, la mitad de ellos adscritos a la línea “conceptual”. Con ese propósito se integró un comité seleccionador más o menos a modo (un jurado más notable por la ausencia que por la presencia de personas calificadas) y cuya primera falla fue haber aceptado deliberar a partir de una preselección que les fue presentada por Rubén Méndez y la cual presumiblemente fue elaborada por éste y otros funcionarios o consejeros de la SCJ. Por ese motivo, el pintor Luis Valsoto renunció desde un primer momento a ser sinodal, de suerte que la predeterminada propuesta de obras a adquirir quedó en manos de Paco de la Peña, Dan Montellano, Eduardo Garibay, José Luis Malo, Patrick Charpenel, Baudelio Lara y Dolores Garnica.
Para colmo, por causas desconocidas y eventualmente sospechosas, ni la secretaria de Cultura, Myriam Vachez, ni ninguno de sus colaboradores han querido informar de este millonario desatino que cometieron, no obstante que sucedió hace ya casi tres meses. En honor a la verdad, las adquisiciones que se hicieron a trompa y talega muy poco vendrán a aportar –como poco casi nada, pues no acrecentarán el nivel artístico de la CPJ– a lo que Carmen Marín y compañía pensaron tanto para la CPJ como para el nonato museo de arte moderno de la comarca. l








