Civilidad y violencia Navidad de gánsteres en La Habana

En la historia del crimen organizado mexicano, hay que incluir una reunión de 45 importantes capos estadunidenses en La Habana, durante las navidades de 1946. El acontecimiento fue clave en la expansión del crimen organizado por toda América Latina.

Los asistentes justificaron el cónclave con el argumento de celebrar el éxito obtenido por el entonces joven Frank Sinatra. Pero en realidad, era parte de una maniobra desesperada del primer “Jefe de Jefes” (capo di tutti i capi), Charlie Lucky Luciano, diseñador y constructor de las reglas que han hecho prosperar y trascender el crimen organizado en esta parte del mundo.

El verdadero nombre de Luciano era Salvatore Lucania. Nació en 1897 en Lercara Friddi, Sicilia, el mismo poblado de donde habían migrado hacia “América” los padres de Sinatra. Lucky diseñó los cimientos de la Mafia sobre la prosperidad nacida de la prohibición de la venta de bebidas alcohólicas en Estados Unidos entre 1920 y 1933. Como parte de su operación, los gánsteres establecieron acuerdos con delincuentes y políticos canadienses, mexicanos y cubanos. Las asociaciones delictivas perduraron después de que finalizara la abstinencia forzada, confirmándose así que en el bajo mundo también son válidas las tesis elaboradas por Larissa Lomnitz acerca de las “redes sociales”.

Desde la prohibición, un asociado y amigo de Luciano, Meyer Lansky, se había relacionado con el dictador cubano Fulgencio Batista. El gánster judío aseguraría que ese vínculo “es lo mejor que nos ha podido pasar. No importa que (Batista) sea presidente o que ponga a alguien más; lo tengo en mi bolsillo. Él nos pertenece”. ¿De cuántos gobernantes estadunidenses o latinoamericanos habrá dicho lo mismo algún capo o jefe de plaza?

Si el crimen organizado controlaba a tal grado la estratégica Cuba, es completamente normal que Luciano seleccionara La Habana como el lugar donde empezaría a resolver el embrollo en el que estaba metido, pues aunque era el Jefe de Jefes, había sido expulsado de Estados Unidos. Años antes, en 1936, el poderoso gánster había sido encarcelado para cumplir una condena de entre 30 y 50 años por controlar una red de 62 prostitutas (la imputación lo enfurecería el resto de su vida). Más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, Luciano colaboró en el esfuerzo aliado.

Como retribución a los servicios prestados a la patria, en febrero de 1946, Washington lo deportó a Italia. Para endulzar el exilio, le pusieron de acompañantes a dos prostitutas que se turnaban para atenderlo y mimarlo con una rica cava. Estaba furioso y soñaba con regresar a Estados Unidos. Por esa razón, organizó la Cumbre de La Habana, a donde llegó desde la Ciudad de México en un vuelo privado que despegó del Aeropuerto Internacional Benito Juárez.

Los mafiosos cerraron los cuatro pisos superiores del Hotel Nacional de Cuba, y eligieron el mezzanine para reunirse a discutir y para celebrar. Según diversos testimonios, ahí fue donde Frank Sinatra actuó, y en su repertorio seguramente incluyó la famosa balada Blanca Navidad.

Durante las reuniones, la moción más debatida fue la autorización para que las familias se dedicaran al comercio de narcóticos. En sus memorias, Luciano insiste en que él jamás participó en su contrabando y comercialización, y que en La Habana había dicho a los muchachos que los “quería fuera de ese negocio”. La codicia terminó imponiéndose y la mafia involucrándose. En la medida en que el negocio creció se abastecieron de países latinoamericanos donde prosperaría la delincuencia organizada. Según Luciano, el día en que lo aprobaron, uno de sus fieles le susurró al oído respecto de los mafiosos: “Algún día se arrepentirán”.

La reticencia de Luciano –real o inventada– obedecía a dos razones. La primera tenía que ver con las sobradas ganancias que obtenían de la prostitución, la usura, el cobro de impuestos y derechos de piso como para todavía meterse en un negocio que les daría más visibilidad, pues el consumo de narcóticos en Estados Unidos era ilegal e inmoral. La segunda, con que esa actividad carcomería los “valores” más sagrados del código de honor de los “hombres hechos”, en especial la lealtad y el silencio.

Un cuarto de siglo después, la profecía de La Habana se cumpliría y las familias terminarían fragmentándose en la medida en que los dealers empezaron a acusar a los “capos” amenazados por las Leyes Rico (Racketeer Influenced and Corrupt Organizations Act o Ley federal contra la extorsión criminal y las organizaciones corruptas). En la medida en que el ataque gubernamental contra la Mafia se intensificó, los centros de mando de la criminalidad migraron a Colombia, primero, y a México, después.

Luego de la Cumbre mafiosa de La Habana, fracasó el intento de Luciano por permanecer en Cuba (hasta coqueteó con la idea de hacerse ciudadano de ese país). Washington lanzó un ultimátum a Batista: o deportaba a Luciano a Italia o impondría un embargo en la venta de medicamentos a la isla (utilizó la misma amenaza para “convencer” al gobierno mexicano de terminar con la venta legal de mariguana, experimento que sólo duró seis meses en 1940). En febrero de 1947, La Habana cedió a las presiones y regresó al Jefe de Jefes en un carguero turco. En el viejo continente, Luciano perdió gradualmente su poder y murió de un ataque al corazón en enero de 1962 en el aeropuerto de Nápoles, mientras esperaba a quienes producirían una película sobre su vida.

En diciembre de 1946, ningún latinoamericano participó en la cumbre de La Habana. Cuando los epicentros del crimen organizado pasaron a manos colombianas o mexicanas, los gánsteres estadunidenses fueron excluidos de los conciliábulos más secretos. En esa historia que se inicia en Nueva York, y continúa en Sinaloa y otras partes de México, hubo un momento de conexión simbólica hace 49 años, cuando varias docenas de gánsteres se reunieron en un hotel de la estratégica Cuba para hablar del business y disfrutar de la aterciopelada voz de Frank Sinatra. Durante las pausas navideñas, también se teje la Historia. l

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Colaboró Maura Álvarez Roldán.