En 1990, apenas cayó el Muro de Berlín, Hans Magnus Enzensberger compiló los artículos y crónicas de una decena de escritores sobre lo que observaron durante los cruentos años de la Segunda Guerra Mundial y los publicó bajo el título Europa en ruinas. Relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948, que por primera vez traduce al español Ediciones Culturales Paidós en su sello editorial Crítica. En ese volumen de 388 páginas, el escritor, poeta y editor alemán recupera material periodístico de ese periodo de desolación y llama la atención en torno a una singular paradoja: que los vencidos de aquel entonces –los alemanes y los japoneses– se sientan los vencedores “es más que un escándalo moral; es una insolencia política”.
“Poco antes de abandonar Luanda unos amigos americanos me invitaron a un restaurante del mercado negro. Comimos fuera. Todos los comensales daban más o menos la impresión de ganarse también el sustento con el contrabando. Me encontraba sentado de espaldas a la barandilla. Así que no había reparado en absoluto en que detrás de nosotros se habían congregado algunas personas que trataban de pescar la comida de nuestros platos. Inmediatamente la dirección del local envió afuera a un gorila que derribó de un golpe a una anciana y echó a empujones al gentío, compuesto en su mayor parte por mujeres y niños. Algunos de ellos se fueron mientras que otros se quedaron mirando fijamente y en silencio nuestra comida a una distancia prudencial”.
“Aquí en Beirut hay refugiados tendidos en todas los escalones y uno tiene la impresión de que no levantarían la vista ni aunque sucediera un milagro en medio de la plaza; tan seguros están de que no sucederá ninguno. Se les podría decir que más allá del Líbano hay un país que los acogerá y entonces ellos reunirían sus pertenencias sin fe ninguna. Su vida es sólo una ilusión, algo ficticio, una espera sin esperanza, ya no sienten ningún apego por ella; sólo la vida continúa adherida a ellos como un espectro, como un animal invisible y famélico que los arrastra por las calles tiroteadas, noche y día, bajo el sol y la lluvia; respira en los niños dormidos que yacen sobre los escombros con la cabeza entre los bracitos consumidos, acurrucados como embriones en el seno materno, como si quisieran retornar a él”.
“Así pues, la guerra civil continúa causando estragos en El Salvador ya desde hace años y no se vislumbra la paz por ninguna parte. Una y otra vez parecía que el gobierno había alcanzado una victoria decisiva; sin embargo, una y otra vez los rebeldes salían de sus escondrijos y hoy en día apenas son más débiles que antes. No hay que olvidar que su jefatura contaba al principio tan sólo con unos 8 mil seguidores; hoy en día sus adeptos se calculan en unos 20 mil y ello a pesar de sus considerables pérdidas”.
“Lo terrible en este lugar situado al norte de Sri Lanka no es que alguien te puede asaltar, si bien al menos no durante el día; sino la certeza de que gente de nuestra condición expuesta de repente a esta vida se hundiría en tres días. También esta vida, se intuye claramente, posee sus propias leyes; conocerlas nos llevaría años. Un vehículo con policías; de repente se dispersan, otros se quedan parados y sonríen irónicamente, los miro y no tengo ni idea de lo que está sucediendo. Cargan a cuatro muchachos y a tres muchachas en el vehículo; estos se acurrucan junto a otros que ya han sido detenidos en otro lugar, indiferentes, impenetrables. Los policías llevan cascos y ametralladoras, es decir, el poder, pero uno tiene la sensación de que no tienen ni idea. En el periódico hay una columna dedicada a los asaltos cotidianos; sucede que encuentran un cadáver desnudo y los asesinos pertenecen siempre al bando contrario. Hay barrios enteros sin una sola luz. Montañas de ladrillos, debajo los cadáveres sepultados, arriba las estrellas brillantes; lo único que allí se mueve son las ratas”.
Crónicas del Tercer Mundo como las que podemos leer cada día durante el desayuno. Lo único es que las ubicaciones han sido falseadas. Y es que los escenarios de los que se habla no son ni Luanda ni Beirut, ni San Salvador ni Trincomalee, sino Roma y Frankfurt am Main, Berlín y Atenas. Cuarenta y cinco años justos nos separan de las circunstancias que nos hemos acostumbrado a considerar como propias de África, Asia o Latinoamérica.
Al final de la Segunda Guerra Mundial Europa no era sólo materialmente un montón de ruinas; también su bancarrota política y moral era absoluta. Y los alemanes, los vencidos, no eran los únicos que se encontraban en una situación desesperada. Cuando Edmund Wilson llegó a Londres en julio de 1945 halló a los ingleses en estado de depresión colectiva. La ciudad se encontraba sumida en una atmósfera que le recordó la desolación moscovita:
“¡Qué vacío, qué enfermo, que absurdo se ha tornado todo de repente al finalizar la guerra! Ahora que ya no tenemos ningún enemigo que nos pueda distraer, nos vemos arrojados de vuelta a nuestra miserable y humillante existencia. Como empleamos todas nuestras fuerzas en la destrucción, no pudimos construir nada en casa y ahora retornamos a un mundo en ruinas”.
En la visión retrospectiva se pierde precisamente aquello que aquí nos ocupa: la contemporaneidad del observador con aquello que ve. En consecuencia, las mejores fuentes serían los testimonios oculares de los coetáneos.
Aquel que los estudie vivirá, sin duda alguna, una experiencia singular. Porque el signo de la época de posguerra es una ignorancia característica, un estrechamiento del horizonte que se produce de forma inevitable bajo condiciones extremas de Vida. En el mejor de los casos se trata simple y llanamente de un desconocimiento del mundo que se explica fácilmente por el aislamiento sufrido durante años. John Gunther nos habla de un joven soldado de Varsovia con el que mantuvo una conversación en una tarde de verano de 1948:
“Era muy objetivo y sensato. Sabía exactamente lo que Polonia y él mismo habían sufrido. Por el contrario, ignoraba por completo todo lo que se refería al mundo exterior. Nunca había visto a un americano. Así que quería saber si también Nueva York, al igual que Varsovia, había quedado kaputt”.
No obstante, el hecho de que las fuentes den tan poco de sí no sólo se debe a causas externas. Durante los primeros años de posguerra salieron a luz por todas partes las consecuencias tardías de la dictadura fascista. Esto vale sobre todo para Alemania, aunque también se puede observar en otros lugares que también se puede observar en otros lugares (colaboracionistas había en todos los países ocupados). Por eso precisamente, los afectados son los peores testigos. Se atrincheran tras una amnesia colectiva. La realidad no sólo es ignorada, sino simple y llanamente negada. Con una mezcla de letargo, obstinación y autocompasión, los seres humanos retroceden a una especie de segunda minoría de edad.
Quien se quiera dedicar a estudiar los artículos de opinión publicados, con la esperanza de que le proporcionen una visión más nítida de la situación en la Europa de aquel entonces, sufrirá otras decepciones. Apenas hallará juicios sobrios, análisis inteligentes, reportajes convincentes en las columnas de los periódicos y revistas de los años 1945 a 1948. Esto no es sólo debido a las restricciones de las fuerzas de ocupación. Mucho más intensamente se hace sentir la disposición intelectual de los periodistas, su autocensura interior.
Por todas estas razones, no podemos contar con los afectados, dado su grado de consternación. Así pues, quien quiera hacerse una idea, aunque sólo sea relativamente acertada, de las circunstancias inmediatamente posteriores a la guerra, debe recurrir a otras fuentes. Existen muchas razones para pensar que la mirada del outsider es la que nos proporciona la transmisión más segura. Las impresiones más lúcidas nos han llegado de la mano de los autores que siguieron a los ejércitos vencedores de los Aliados. Entre ellos destacan los mejores reporteros de América, periodistas como Janet Flanner y Martha Gellhorn y escritores como Edmund Wilson y Norman Lewis, que no tenían a menos trabajar para la prensa. Todos ellos se sitúan en la gran tradición anglosajona del reportaje literario, que no tiene parangón alguno hasta hoy entre los europeos continentales. A esto se añaden fuentes que se deben más bien al azar, como el informe interno de un redactor americano que trabajaba para los servicios secretos estadunidenses, o los apuntes de emigrantes que intentaron retornar al Viejo Mundo. Más tarde también se pusieron en camino autores de países que se habían librado de la guerra, como el suizo Max Frisch y el novelista sueco Stig Dagerman.
Todos tienen en común que provenían de un mundo similar al nuestro: ordenado, normal, caracterizado por las miles de obviedades de una sociedad civil en funcionamiento. Por eso mismo tanto más intenso fue el choque que les produjo el desastre europeo. No daban crédito a sus ojos ante las escenas brutales y excéntricas, espantosas y conmovedoras que contemplaron en París y Nápoles, en las aldeas de Creta y en las catacumbas de Varsovia. Esta mirada ajena es la que nos puede hacer comprender de la mejor de las maneras lo que entonces estaba sucediendo; porque no se atiene a las reglas gramaticales de la ideología, sino al detalle elocuente. Mientras las editoriales y los escritos polémicos de aquellos años nos parecen extrañamente anquilosados, estos testimonios oculares siguen desprendiendo frescura.
En general los textos de estos espectadores desprenden una sorprendente intuición. En las capitales de las potencias vencedoras estaban trabajando por aquel entonces numerosas planas mayores de políticos, economistas y sociólogos cuyo objetivo era hacer predicciones sobre la futura evolución de Europa. Es asombroso constatar que los informes de los mejores reporteros que estaban recorriendo por su cuenta y riesgo el continente y que confiaban meramente en sus ojos y oídos, superan con creces los análisis de todos esos especialistas.
Cincuenta años tras la catástrofe, Europa se entiende más que nunca como un proyecto común; sin embargo, aún está muy lejos de haber llevado a cabo un análisis complejo de los “años fundacionales” después de la Segunda Guerra Mundial. El recuerdo de esa época es incompleto y provinciano, si es que no ha caído totalmente en el olvido o en la nostalgia. Y esto no sólo tiene que ver con el hecho de que por aquel entonces cada uno estaba pendiente de su propia supervivencia y apenas se ocupaba de lo que estaba sucediendo a su alrededor; también está relacionado con el hecho de que no nos gusta hablar de los muertos que tenemos en los armarios. Mejor volvamos el rostro al futuro brillante del Mercado Común y a la apertura del este de Europa en lugar de pensar en esos tiempos deplorables en los que nadie hubiera dado ni un centavo por el renacimiento de nuestra península: este parece ser el consenso general. Una estrategia bastante funesta porque en retrospectiva se pone claramente de manifiesto que entre los años de 1944 a 1948, sin que los actores se dieran cuenta, se estaban sembrando las semillas no sólo de los éxitos futuros, sino también de los conflictos futuros.
Una bomba es una bomba, el edema de inanición no distingue entre, el blanco y el negro, lo justo o lo injusto, pero ni el poder destructivo de las fuerzas aéreas ni las miserias de la posguerra pudieron homogeneizar Europa y eliminar sus diferencias. Lo que en aquel momento no se podía apreciar en la tierra quemada resultó tener luego, sin embargo, numerosas consecuencias: la tenaz capacidad de supervivencia de las estructuras inmateriales que, por así decirlo, habían estado hibernando en las cabezas de los seres humanos. Las sociedades europeas semejaban ciudades destruidas de las cuales se habían conservado planos detallados y páginas del catastro; sus invisibles esquemas de conexiones y planos de redes sobrevivieron a la catástrofe y hay que decir que en toda su multiplicidad. La diferencia de tradiciones, capacidades y mentalidades ya se hizo patente en sus primeros movimientos. Igualmente variados fueron los intentos de reanimación.
Y si uno cree o ha creído en el pasado que la desgracia en su propia tierra y la visión de una devastación tal podría empujar a los seres humanos a la reflexión y tendría un efecto didáctico en materia de política sobre ellos… puede convencerse: está equivocado. Me muestran determinados conjuntos de edificios y hacen la siguiente constatación: estos fueron destruidas por tal bombardeo y estos por aquel otro, y añaden ciertos episodios. Y eso es todo. No prosiguen con ningún comentario especial, y desde luego no se producen ulteriores reflexiones. Se dirigen al trabajo y hacen cola en todas partes para conseguir víveres.
Ya surgen por aquí y por allá teatros, conciertos y cines, y por lo que yo sé cuentan con muchos espectadores. Los tranvías eléctricos funcionan llenos hasta los topes como en todas partes. La gente es práctica y se las arregla. Se ocupa del hoy y del mañana de una manera que ya intranquiliza a las personas reflexivas.
La ironía de esta historia, o mejor dicho, su sarcasmo ha conducido a que esas fantasías del año 1945 se hayan convertido en realidad en cierta medida. El hecho de que los vencidos de aquel entonces, los alemanes y los japoneses, se sientan hoy en día como los vencedores es más que un escándalo moral; es una insolencia política. Naturalmente nuestros dirigentes no se cansan de proclamar que entre tanto todos somos pacíficos, democráticos y civiles, en una palabra, dóciles, y lo más curioso de esta afirmación es que es cierta. Esta mutación es lo que ha convertido a los alemanes en eso que ellos reprochaban a otros: una nación de mercachifles. Y de ninguna manera son los únicos. Todas las naciones de Occidente luchan entre sí con diversa fortuna para imitarles, y desde el fin del monopolio político del comunismo parece haberse impuesto también en el este del continente la primacía de la economía; tan sólo a los pueblos de la Unión Soviética parecen serles ajenos todavía el pensamiento y la acción económica. Algo está claro 50 años después de la Segunda Guerra Mundial: se ha malogrado no sólo el suicidio de Alemania sino el de toda Europa. Pero cuanto más se sitúe de nuevo nuestra península en el centro de la política mundial y del mercado global, más terreno ganará un eurocentrismo de nuevo cuño. Ya comienza a aparecer en el discurso un eslogan cuyo copyright sólo puede atribuirse el mismísimo Joseph Goebbels: la expresión “Fortaleza europa”. Lo que por aquel entonces tenía un significado militar, retorna como concepto económico y demográfico. Bajo estas circunstancias, una Europa en pleno boom hará bien en rememorar una Europa en ruinas de la que apenas nos separan unos decenios.








