Las dos superpotencias, más un gran número de países del Medio Oriente y grupos separatistas tienen un objetivo común: eliminar al Estado Islámico. O al menos eso argumentan. Y si bien el pretexto que ofrecen los yihadistas suena válido, la realidad es que las fuerzas de la gran coalición tienen sus propias agendas. Turquía aprovecha la confusión para golpear a sus viejos enemigos kurdos; Rusia apuntala sus intereses apoyando a Damasco; Israel se desquita de sus tradicionales enemigos de Hezbolá; e Irán fortalece sus posiciones chiitas. Y Estados Unidos parece no saber cuál papel juega en el galimatías.
“2016 será el año de la gran victoria final, cuando la presencia del Daesh en Irak sea eliminada”, proclamó en la ciudad de Ramadi el primer ministro iraquí, Haider al Abadi. Era el 29 de diciembre de 2015, y entre bailes callejeros y desfiles de comandantes los soldados iraquíes participaban de una emoción a la que no están acostumbrados: vencer.
A principios de junio de 2014, una campaña propagandística para provocar una ola masiva de terror precedió la ofensiva del Daesh (acrónimo árabe de Estado Islámico, EI): los mandos políticos y militares iraquíes abandonaban sus posiciones, eran seguidos en la huida por la oficialidad media y, finalmente, por tropas y civiles que ante la inminente llegada de las fuerzas islamistas abandonaban armas, tanques, vehículos artillados, abastecimientos y sucursales bancarias con millones de dólares.
Menos de un millar de combatientes del EI hizo correr a los soldados de dos divisiones del ejército iraquí para tomar Samarra y después Mosul, la segunda mayor ciudad de Irak y capital del norte.
Desde ahí, montados en esa marea, los yihadistas continuaron hacia el sur por el valle mesopotámico para conquistar las regiones sunitas de Irak, incluida la capital de la provincia de Anbar, Ramadi.
Ahora, con batallones vueltos a organizar y entrenar por asesores estadunidenses, y con el apoyo de los bombardeos aéreos lanzados por Rusia y por la coalición internacional contra el EI, el ejército iraquí recuperó Ramadi después de haber ganado Tikrit en marzo.
Abu Bakr al Bagdadi, el máximo líder del EI y autoproclamado califa, debió enfrentar una situación a la cual sus súbditos, de manera similar, están desacostumbrados: la derrota. “Bendición divina” que “es una prueba predestinada”, la interpretó en una grabación de 23 minutos difundida por los suyos el pasado 27 de diciembre. “Tengan confianza en que Dios les dará la victoria a aquellos que lo adoran y escuchen la buena nueva de que a nuestro Estado le está yendo bien. Mientras más dura se vuelva la guerra en su contra, (nuestro Estado) se volverá más puro y bravío”.
Su tarea era aplicar el control de daños para proteger, en lo posible, su mística ganadora, una de sus más útiles herramientas de reclutamiento.
Por su parte, Abadi intentó capitalizar el éxito de su ejército para alimentar las esperanzas de su gente y el ánimo de sus soldados: “Vamos en camino de liberar Mosul y ése será el golpe definitivo y fatal contra el Daesh”, afirmó.
Pero en el cumplimiento de sus deberes propagandísticos, ninguno de los dos hablaba con pleno fundamento.
Bagdadi sabe que contra su organización se ha montado una alianza de facto formidable, la más amplia que se haya visto jamás en Medio Oriente, uniendo prácticamente a todas las repúblicas, teocracias y monarquías del área, a todas sus etnias y sectas religiosas, y a las potencias imperialistas que suelen meter las manos en los asuntos locales, en el objetivo común de acabar con la amenaza de la fuerza contemporánea más sanguinaria y destructiva en una región abundante en fuerzas sanguinarias y destructivas.
Y Abadi entiende que el camino hacia Mosul dista mucho de ser un recorrido fácil, que las condiciones del norte son mucho más complicadas que las del centro del país y, sobre todo, que si bien todos los aliados pretenden derrotar al EI, para muchos ésa no es la prioridad y utilizan esta guerra como excusa para prepararse para las que vendrán.
El año empezó con una aguda escalada diplomática que enfrenta a Irán con Arabia Saudita a causa de la ejecución de un clérigo chiita por parte de los sauditas. Esto evidencia profundas fisuras entre los coaligados y que, dentro de esta, se agitan ya otras guerras.
El camino de Mosul
El EI “ha perdido 40% del territorio que controlaba en Irak y 20% del que tenía en Siria”, aseguró a la prensa el martes 5 el coronel Steve Warren, portavoz de la coalición de 14 países dirigida por Estados Unidos. “El enemigo está debilitado y a la defensiva”, añadió.
Sin embargo, según el consenso de los observadores, cuentas más realistas indican que el EI ha perdido 15% de lo que dominaba en mayo del año pasado, en su momento de mayor expansión.
“La victoria decisiva será derrotar a estos tipos en un área mayor y tomar Raqa (capital de la parte de Siria dominada por el EI) y Mosul”, dijo el pasado 28 de diciembre –al International Business Times– James Jeffrey, embajador estadunidense en Irak de 2010 a 2012 y ahora investigador del Washington Institute for Near East Policy.
“Ha sido necesario mucho tiempo para tomar Ramadi. Daesh no colocó grandes fuerzas (militares) en Ramadi. Ramadi es un éxito, pero el tiempo no está de nuestro lado”, señaló.
Y si en Ramadi el EI sólo tenía algunos cientos de hombres, en Mosul dispone de varios miles; y las fuerzas iraquíes, nutridas en el centro del país, cerca de Bagdad, son escasas en el norte y están separadas de Mosul por un cinturón de terreno controlado por sus enemigos.
El ejército iraquí necesita el apoyo de las milicias de la mayoría chiita, a la cual pertenece Abadi; de las milicias kurdas del Gobierno de la Región del Kurdistán (GRK), formalmente autónomo; y de las tribus sunitas.
El Estado Islámico se originó en el margen más extremo del sunismo y pretende representar a la secta sunita en la lucha contra sus enemigos. El antecesor de Abadi al frente del gobierno, Nouri al Maliki, también chiita, decidió confrontarse con los kurdos y perseguir a los sunitas, con lo cual creó el caldo de descontento que fortaleció al EI.
El desfonde del ejército iraquí y la guerra relámpago con la que el EI conquistó el norte y gran parte del centro del país, y que le permitió llegar a las puertas de Bagdad, ocurrió durante el mandato de Maliki y condujo a su caída.
Abadi asumió el poder en septiembre de 2014 con la promesa de enmendar las fracturas y reunificar todas las facciones, convenciendo a las tribus sunitas de retirarle el apoyo al EI (que algunas le habían otorgado) y devolvérselo al gobierno central, condición indispensable para poder enfrentarlo.
Lo consiguió en la provincia sunita de Anbar: las tribus lucharon hombro con hombro con el ejército. Pero en la región de Mosul, los lazos establecidos por Bagdadi con los jeques locales parecen ser más sólidos debido a la coerción y el terror, pero también porque comparte el botín de guerra.
La acción decisiva
El primer ministro ha manifestado su confianza en “la unidad de las fuerzas iraquíes”. Pero en realidad cada quien está jugando en beneficio propio: las milicias chiitas, para resguardar su predominio sobre el gobierno iraquí; las tribus sunitas, para preservar su autonomía precisamente frente a ese predominio chiita; y el GRK para avanzar el proyecto de crear una nación independiente.
No es casual que esto sea un reflejo de lo que ocurre en Siria: la línea fronteriza –llamada Sykes-Picot por los diplomáticos europeos que la trazaron hace un siglo– no es producto de una separación tradicional entre pueblos, sino de los intereses coloniales de Francia y Gran Bretaña. Entre los actos de mayor simbolismo del EI está –como quedó plasmado en un video– el que sus hombres destruyen puestos fronterizos y declaran el fin de esa línea artificial.
En Siria, la secta alauita (parte de los chiitas) y las tribus y milicias sunitas tienen una enemistad todavía más profunda. Si bien comparten el deseo de acabar con el califa Bagdadi y sus fuerzas, también es de su interés destruirse mutuamente.
A esto se añaden otros grupos étnicos y religiosos menores con intereses propios. Los kurdos, aquí, también aspiran a asegurar el control en los territorios que habitan, aunque están divididos: una minoría es leal al GRK; el grupo mayoritario lo es al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), la organización guerrillera que lucha por la independencia de las regiones kurdas de Turquía.
“En muchos casos, los actores (bélicos) están peleando contra el Estado Islámico para mejorar sus posiciones” ante otros conflictos por venir o ya en movimiento, escribe Michael Knights, experto en Irak, también del Washington Institute for Near East Policy, en un reporte publicado el pasado 21 de diciembre.
Por el control regional
Como nunca había ocurrido, todas las tribus, sectas, naciones y potencias en Medio Oriente están en guerra contra el Estado Islámico.
Tras casi dos años de combates deberían haberlo borrado del mapa. No obstante, sostiene Knights en su reporte, “todos nuestros aliados y rivales tienen objetivos mucho más complejos que degradar y derrotar al Estado Islámico. Para ellos, la batalla de hoy es en realidad un juego de posicionamiento para la acción realmente decisiva, que empezará tan pronto como el Estado Islámico sea derrotado”.
Más allá de partidos kurdos, tribus sunitas y milicias chiitas, los jugadores grandes que se están enfrentando son capaces de movilizar ejércitos con aviaciones y marinas armadas, e incluso de sostener enfrentamientos diplomáticos en los que se esgrime la amenaza nuclear.
En primer lugar destaca la rivalidad entre dos potencias regionales separadas por el Golfo Pérsico: Irán, la teocracia chiita heredera de la Persia histórica, y Arabia Saudita, la monarquía que se proclama campeona del sunismo.
Para los sunitas, los chiitas son herejes con los que se debe volver a ajustar cuentas desde que fueron derrotados por primera vez hace 14 siglos. Para los sauditas, además, los iraníes son el más acérrimo rival por la supremacía en la región y religión.
Y si se sentían los socios preferidos de Washington hasta hace poco, el acercamiento entre el presidente iraní Hasán Rujaní, quien llegó al poder en 2013, y el estadunidense Barack Obama, a resultas de lo cual se llegó a un acuerdo sobre el tema nuclear y se aproxima el levantamiento de las sanciones económicas que pesan sobre Irán, ha provocado la ira saudita, expresada en sonoras quejas y en la formación de una coalición de países sunitas cuyo objetivo declarado es combatir al EI, pero que en realidad es vista como una forma de intimidar a Teherán.
El sábado 2 Arabia Saudita anunció que había ejecutado a Nimr Bakr al Nimr, un clérigo con liderazgo entre la minoría chiita que habita en el reino y quien en 2012 encabezó protestas pacíficas contra la discriminación que ésta sufre.
El acto resultó una sorpresa: se justificaba con una acusación por terrorismo contra Nimr, conocido por su defensa de la vía pacífica, y venía a atizar el fuego del conflicto con Irán: los grupos derechistas interesados en sabotear a Rujaní aprovecharon para atacar con bombas molotov la embajada saudita, y esto fue inmediatamente respondido con un rompimiento de relaciones diplomáticas protagonizado por los sauditas y sus aliados de Kuwait, Bahréin y Sudán. Estas tensiones pueden complicar todavía más el trato con las tribus sunitas.
Por su parte, Turquía, Rusia e Israel han aprovechado la campaña aérea contra el EI para bombardear a sus propios enemigos.
Ankara ha golpeado a los kurdos del PKK, Rusia a todo tipo de facciones contrarias al gobierno sirio (un informe de Amnistía Internacional, del 22 de diciembre, acusó a Moscú de “atacar directamente” a civiles y haber matado a más de 200), mientras Israel se lanzó contra sus viejos rivales de la milicia libanesa chiita de Hezbolá. Irán, a su vez, hace lo posible por fortalecer el eje chiita que encabeza.
Knights cree que Washington no tiene muchas opciones: o equilibra los bandos sunita y chiita para que no se destruyan, o elige a uno de ellos. En cualquier caso, advierte, tiene que prepararse: ya sea para disuadir y evitar los siguientes combates o para participar en ellos.
El problema de Estados Unidos, sin embargo, es quién tendrá la capacidad de tomar las mejores decisiones. En una entrevista con la revista Foreign Policy de diciembre pasado, el exsecretario de Defensa de Obama, Chuck Hagel, dio inquietantes pistas sobre la confusión que reina en ese gobierno, que nunca logró definir una política estratégica sobre Siria.
Hagel dijo que el gobierno de Obama hizo “demasiadas juntas” que “no eran productivas”, pues “nos la pasamos posponiendo las decisiones difíciles. Era como si nos despegáramos de los asuntos importantes. ¿Cuál era nuestra estrategia política sobre Siria?”.
Cuando en el Congreso “me pusieron en la parrilla”, continuó Hagel, fue porque no se había respondido la pregunta de qué hacer con los rebeldes “moderados”: “Nunca llegamos a una conclusión en la Casa Blanca. ¿Vamos a apoyar o no a los nuestros?”.
De hecho, según un reportaje de Seymour Hersh publicado el 7 de enero de 2015 por la London Review of Books, el Estado Mayor Conjunto desconfió de las órdenes que le dio Obama, al punto que las desobedeció, proveyendo información de inteligencia al gobierno sirio.
Las cosas no pintan mejor con los posibles sustitutos de Obama.
La prensa estadunidense se solazó con pinceladas de humor sobre las respuestas que dieron los precandidatos republicanos en el quinto de sus debates. “Parecen ver el Medio Oriente como una especie de escenario cinematográfico para la película El francotirador, como un miserable lugar de pueblos polvorientos con tipos malos extremistas y no mucho más”, anotó el pasado 16 de diciembre el medio electrónico Business Insider en un artículo que tituló: El Medio Oriente que soñaron en el debate republicano más bien no existe. l








