Irán, revolución de regreso a Dios

Enrique Maza y Julio Scherer García

En 1979 triunfó en Irán la Revolución Islámica, encabezada por el ayatola Ruhollah Jomeini. La nueva Constitución del país proclamó a su líder como autoridad máxima en todos los ámbitos y estableció como su objetivo la instauración de la “ley de Dios” en el mundo. En medio de la cruenta lucha que actualmente confronta a las potencias occidentales con los mandatos de una religión y una civilización cuya complejidad no siempre comprenden, los siguientes extractos del texto de Enrique Maza y Julio Scherer –publicado en Proceso 165 el último día de 1979– ofrecen una visión abarcadora y concreta del acontecimiento que relanzó la utopía islámica en la época moderna.

TEHERÁN.- En el siglo veinte las edades del hombre se quebraron. Hicieron crisis dos mundos: el que sabe y el que cree, el que planea y el que intuye.

Dueño del tiempo y del espacio, Occidente se adentra en el año dos mil. Un arte y una técnica nacen de su visión del futuro. En el aeropuerto Charles de Gaulle los espacios de acceso a la nave no se llaman puertas, sino satélites. Satélite uno, satélite dos, satélite cinco. Los pasajeros se introducen en embudos de plástico y desde los túneles transparentes se miran unos a otros. No tienen necesidad de caminar por sí mismos. Avanzan por la acción de plataformas en movimiento. El orden y la perfección son patentes. También el hombre que se avizora: un robot, computarizado.

No es éste el tiempo ni el espacio del Islam. Alá vive, Mahoma vive y Jomeini es hijo de Alá y hermano de Mahoma. Él también es la verdad revelada. Su más allá no es la Luna. Es el paraíso inefable de los hombres, que aquí construyen su felicidad y se despojan de la imperfección para unirse con Dios.

Bárbaro y fanático llama Occidente a Irán. Impuro llama Irán a Occidente. Occidente desprecia. Irán rechaza. Occidente no tiene pasado; la electrónica tomó el mando e inauguró su propio tiempo. El Islam no tiene futuro; busca a Dios y en Dios no hay tiempo.

El tiempo del Islam

Ruhollah Jomeini llamó impuras a las costumbres de Occidente y las prohibió. Jomeini llamó impura a la música de Occidente y la prohibió. La orden fue terminante. Severa es la autoridad del líder. Las consecuencias de su decisión se dejan sentir: no se escucha la música de Occidente. Si acaso en los taxis.

Beethoven proscrito. ¿Tiene algún sentido? ¿Degrada la Oda a la Alegría, el canto de la fraternidad universal?

La ley de Jomeini –Jomeini es la ley– sostiene que Beethoven no es impuro, pero pertenece al tiempo de Occidente, que no es el tiempo de Mahoma. El tiempo ajeno es la vida ajena: cultura, ideales leyes, civilización, utopías, miserias, tecnología, música. El tiempo propio es la fidelidad a sí mismo, la posibilidad de ser.

¿Qué es el hombre? Tiempo. ¿Qué es el tiempo? Historia. ¿Qué es la historia? La transformación de las sociedades humanas. Si el tiempo del Islam acepta el tiempo de Occidente, que es más fuerte que Irán y quiere conquistar el país, abre las puertas al enemigo y traiciona a su tiempo.

La Constitución ordena que el país se cierre a las influencias del exterior, al tiempo de los enemigos de Irán. Es la fidelidad al tiempo de Mahoma, que es el tiempo del Islam.

La Constitución de Irán

El siglo VII, el siglo del Corán y de Mahoma, es el tiempo de la Constitución de Irán en 1979, que invoca a Dios y se apoya en el Islam, llama a la guerra santa y proclama que la razón de la vida es el remanso en la divinidad.

Dueño de la justicia y el perdón, el ayatola Jomeini, hijo de Alá y hermano de Mahoma, gobierna al Islam con poderes absolutos. Puede declarar la guerra o la paz y tiene facultades para iniciar la cruzada que instaure la ley de Dios en el mundo entero.

La Constitución recién aprobada proclama a Jomeini líder único e indiscutible. Lo llama justo, piadoso, informado, valeroso, emprendedor, honrado, íntegro.
Dice el texto:

“La revolución triunfante es la realización de los desposeídos que el Corán ha prometido a las naciones desposeídas y oprimidas de la tierra. Es la victoria de los desposeídos sobre sus opresores.”

Anuncia el documento el destino mesiánico de los musulmanes: “La República islámica es un sistema con fe en Dios, sumiso a su voluntad, fiel al mensaje divino que juega un papel fundamental en la elaboración de las leyes. Dios es el líder eterno que asegura la permanencia de la revolución islámica. Es la esperanza de los pueblos y la posibilidad de purificación para alcanzar el remanso”.

De esta manera, mil 300 años después de Mahoma, el clero se hace de nuevo gobierno y la fe se hace de nuevo política. Setenta y dos expertos, 57 de ellos mulajs (miembros del clero islámico), redactan la ley de leyes. Hasta de su elaboración desaparece la sociedad civil como fuente de autoridad y aun de consulta.
Ciento setenta y cinco principios –ar­tículos– tiene la Constitución. El ciento diez enumera los derechos de Jomeini:

Seleccionar a los miembros del Consejo Guardián; nombrar a la autoridad judicial; fungir como comandante supremo de las Fuerzas Armadas; designar al jefe del supremo comando conjunto y a los jefes de cada arma: ejército, marina y fuerza aérea; nombrar al comandante del Cuerpo Islámico Revolucionario; establecer el Consejo de la Defensa Nacional; declarar la guerra o la paz; aprobar o cesar al Presidente de Irán; conceder amnistías y reducir sentencias.

Hay líneas específicas consagradas al papel islámico que desempeñará el ejército: “No es sólo la defensa de las fronteras del país, sino la cruzada, en el nombre de Dios, hasta que la ley de Dios se establezca por todo el mundo”.

El sha y Jomeini

La Constitución de Irán detalla cómo llegó el sha a la barbarie, en contraste con el liderato “firme y decisivo” del imam (el Pontífice) Jomeini. De un lado las prisiones, las torturas, las ejecuciones y el exilio. Del otro, “el heroísmo del líder, quien en el cenit de la represión expuso a su pueblo los dos motivos que le asistían para continuar en la lucha y consolidar su esfuerzo: el gobierno islámico y el poder del clero”.

Dice el texto:

“El gobierno despótico publicó una carta insultante contra el clero y el imam Jomeini (siete de enero de 1977). Esto sólo encendió la ira del pueblo. El factor de éxito fue la solidaridad de todos los sectores del pueblo contra la brutalidad armada. El precio fueron más de 60 mil mártires y billones de riales en daños materiales. La revolución se implantó al grito de ‘independencia, libertad y gobierno islámico’. El movimiento tuvo éxito basado en la fe, en la unidad de propósitos y en el liderato decisivo que abrió un nuevo capítulo en la lucha de los pueblos del mundo.”

Explica que un factor de unidad de la gran revolución fue el enfrentamiento a la Revolución Blanca del sha, cuyo fundamento era reforzar la dependencia de Irán al imperialismo. Este enfrentamiento se dio por vez primera en Jordad, en 1963, fecha que determinó el liderato islámico de Jomeini.

El documento constitucional compara la revolución con los movimientos pasados, incluido el que nacionalizó el petróleo, en 1952. Fracasaron todos porque no contaron con la filosofía orientadora que ahora guía al gobierno islámico, iluminado por Jomeini.

La Constitución es la apología del ayatola imam Jomeini, vivo en cada una de las páginas de la ley, presente en todo lugar de Irán.

¿Por qué Jomeini?

La revolución iraní culminó en esta Constitución, que repetitivamente afirma su ser islámico.
Los hechos parecen incomprensibles. Un pueblo desarmado, con sus simples manos desnudas, derroca a un dictador poderoso, a uno de los ejércitos mejor armados y a una policía eficaz y omnipresente, más allá de toda previsión computada. Uno de los éxitos aparentes del sha había sido la despolitización de su pueblo. Pero el pueblo se levanta politizado en un sentimiento que va mucho más allá del mero rechazo a la dictadura.

De esta lucha surge un líder religioso al que la Constitución otorga poderes absolutos y al que obedece ciegamente buena parte del pueblo. La lucha, la religión y la política se confunden. Estados Unidos, directamente atacado en su embajada y en sus intereses, no se atreve a intervenir. La República Islámica que surge parece un proyecto invertido del régimen imperial derrocado. Los dos regímenes, a fuerza de ser antitéticos, llegan a parecerse de una manera extraña. Del totalitarismo imperial, pasa Irán a la teocracia absoluta. El sha regulaba su hora por el meridiano de las trasnacionales. El ayatola, por el meridiano de la Meca. El sha había construido una máquina loca de acelerar el tiempo para hacer entrar a Irán, por grado o por fuerza, en un siglo XXI ajeno, como imitamonos de Occidente. El ayatola parece construir una máquina arcaica para remontar el tiempo hacia un Islam original y mítico, donde encuentra el ritmo de la vida de su pueblo.

El pueblo destruye el imperio deslumbrante del sha y elige un líder intransigente y obstinado. No era afecto a las prácticas religiosas y funda una República Islámica rigorista y sectaria. Se levanta en nombre de la libertad y da a luz un régimen autoritario. Aspira a afirmar sus diferencias y desemboca en el integrismo.

Buscar una explicación a estos hechos obliga a retroceder más allá de la revolución misma. No fue Jomeini quien derrocó al sha. Fue Mahoma. Se dice que esta fue una revolución religiosa. Fue más que eso. Fue la restauración de un sueño.

En la historia del Islam, las discrepancias entre los sueños normativos y la realidad de la vida fueron especialmente agudas en la esfera de la organización política. Allí se dieron los más notables fracasos entre las aspiraciones y el logro. Siempre acabó por imponerse la incapacidad de institucionalizar los principios revelados en el cuerpo político. Allí se demostró siempre la irrealidad y se impuso la renuncia al ideal, pero de tal manera disfrazada para proteger la conciencia del pueblo, que la comunidad sigue pensándose a sí misma como la sociedad de Dios.

Para dar respuesta a estas preguntas y resolver estas discrepancias, la comunidad islámica se constituyó en teocracia. Dios tiene el poder político, pero lo administra a través de sus delegados. La misión divina confiere el poder político al Profeta o a sus sucesores. Cuando ese poder se define, no hay distinción entre lo espiritual y lo temporal. La separación de la Iglesia y Estado es impensable en el Islam. El poder temporal es el poder espiritual y viceversa. El Estado es la Iglesia, en cuanto salvaguarda y expande el área de la fe y atiende los negocios de los creyentes. Religión y política son inseparables, “porque el presente mundo perecerá y el otro mundo permanecerá”.

El parteaguas del tiempo

El imamato es puesto de elección y requiere condiciones especiales. Ambas, la elección y las cualificaciones, están especificadas en la Constitución, que dedica al líder su sección octava.
En ningún otro punto se aferran tanto y tan desesperadamente los musulmanes a sus axiomas, sus ideales y sus ilusiones como en su concepto del oficio supremo. Quizá porque en este punto han sufrido más amargas decepciones a lo largo de su historia.

El deterioro empezó en el siglo VIII y carcomió la fuerza del Islam. Se llegó a pensar que el imamato estaba muerto y no podía encontrársele sustituto. Pero la muerte del imamato implicaba la muerte de la obediencia y, por tanto, la muerte del Islam, porque la vida del pueblo se constituiría en el pecado. Por mucho tiempo se instalaron la desesperanza y la resignación, que marcaron también la vida política. Fracasó la ciudad de Dios. La comunidad islámica vivió su fracaso.

La Revolución de Irán es la resurrección del sueño y arranca desde el siglo VII. Es recuperar la esperanza, rescatar el tiempo y revertir el fracaso. El intento de Jomeini –visionario, audaz, contra siglos de historia– es demostrar la realidad del sueño, volver la realidad al ideal perdido, pero en una época y en unas circunstancias que le arrebatan el dominio del tiempo.

Aunque el régimen del sha y el régimen de Jomeini se parecen extrañamente, no tienen nada en común. Uno es el tiempo de la iniquidad; otro es el tiempo de la pureza. Uno es el tiempo del exceso, del lujo, del saqueo; otro es el tiempo del ascetismo. Uno es la dinámica de los apetitos, de las satisfacciones terrenas y desiguales; otro es la dinámica del puritanismo espiritual. Uno es el tiempo de la sociedad abierta al pillaje y a las concupiscencias del imperialismo; otro es el tiempo de la sociedad sólo abierta a los hermanos musulmanes y cerrada a toda influencia extranjera.

Uno es el tiempo de los poderosos del mundo; otro es el tiempo de los desposeídos de la tierra. Jomeini es una amenaza y un reto al siglo XXI de los occidentales y de los ricos. Irán es el parteaguas del tiempo.