La idea no es nueva. Tampoco es la primera vez que se concreta en ese lugar; pero eso no disminuye en nada su importancia, ni su capacidad de llegar a un público masivo que, en su mayor parte, no ha tenido (o tenido muy poca) ocasión de asomarse a este tipo de espectáculos.
Estoy hablando de la presentación de óperas en el Zócalo de la Ciudad de México y, concretamente, de la función de Payasos (Pagliacci en el original italiano), la conocida y gustada obra de Ruggero Leoncavallo, que el pasado 22 de octubre se presentó ahí, de manera totalmente gratuita por supuesto y que, aun con una deficiente difusión, convocó a no menos de unas 5 mil personas.
Para los que la conocen, el título es por demás atractivo; para los que no ni saben de qué se trata, eso de Payasos tampoco resulta desagradable, o sea que fue buena la escogencia. Otro factor de atracción (el mayor, desde mi punto de vista) fue la presencia del tenor más consentido del público mexicano, Fernando de la Mora, quien estrenó el papel de Canio.
Si bien es cierto que De la Mora tiene algún tiempo de no cantar ópera en Bellas Artes, sí se ha presentado en varios otros escenarios y abordado géneros que le van bien (como el de la canción ranchera con mariachi y toda la cosa); tiene plena vigencia, y prueba de ello es que en las fiestas del pasado septiembre volvió a ser la figura central en el Auditorio Nacional.
Como quiera que haya sido, el caso es que el Zócalo se vio concurrido; se presentó una ópera completa y el público salió complacido y pidiendo más, cosa que habrán de tomar en cuenta las autoridades si es que en verdad quieren atender las demandas culturales de los ciudadanos.
El elenco lo completaron la guapa soprano Eugenia Garza (Nedda) y el eficiente barítono Genaro Sulvarán (Tonio), en los papeles principales; más el barítono Tomás Castellanos (Silvio) y el tenor Evanivaldo Correa (Arlequín). La orquesta –creada para la ocasión al igual que el coro– fue bautizada como Orquesta Sinfónica Mexicana y estuvo dirigida por Rodrigo Macías.
La ópera se presentó completa, con escenografía y vestuario; en toda la forma, como debe de ser. Lo vocal fue lo mejor de la noche: todos los cantantes involucrados –coro incluido– cumplieron a cabalidad su cometido; lo que no puede afirmarse de la orquesta, que sonó con poca calidad para decirlo en una sola frase, sin la fortaleza de sonido que debe de tener en algunas partes y sin la fineza que debe hacer oír en otras.
No es simple la música de Leoncavallo, y sus diferentes momentos y matices deben ser abordados con la precisión y destreza que son los que, justamente, dan el “color” que esta ópera tiene. A esa desincronía “ayudó” la sonorización (dificilísima en la inmensidad del Zócalo) que contribuyó a que, musicalmente, las cosas no salieran del todo bien. No obstante, lo importante es la demostración, una vez más, de que este tipo de cosas pueden hacerse: que la ópera puede ser en nuestro país un espectáculo masivo, que gusta y es disfrutado por la gente; lo único que hay que hacer es ponerla a su alcance.
“Una golondrina sola no hace verano”, señala la sabiduría popular. Es de desear que estos Payasos no se queden solos y, por supuesto también habrá que cuidar los costos porque, se dice, por tres funciones (dos anteriores se hicieron una en Xochimilco y otra en una ciudad del interior de la República) se gastaron 10 millones de pesos. Eso es más de 3 millones por función que, sinceramente, no se ven ni oyen en el escenario.








