Diálogos en el tiempo

Los diálogos entre Julio Scherer García y Vicente Leñero eran frecuentes, prolongados e intensos. Lo eran en público, delante de nosotros, sus compañeros de trabajo. Lo habrán sido aún más, no hay duda, cuando ellos, sólo ellos, eran protagonistas y testigos.

Sus pláticas eran fieles a su respectivo ser: directos, claros, crudos y, en ocasiones, rudos para verse entre sí. Reflejaban la amorosa amistad que los unía y las diferencias que los enlazaban aún más.

El espíritu de esas conversaciones, de la forma como se observaban el uno al otro, inspiró textos que cada uno por su lado dejó como testimonios de su relación. Para abrir este reporte especial, que dedicamos a don Julio en el primer aniversario de su muerte, ofrecemos a continuación una compilación de textos –escritos bajo circunstancias y en tiempos muy diversos– donde Julio Scherer García habla de Vicente Leñero y viceversa y, hablando del otro, ambos hablan de manera prístina de sí mismos.

El fundador de Proceso afirmaba ser agnóstico y no saber si existen el Cielo y el Infierno; su compañero, creyente convencido, mantuvo su fe en Dios. Los dejamos en un diálogo virtual en terreno neutro, podríamos decir, en el tiempo.
(Rafael Rodríguez Castañeda)


Vicente Leñero

De cómo conocí a Scherer

Miguel Ángel Granados fue a verme a la revista Claudia donde trabajaba yo desde 1965. El motivo de su visita era preguntarme si me gustaría ingresar en Excélsior como director de Revista de Revistas. El semanario tenía un largo historial en el periodismo mexicano, pero en los últimos tiempos se hallaba muy descuidado. Había el plan de renovarlo radicalmente. Si la propuesta me interesaba, debería hablar con Julio Scherer.
–En principio me interesa.
–Piénsalo bien antes –me advirtió Miguel Ángel–. Si hablas una vez con el director, ya no podrás decir no.
–Todo depende.
–No podrás decirle no –insistió Miguel Ángel.
Era cierto. Aunque yo necesitaba poco para aceptar, la cordialidad sofocante de Julio Scherer me acorraló desde un principio. Empezó convenciéndome de que Excélsior era el sitio ideal para mí, y cuando traté de averiguar en qué tipo de semanario quería convertir a Revista de Revistas respondió dándome absoluta libertad para decidir: lo que tú quieras, cómo tú quieras, lo importante es que te vengas con nosotros, ya, mañana mismo.
–¿El sueldo?
–Ah, de eso yo no sé nada, ni me digas…

(Publicado en el libro Los periodistas.)


Julio Scherer

De la amistad profunda

Años después del 8 de julio de 1976, con Los periodistas en las librerías, Vicente Leñero me contó de su ánimo en la asamblea (la asamblea de la cooperativa de Excélsior en la que Scherer fue virtualmente expulsado de la dirección). Pensaba que me había adelantado a los acontecimientos al ponerme de pie y anunciar el camino a la calle. Me dijo:

–Creo que te precipitaste. Tu nombre ya se coreaba en la asamblea. Debiste aguardar unos minutos.
Los sucesos que seguirían al golpe modificarían el punto de vista de Vicente. No podía olvidar su juicio:

–Frente a cualquier crítica adversa, sostendría que te habías mantenido en la línea correcta.
Vicente me llevó a la zona profunda de la amistad. Su crítica adversa, en momentos cruciales, habría terminado con lo poco que restaba de mí.

Permanecimos juntos un primer año, luego un segundo y en una larga etapa, veinte años. Vicente me decía que deseaba volver a su vocación en el teatro, los libros, la cultura, los talleres que impartía, su condición de profesor. Me obsequiaba parte de su tiempo esencial.

(Publicado en el libro Vivir.)


Vicente Leñero

El catolicismo

(Escenario: un bar del extinto Hotel del Prado en la Ciudad de México, varias botellas de vino tinto francés de por medio.)

–Julián está muy contento con Revista de Revistas –me dijo de pronto Froylán López Narváez–. Te respeta mucho, por eso te llamó a Excélsior. Yo se lo sugerí.

–No me llamó por eso.

–Te respeta como escritor y como periodista –insistió Froylán.

–Para él eso cuenta menos –dije cuando ya empezaba a sentirme ebrio–. Le interesó porque soy católico, nada más por eso.

Yo seguí:

–Esa es la obsesión de Julio. Nada más hay que ver cómo ha llenado con católicos las páginas de Excélsior. Por eso me llamó a mí también.

–¿A qué no le dices eso en su cara? –me retó Froylán riendo.

–Claro que se lo digo.

–Vamos a ver a Julio y le invitamos unos tragos en el Amba –dijo Froylán mientras nos levantábamos.

–No va a querer –advertí.

Ya era noche completa cuando llegamos a Reforma 18. Riendo y con palabrotas que no asustaron a Elenita Guerra solicité entrar en la oficina del director general en ese mismo instante. Entramos.
Julio reía divertido:

–Qué gusto y qué envidia verte así –me dijo. Reía.

Froylán habló, sorprendentemente sobrio. Hizo la invitación y explicó el motivo: discutir la absurda hipótesis de mi ingreso en Excélsior.

–Reconócelo –dije a Julio–. Me llamaste a trabajar aquí porque soy católico.

–Qué barbaridad. No es cierto –exclamó Julio.

–Vamos a beber y lo discutimos –insistió Froylán.

Claro que lo discutimos –dijo Julio, pero en ese momento era imposible; le llevábamos, además, mucha ventaja, mucho camino andado, y si de emborracharse se trataba, cosa que le daba un gustazo, era justo empezar todos parejos en otra ocasión.

(Los periodistas.)


 

Julio Scherer

La agonía del padre

Una noche, llegado mi turno de guardia, advertí con la claridad de la certeza que mi padre arrastraba a mi madre a un fin prematuro e injusto. La llevaba consigo y los enterraríamos juntos, pensé. Sin oxígeno, cortado el paso del aire puro a un organismo exhausto, mi padre debería expirar en ese momento. Me puse de pie, dispuesto a desprender de su enchufe el delgado tubo que aborrecía como a un ser vivo. Unos segundos y ya, me dije. Descansaremos todos.

Temblorosas las piernas, vencido, volví a la silla sin brazos y de respaldo recto, deliberadamente incómoda para mantener el sueño a distancia. Frente a un anciano que moría, solos él y yo, le recriminaba la fuerza de su corazón.

Tiempo después hice partícipes de la pequeña historia a Vicente Leñero, Enrique Maza y Javier Sicilia. Íntimos como somos, les dije que posiblemente la educación religiosa y las dogmáticas certezas juveniles de hacía ya tantos años habían detenido mi mano en el momento decisivo.

–No –me dijo Vicente–. Mantuviste el oxígeno conectado a tu padre porque eres ateo.

Javier fue terminante:

–La disyuntiva es clara: Dios o la nada. Me quedo con Dios.

–Te equivocas, Vicente –dije yo–. Me tengo por agnóstico. No niego ni afirmo la existencia de Dios. Digo, simplemente: no sé.

Rotundo como es, Vicente repuso que en mi circunstancia él no habría vacilado en concluir con una vida ya terminada que tanto daño causaba. Consideraba que Dios, el dios del amor y la misericordia al que se había acogido desde niño, no podría haber consentido tamaño mal. La decisión quedaría en su conciencia, paradójicamente libre por voluntad divina.

Pretendí conocer la razón de su creencia y la respuesta me llegó rápida:

–Creo por intuición y también por tradición familiar.

No quedó ahí Vicente. Llevado por la fe, agregó que vivía en Dios como una inspiración. Mirándonos, escuché palabras que no pronunció, pero sentí: “Desearía para ti esa fuerza”.

(Publicado en el libro Calderón de cuerpo entero.)


 

Vicente Leñero

La caja de cerillos

Molesto porque Excélsior no juzgaba el conflicto estudiantil de 1968 con los criterios oficiales obedecidos puntualmente por los demás diarios, el presidente Gustavo Díaz Ordaz emprendió una campaña contra Excélsior. Scherer y algunos colaboradores recibieron amenazas, estalló una bomba en las oficinas de Reforma 18 y el director fue insultado en la residencia de Los Pinos. Frente a frente, con el escritorio de por medio, Díaz Ordaz empezó reclamando a Julio Scherer los puntos de vista sustentados por su periódico. En el momento de responder, Scherer descubrió una pequeña caja de cerillos en el escritorio presidencial y la paró de canto. Dijo: Mire usted, señor presidente, esta es una simple caja de cerillos, pero desde su lugar usted ve una caja diferente a la que yo veo desde aquí. Lo mismo ocurre con el problema de los estudiantes. A manera de respuesta Díaz Ordaz agrió el gesto y gritó furioso a Julio Scherer: “¡Hasta cuándo dejará usted de traicionar a este país!”.

(Publicado en Treinta y cinco años alrededor de Julio.)


 

Julio Scherer

Poder y gobierno

(Escenario: Restaurante Churchill. Protagonistas: Scherer, Vicente Leñero, Jesús Reyes Heroles.)

Hombre sin rectificaciones en su autobiografía, Jesús Reyes Heroles actuaba al amparo de su propia norma: “Aprender a lavarse las manos en agua sucia”. Sólo los espíritus cerrados aspiraban al falso e hipócrita mundo de la perfección o la pureza, decía. La política es el equilibrio permanente en el cambio incesante, tarea de hombres apasionados y falibles.

Coincidíamos. No una sino mil veces habría que lavarse las manos en agua sucia y el cuerpo entero y la cara, si hiciera falta. Pero el agua sucia, a fuerza de ensuciarse, tapa albañales y cañerías. Y el agua sucia se vuelve mierda. No podía confundir el equilibrio permanente con el poder eterno en las mismas manos.

–La vida es como es –contestaba–. Nada existe por encima de las contradicciones del hombre.
La prepotencia y el sarcasmo se llevaban en el lenguaje de Reyes Heroles como un sustantivo y un adjetivo en frases siempre duras. Una vez nos dijo:

–La política es también la vida en el burdel y nadie que yo sepa busca la castidad en una casa de citas.

–Entonces, ¿dónde, licenciado? –lo atrapó Vicente Leñero–. ¿Dónde? ¿Acaso en el mundo de la pureza que usted desprecia?

Esa tarde el tiempo se hizo largo en el restaurante Churchill. Sin que viniera a cuento recordó el secretario de Gobernación que a él gustaba llamarse “profeta del pasado. Los profetas del futuro se equivocan y a mí no me gusta errar”, dijo. Pero esa vez quiso ser vidente. Desde la altura del poder vaticinó el fin cercano de un trabajo que le parecía menor. No pasaría a la historia la revista Proceso. Fue inclemente el augurio de Reyes Heroles, descarnado su lenguaje.

–Pendía Proceso de una alcayata. Pende de un clavo –dictaminó inapelable.

(Los presidentes.)


 

Vicente Leñero

La invitación

(Conversación con el presidente electo Carlos Salinas de Gortari. 1988. Casa de campaña, calle de Cracovia, Ciudad de México.)

Entonces llegó Salinas. De traje azul marino, cortado por el mismísimo Dios, y corbata azul y roja. Fresquecito y limpio como lo vería siempre, después. Ya era el presidente pero todavía se le podía decir licenciado.

Se veía de buen humor. Me tomó de un brazo y me llevó al jardín.

–¿No quiere tomar algo?

Iba a decir un whisky pero dije un refresco.

–¿Cocacola?

–Un Sidral, licenciado.

Se apareció por ahí un servidor y al rato nos trajo dos vasos. Cocacola para Salinas y Sidral para mí. Con mucho hielo. Hacía calor.

–Lo que voy a hacer ahora –dijo Salinas bromeando, cuando caminábamos por el jardín– es dejarlo hablar a usted, sólo usted. Usted habla y yo lo escucho. Para que luego no escriba nuestra conversación.
(Salinas hacía alusión a una crónica de Leñero sobre una desastrosa gira del candidato priista.)

–No, licenciado. Si leyó mi crónica se habrá dado cuenta de que no puse nada de lo que me dijo en su coche. Porque lo consideré una conversación privada… ¿Lo vio?

–Sí, me di cuenta. Por eso está usted aquí –y me palmeó la espalda, afectuoso–. El que no respeta las conversaciones privadas es Julio.

–No, no licenciado. Sobre eso estamos de acuerdo Julio y yo. Pensamos igual.

–¿Sobre las conversaciones privadas?

–Sí, licenciado. Mire, cuando Julio estaba escribiendo Los presidentes… –Salinas me interrumpió con un gesto de fuchi apenas cité el libro de Scherer, que para entonces tenía dos años de editado. Dijo:

–A eso me refiero precisamente: al libro de Julio.
De improviso me recordó mi crónica del desaire, donde yo había escrito “sus ojos se convirtieron de pronto en alfileres” y me preguntó, de sopetón:

–¿De veras lo miré con ojos de alfileres, Vicente?

Me sentí de pronto fuera de balance, como agarrado en curva.

–Así me pareció, licenciado.

–¿Pero por qué?

–Tal vez por el énfasis, licenciado.

–¿Cuál énfasis?

–La forma en que me dijo que no quería hablar con Julio, por ningún motivo. Fue usted muy radical, licenciado.

–Julio es el radical –replicó Salinas, y hasta ese momento se puso de veras serio, enérgico–. Es un hombre incapaz de dialogar. Es intransigente. No admite razones de nadie. No entiende que Proceso no puede seguir así.

–Si un marciano llegara a México –agregó Salinas– y en un primer momento sólo leyera Proceso, llevaría una impresión tremenda y totalmente equivocada de lo que es nuestra realidad.

–Pero bastaría con que encendiera la televisión –le respondí rápido, me vi bien– para que de inmediato sintiera que todo es bonito.

–¿Cómo podría Proceso trascender a Julio Scherer, Vicente?

Me acalambré de golpe. Sin duda había utilizado mal el verbo trascender. Hubiera podido decir: desplazar a Julio, quitarlo de en medio, derrocarlo, sustituirlo, pero trató de ser elegante usando el errático trascender a Julio. Desde luego, entendí la expresión y me enojó muchísimo que Salinas me tratara como a un Regino (Díaz Redondo) cualquiera. Qué se está pensando, carajo.

Sentí en la cara sus ojos. Las comisuras de los labios oprimían ligeramente sus carrillos para dibujar una muy leve sonrisa, entre irónica y terrible. Soslayé la respuesta porque me sentía francamente atemorizado.

–Es imposible, licenciado. No se puede.

–¿Por qué no?

–Es totalmente imposible. Proceso es Julio Scherer.

Salinas no dijo más. Él mismo canceló el tema.

(Tomado de La Jornada Semanal.)


 

Julio Scherer

Paralelismo

Hay líneas paralelas entre los priistas de alcurnia. Es el caso de Miguel Alemán y Carlos Hank, uno favoreció a un amigo y el otro a su hijo, a costa de los bienes de la nación. En lo que toca a Luis Echeverría y Carlos Salinas de Gortari, depredadores como aquéllos, ambos atentaron de igual manera contra Excélsior y Proceso. Echeverría tuvo buen ojo y eligió a Regino Díaz Redondo como el traidor a modo que acabaría con el diario.

En cuanto a Salinas de Gortari, pensó en Vicente Leñero para que hiciera las veces de traidor y desmantelara la revista. Vio a un miserable en un hombre impecable. Salinas sabe mucho de política, pero no tanto de la condición humana.

(Vivir.)


 

Vicente Leñero

Provocación

(Escenario: Centro de Estudios del Tercer Mundo. Personajes: Luis Echeverría, Luis Enrique Bracamontes, Vicente Leñero, Julio Scherer García.)

Echeverría tomó asiento en el sofá michoacano y junto a él se sentó Julio Scherer. Enfrente quedamos Bracamontes y yo, en sendos sillones.

–Disculpen –dijo el expresidente.

Sin pausas preguntó sobre nuestro recorrido por la Exposición del Tercer Mundo y el Salón del Sexenio…
Miré a Julio. Su rostro se había afilado y transparentaba tensión. Seguramente no escuchaba a Echeverría; más bien parecía hundido en los recuerdos de su carrera como periodista y en las ingratas relaciones con el poder. Por su parte, el expresidente se cuidaba de girar la cabeza hacia Julio. Tras el cristal ámbar de los lentes sus ojos me apuntaban, pero tal vez miraban sin mirar, extraviados en el remolino de su discurso.

Echeverría miró al fin a Julio Scherer.

–Deja de provocarme –grito de improviso–. ¡Qué necedad la tuya! Deja de provocarme, Julio, te lo advierto.

–No sé de qué me hablas –dijo Julio.

–Lo sabes. Me estás provocando. Supe que andabas preguntando qué tantas intrigas fragüé yo para el Nobel de la Paz y no sé cuántas otras tonterías. Mandaste a un reportero. Me estás vigilando.

–Pero cómo te puedo estar vigilando –replicó Julio con una mueca. Se enderezó en el asiento.

–Me estás vigilando –gritó Echeverría–. Y te lo advierto, no me provoques.

–Tratamos de hacer unas entrevistas nada más, ésa no es una provocación. Somos periodistas.

–Si quieres saber lo del Premio Nobel ven a preguntármelo a mí…

–No estoy inventando nada –dijo Julio.

Echeverría había bajado el tono. Intentaba recobrar la serenidad y por medio de la ironía situarse por encima del periodista.

–No me afectan tus provocaciones, Julio, no me llegan –quiso sonreír pero de su boca salió un ruido ronco–. Yo ya estoy fuera, déjame tranquilo y no me provoques porque no te lo voy a permitir –enfatizó–.

Ya es tiempo de que nos olvidemos el uno del otro, ¿no te parece?

–Tú te puedes olvidar de mí pero yo no –dijo Julio–, porque aunque no seas presidente sigues siendo un hombre público y todo lo que haces es importante, periodístico. Yo soy periodista.

(Los periodistas.)


 

Julio Scherer

Complicidades

(Escenario: cena en casa de don Julio. Personajes: el presidente Carlos Salinas de Gortari. Su jefe de prensa, José Carreño. Vicente Leñero.)

–¿Cómo se ve Proceso desde el poder? –indagó Vicente. Él mismo se corrigió al comprender que sus palabras no se ajustaban a la pregunta exacta que deseaba formular. Agregó, sin pausa:

–¿Cómo nos ve el presidente de la República?

Respondió el presidente con una frase que nada decía de él mismo:

–Es indudable la influencia de la revista en la vida del país.

Sin despegar los ojos, Vicente le exigió algo más.

Hubo un vacío, el presidente muy lejos, en la vaguedad de las expresiones que no venían al caso: avanzaban las técnicas de impresión en el mundo y los hábitos de lectura evolucionaban a velocidad paralela. Convendría que nos mantuviéramos atentos al doble fenómeno. Un día Proceso podría amanecer anticuado en las manos de sus lectores. En párrafos descoloridos elogió a Reforma, periódico moderno.

La actitud imperturbable de Vicente mantuvo vivo el tema: los problemas de fondo entre el poder centralizado y nuestro trabajo crítico.

–No siempre son confiables sus fuentes de información –dijo al fin con expresión dura, una línea sus labios delgados.

Carreño saltó, como si hubiera esperado una señal. Tuve la impresión de que se proponía arrollar cualquier obstáculo que se le opusiera con un ejemplo que juzgó definitivo: Moussavi (un contratista que acusaba empecinadamente de fraude a la SCT). Aseguró que se trataba de un manipulador de baja calaña a quien Proceso había exaltado como hombre escrupuloso en el mundo turbio de los negocios.
Vicente respondió con la descripción simple de nuestro quehacer: Moussavi era un hombre público y en ese carácter había planteado una acusación que públicamente debía disiparse. Más aún: Proceso había intentado dilucidar si se trataba de un negociante descalificado o no, pero el gobierno se había cerrado a la información. Frente a su parálisis, Moussavi había avanzado. No era nuestra culpa.
A mí me quedó una vieja convicción: el gobierno actúa como si la información le perteneciera, sin respeto para la sociedad. No está solo en su trabajo. Cuenta con la complicidad de los reinos de la comunicación.

(Publicado en el libro Estos años.)


 

Vicente Leñero

Picasso

–¿Sabes en qué somos diferentes? –me dijo Julio.

–En que tú le vas a los Yanquis y yo los detesto.

–No.

–En que tú nadas todos los días y yo me ahogo en una alberca.

–Hablo de periodismo –se enfadó Julio.

–¿En qué?

–En que si tuviéramos enfrente a Picasso, tú te pondrías a ver sus cuadros y yo le haría una entrevista.

(Treinta y cinco años alrededor de Julio.)


 

Julio Scherer

La Verdad con mayúsculas

(Ocasión: 30 aniversario del golpe contra Excélsior.)

Al abandonar el edificio de Excélsior, en Reforma 18, me sentí perro sin dueño. Sin saber qué hacer con mi cuerpo, no había más mundo que el mundo interior. Algo me decía que mi comportamiento en la asamblea que nos había puesto en la calle había sido propio de un cobarde, pero algo me decía que no, que en el momento extremo me había acompañado la lucidez, tocado el periódico de muerte.

De esto hablaba a solas con Susana. Yo sentía que se apretaba contra mí, que nada mejor podía hacer en el agobio que era nuestra vida. La miraba a los ojos para mirar atrás de su mirada verde y descendía a los labios que tanto me gustaban. Temía lo peor, el despertar en ella de una amorosa compasión, irrepetibles los días que no se quieren olvidar.

Sin frontera que separe las palabras del pensamiento, un día me dijo Vicente Leñero: “Quizás abandonamos la asamblea antes de tiempo. Ya se coreaba tu nombre. En fin, no sé”.

Un agujero me devoró. Si nos habíamos salido antes de tiempo, el miedo me había ganado.

Trabajábamos en Proceso, la revista que ya levantaba vuelo y volvió Vicente Leñero, directo e inesperado.

Me dijo que había escrito un libro, Los periodistas, que me dedicaba la obra de la que yo era el eje y que no me mostraría una línea de su manuscrito. No se expondría ni me expondría a un punto de vista adverso, a la sugerencia de alguna modificación significativa o circunstancial.

Vicente se reflejaba en las palabras de Kertész, el Nobel húngaro: “¿La Verdad o mi Verdad? La Verdad.

¿Y si no es la Verdad? Entonces, el error, pero el mío”.

Fui leyendo Los periodistas como quien camina, hablando y escuchando, observando y sintiéndome observado, comprendiéndome entre muchos, agradecido en las lágrimas de las que sólo yo puedo dar cuenta.

Las páginas se fueron haciendo una cadencia dolorosa, un andante y fui sabiendo que, poco a poco, recuperaba el sentido de mi propia dignidad.

(Presentación de Los periodistas, edición 2006.)


 

Vicente Leñero

El reportero

El único sustantivo que sirve para definir a Julio es el de reportero. Como reportero vive, como reportero trabaja tiempo completo, como reportero hace y pierde amigos. Su honradez a toda prueba no deriva de una moral abstracta sino de un principio profesional aprendido a lo largo de una brillante carrera: la deshonestidad que tuerce la vida de un reportero contraría, antes que vagos preceptos sociales o religiosos, la esencia misma del quehacer profesional.

Quienes durante años hemos trabajado al lado de Julio aprendimos a entender así esa necesidad de ser honrados, como urgencia y requisito profesional. No aprendimos sólo eso, por supuesto. También, sobre todo, que el periodismo sólo puede ejercerse con independencia y al servicio de la curiosidad.
Pocos reporteros son, en México, tan reporteros como este Julio Scherer de corazón abierto a la curiosidad. Esa es su gran virtud, su cualidad sobresaliente, que tantos quisieran tranquilizarlo, aquietarlo, detenerlo: Ya, don Julio, por favor, no pregunte más, no averigüe, no insista, no quiera saber lo que no se puede decir.

A Julio se le mira mal por ese afán machacón, pero por eso asimismo se le admira. Sus amigos lo admiramos por muchas cualidades más: porque nos ha enseñado a lanzar preguntas a la realidad y a vivir, con pasión, el trabajo que hacemos a diario.

(Treinta y cinco años alrededor de Julio.)


 

Julio Scherer

El cáncer

Escuché a Vicente Leñero por teléfono, la voz lenta, húmeda:

“Llegó nuestro tiempo, Julio. Tengo un tumor en el pulmón. Cáncer. Los médicos me dan dos años de vida.”

Vicente me evitó una respuesta que habría sido superflua. Simplemente se retiró del teléfono.

Yo me acompañaba en la casa con algunos de mis hijos y en ese momento nada les dije acerca de la noticia que me laceraba. Necesitaba estar solo.

La palabra de Vicente tenía dos acentos: el irónico y el sarcástico. Ahora asomaba el lenguaje del dolor que ya no lo abandonaría.

Vicente rehuía a los médicos como augures de las malas nuevas. Los galenos se las ingeniaban para encontrar males en cuerpos perfectos. Del momento de la derrota no quería saber. Quería para él el final súbito. Un plomazo o un infarto y ya. Sería todo.

Sus amigos le urgíamos para que confrontara su pasión por el tabaco. No era buen camino su adicción: cajetilla y media o dos paquetes diarios. Él replicaba con humo equívoco.

(Proceso, 7 de diciembre de 2014.)


 

Vicente Leñero

La noche del adiós

Te voy a pedir una cosa Vicente –me dijo Julio–. Nada más aquí en confianza y a ti, porque los demás no me van a hacer caso. Pero tienes que jurármelo –me soltó el brazo–. Cuando veas que me empieza a fallar la memoria, al primer indicio, a la primera pendejada que suelte, dímelo así nomás con toda franqueza, de frente, sin miedo: Ya estás pelas, aguas. Dímelo para irme de Proceso, y ya.

–No hace falta, Julio, carajo. Quedamos en irnos cuando cumpliéramos veinte años en la revista, ¿qué no? Falta poco.

No recuerdo bien cuándo y cómo sellamos el pacto, quién lo sugirió. El caso fue que durante los tragos de una comida, Julio, Enrique Maza y yo acordamos retirarnos de Proceso antes de que nos venciera la vejez. Dejarles a buen tiempo el campo libre a los compañeros que venían detrás.

Lo cumplimos. El 6 de julio de 1996 dijimos adiós al trabajo reporteril y renunciamos a nuestros cargos directivos.

–Qué pronto se hace tarde –le comenté a Julio, y le comenté a Enrique Maza la noche del adiós usando la frase de Fernando Savater que yo le había puesto de título a una obra de teatro.

(Treinta y cinco años alrededor de Julio.)