MONTREAL.- Una comparación utilizada con frecuencia para describir el poder de la FIFA es que ésta tiene más miembros que la ONU: 209 contra 193.
Sin embargo, al margen de la máxima instancia futbolística del orbe existe otro organismo: la Confederación de Asociaciones de Futbol Independientes (Conifa, por sus siglas en inglés), que agrupa a selecciones de países o regiones con poco o nulo reconocimiento internacional.
“Estamos muy felices de brindar un espacio a equipos que la FIFA ha dejado de lado”, comenta a Proceso desde Alemania Sascha Düerkop, secretario general de la Conifa.
Mediocampistas kurdos (grupo étnico que ha sido atacado lo mismo por Saddam Hussein que por los turcos y el Estado Islámico), delanteros del Tíbet (territorio bajo dominio chino), defensores gitanos (pueblo diseminado en decenas de países) y porteros de Zanzíbar (la región semiautónoma de Tanzania), entre otros ejemplos, juegan en los torneos organizados por esta confederación.
Canchas para todos
El primer esfuerzo por integrar futbolísticamente a naciones, minorías étnicas, Estados sin reconocimiento y regiones estuvo a cargo de la Nouvelle Fédération-Board, fundada en 2003 en Bruselas. No obstante, esta asociación desapareció en 2013. Algunos de sus antiguos miembros, junto con sangre nueva, crearon la Conifa el mismo año, cuya sede se localiza en Luleå, Suecia. Su presidente es Per-Anders Blind, consultor de negocios lapón.
El principal objetivo de la Conifa es construir puentes entre pueblos y territorios que no tienen soberanía reconocida internacionalmente. Cuenta con 33 miembros.
En su primera Copa del Mundo participaron 12 escuadras. Se llevó a cabo en junio de 2014 en la ciudad sueca de Östersund. Provenza –la histórica región del sureste francés– se impuso en penales a la Isla de Man (Gran Bretaña). Asimismo, el primer campeonato europeo de la Conifa se efectuó en junio de 2015 en Debrecen, urbe del norte de Hungría, con encuentros entre seis combinados. La Padania italiana fue la vencedora.
El próximo mayo se disputará la nueva edición de la Copa Mundial de esta especie de “FIFA rebelde”. Participarán 12 equipos. La sede será Sujumi, capital de Abjasia, una república autónoma dentro de Georgia. Abjasia es reconocida por Rusia, Venezuela y Nicaragua, pero los demás países la consideran territorio georgiano. Los partidos serán transmitidos a través del sistema de pago por evento.
Y así como Bélgica, Argentina y España encabezan la clasificación de selecciones publicada por la FIFA a principios de este mes (México se ubica en el puesto número 23), Padania, Occitania y el Condado de Niza aparecen en los tres primeros puestos del ranking “alternativo”.
Sascha Düerkop, asistente de investigación en la Universidad de Colonia y secretario general de la Conifa, explica que los contactos con FIFA han sido discretos y esporádicos, y agrega que el máximo órgano del futbol mundial aplaude el trabajo que llevan a cabo, pero hasta ahí. “No buscamos competir sino ser algo adicional”.
Las dificultades
Un escollo de importancia para la Confederación es el dinero. A pesar de que ha contado con el apoyo de empresas ubicadas en las sedes de sus torneos, busca un patrocinador mayor. Y actualmente labora con voluntarios, pero requiere de personal de tiempo completo para aterrizar todos los proyectos que tiene en mente.
El presupuesto también es un asunto sensible para los equipos de este organismo. Yannick Saint‑Germain es presidente y fundador de Les Québécois, escuadra afiliada a la Conifa. En entrevista realizada en Montreal, expresa que la participación de sus jugadores en la Copa del Mundo de 2016 está condicionada a que se obtengan recursos para el traslado.
“El problema es que los patrocinadores dudan en apoyarnos; aún no están muy convencidos. Anteriormente hemos recibido dinero de algunos diputados provinciales y de personas generosas. También los jugadores aportan lo que pueden”, dice.
Saint‑Germain subraya otro problema, éste de índole administrativo. Hace algunas semanas, la Federación de Futbol de Quebec (afiliada a la FIFA) consiguió cancelar un partido amistoso entre Les Québécois y un combinado del vecino Vermont. La razón fue que algunos de los jugadores quebequenses están afiliados a la FIFA.
“No utilizamos a futbolistas profesionales en activo. El problema es que algunos de ellos, a pesar de haberse retirado ya, trabajan como entrenadores en ligas que forman parte de la Federación de Futbol de Quebec”, puntualiza.
Las tensiones políticas también afectan a la Conifa. En la primera edición del campeonato europeo (2015), las autoridades húngaras negaron visas de entrada a los jugadores de Abjasia y Osetia del Sur, territorios secesionistas de Georgia.
Alberto Vergara es investigador posdoctoral en la Universidad de Harvard. Este politólogo peruano se interesa en la relación entre el futbol y la política. Consultado por Proceso, afirma que el balompié siempre ha estado ligado a las identidades.
Afirma: “Eduardo Galeano decía con razón que un estadio de futbol es uno de los pocos lugares del mundo moderno en que todavía se puede ser ‘nosotros’. Hay que pensar en muchos países donde provoca más orgullo nacional participar en un Mundial que tener un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU”.
Düerkop, por su parte, comenta: “Somos una organización sin fines políticos y debemos mantenernos así. Tenemos un reglamento muy claro: los equipos pueden mostrar sus banderas y cantar su himno, pero no tienen permitido exhibir mensajes políticos en camisetas o pancartas”.
La Conifa ya ha recibido quejas por abrir sus puertas a ciertas escuadras. Cuando Nagorno Karabaj fue aceptado como miembro, la Federación de Futbol de Azerbaiyán pidió públicamente a la confederación revocar su decisión. La Conifa no dio marcha atrás. En un comunicado apuntó que no se rige por cuestiones políticas y que sirve como espacio para las selecciones que no pueden participar en competencias de la FIFA.
Otro adherente de la Conifa que levantó polémica es Tamil Eelam, representativo de la zona homónima que busca emanciparse de Sri Lanka y donde ha operado durante décadas un grupo guerrillero.
Düerkop asevera: “No tenemos nada en contra de la selección de Sri Lanka, pero a nadie se le debe prohibir jugar al futbol. Creo que no podemos dictarle a alguien con qué sentirse identificado. Por eso es importante esta agrupación: para que la gente juegue sin tener que esconder su identidad y su orgullo cultural”.
Y la confederación pretende crecer: el próximo año comenzará con el futbol de playa y planea incursionar en campeonatos para mujeres, discapacitados y jugadores jóvenes.
Düerkop comenta que además busca nuevos afiliados, sobre todo en América. Además de Quebec y Cascadia (un hipotético país que abarcaría la provincia canadiense de Columbia Británica y las entidades federativas estadunidenses de Washington y Oregon), la Conifa ha sumado a sus filas al pueblo Aymara (con presencia en Bolivia, Perú, Chile y Argentina), pero desea incluir a otros combinados del continente. l








