Filosofía de Seminario*

Nuestras puertas están abiertas para todo aquel que quiera bailar, sin importar su raza, la forma de su cuerpo o su edad. Esta política es contraria a la mayoría de las escuelas de ballet en el mundo. En algunas de ballet en el mundo. En algunas de las más prestigiadas, sólo se aceptan niños y aún en estos casos, se les somete a rigurosos exámenes fisiológicos.

A lo largo de mi carrera, he podido observar que hay ocasiones en que personas, aparentemente sin aptitudes físicas, logran superar sus limitaciones y convertirlas en grandes artistas. La vocación  y el talento no se pueden medir con exámenes superficiales, por eso hay que darle a todos la oportunidad de bailar.

Todavía más odioso es el hecho de que el “tipo” buscado tiene tintes racistas. Lo que se busca realmente, es el tipo europeo. Durante muchos años se consideraba que el cuerpo del latino o el negro eran incompatibles con el ballet clásico. En Nueva York participé en innumerables audiciones, en las que se descartaba a las personas por su apariencia, antes de verlas bailar.

En mi experiencia como bailarina y coreógrafa, he podido constatar que la belleza depende no sólo de aspectos físicos, sino también del carácter, la inteligencia y la expresividad del bailarín. La belleza que a mí me interesa no es aquella que se hereda biológicamente, es la que se construye, la que es fruto de la voluntad y la inteligencia.

A menudo las escuelas de danza buscan la uniformidad. Convertir a sus alumnos en una calca, un espejo de otros. A nosotros nos interesa la individualidad de los bailarines, aquello que los hace singulares. Consideramos que entre más plena y feliz sea la vida, mayores también serán las posibilidades creativas, por eso es que en nuestro Seminario tampoco existe esa búsqueda enfermiza de la delgadez, que destruye al bailarín y lo conduce a la osteoporosis y la anorexia.

Danzar es encontrarse, decir quién es uno, es renacer al rehacer el cuerpo. Bailar es llenar con nuestro yo el yo del otro. Danzar es amar.  l

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* Este texto forma parte de los escritos de la maestra sobre la educación artística, que fue entregado por su hijo Gregorio Luke para su publicación aquí.