La comuna de Molenbeek, en Bruselas, es objeto de atención de la prensa internacional. La razón: ahí se coordinaron los ataques del viernes 13 en París, y de sus barrios –buena parte de ellos pobres y habitados por emigrantes musulmanes– surgieron yihadistas que cometieron otros atentados en Europa. Varias son las causas que explican este fenómeno. Una de ellas: en aras de disminuir la delincuencia en las calles de la comuna, las autoridades locales “cerraron los ojos” al proceso de radicalización que permeó en sectores de la población musulmana…
BRUSELAS.- Grupos de camarógrafos y corresponsales están apostados frente al bar Les Béguines (las beguinas, mujeres cristianas que ayudaban a los desamparados), ubicado en la comuna de Molenbeek, en la capital belga. Su propietario era Brahim Abdelsam, uno de los kamikazes de los atentados del pasado viernes 13 en París. El gerente era su hermano menor Salah, quien al parecer también participó en los atentados y hasta el cierre de esta edición continúa prófugo de la justicia.
Salah conocía a Abdelhamid Abaaoud, el presunto autor intelectual de los ataques terroristas que creció igualmente en Molenbeek y fue abatido en un operativo de la policía francesa en la localidad de Saint Denis, en los suburbios de París.
El establecimiento fue clausurado dos semanas antes de los atentados por tráfico de drogas.
También en la plaza donde se ubica la alcaldía de Molenbeek hay estacionadas decenas de unidades móviles de televisión. Los fotoperiodistas están por todos lados. En el número 30, un edificio de color blanco sin ningún encanto, estaban domiciliados los terroristas. En las calles aledañas abundan comercios que venden mercancías baratas y de uso cotidiano; hay bares populares, bancos y hasta un baño turco (hammam). Es común escuchar a la gente hablar en árabe.
Luego de que las investigaciones revelaran que los atentados de París habían sido coordinados desde esta comuna de la capital belga, Molenbeek ha sido descrito por la prensa extranjera como un “nido”, “fábrica” o “cuna” de terroristas. Los bruselenses, sobre todo los vecinos de ese barrio, consideran una exageración mediática estas afirmaciones.
Ahí vivieron dos de los perpetradores de los atentados de Madrid en 2004, que dejaron 193 fallecidos. Fue también la base itinerante del autor de la masacre del Museo Judío de Bruselas, cometida en mayo de 2014, que costó la vida a cuatro personas; de la célula de Verviers –nombre de un poblado ubicado cerca de la frontera con Alemania y Holanda– que en enero de este año fue desmantelada por un operativo policiaco en el que murieron dos yihadistas, y del agresor en el tren de alta velocidad Thalys de la ruta Bruselas-París en agosto pasado, quien fue inmovilizado por los pasajeros antes de que cometiera una matanza con un fusil automático.
También desde Molenbeek partieron a Afganistán, vía Londres, los dos kamikazes tunecinos que, haciéndose pasar por periodistas y por órdenes de Osama Bin Laden, asesinaron dos días antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York al comandante afgano Ahmed Shah Massoud, principal opositor de los talibanes.
Un barrio pobre
Molenbeek es una de las 19 comunas de Bruselas (equivalente a las delegaciones en la Ciudad de México). Es la cuarta más poblada con casi 100 mil habitantes, de un total de un millón 185 mil que viven en la capital. Forma parte de la aglomeración capitalina; su principal calle comercial y el edificio comunal colindan con un área del centro de Bruselas donde hay tiendas de diseño, galerías y bares de moda.
Es una comuna pobre en el que existen zonas con una concentración de migrantes de 80%, pero también zonas modernas y de clase media donde se observan menos migrantes. Molenbeek no es la única comuna con esas características en Bruselas.
La tasa de desempleo en ese barrio, por ejemplo, es de 28% en general y de 40% entre los jóvenes menores de 25 años; pero en el conjunto de la capital la primera estadística alcanza 20.5% y la segunda 30%.
Datos oficiales de 2013 registran mayor desempleo en la comuna de Saint-Josse-ten-Noode (29.6%) y otras se acercan con una tasa de 24%: Scharbeek, Anderlecht y Saint Gilles, donde también hay una notable presencia de musulmanes y migrantes.
El 6% de la población belga (alrededor de 600 mil personas) es de confesión musulmana, más o menos el mismo porcentaje que en Alemania, Holanda o Francia.
No obstante, los servicios secretos han identificado a 494 yihadistas belgas: 272 combaten actualmente en Siria e Irak, 75 han muerto, 134 podrían estar de regreso en Europa y 13 más en camino a campamentos de Al Qaeda o el Estado Islámico.
Los franceses conforman el mayor contingente europeo de yihadistas luchando en aquellos países, con mil 200; pero los belgas son los más numerosos respecto a su población nacional (11 millones contra 65 millones de Francia).
Sin embargo, la mayor cantidad de jóvenes que parten a pelear con el Estado Islámico provienen de la municipalidad de Vilvoorde, en la periferia de Bruselas, pero perteneciente a otra región, Flandes, al norte del país y de habla neerlandesa. La prensa también suele referirse a esa localidad como un “semillero” de yihadistas.
Por otro lado, la primera kamikaze europea fue Muriel Degauque, quien se inmoló en Irak en 2005. Ella se radicalizó en Charleroi, una ciudad de la región francófona del sur de Bélgica.
Negligencia
Además de la estratégica posición geográfica del país y la complicada coordinación entre los diferentes cuerpos de policía –problema que responde a la distribución de competencias y a la amplia autonomía de la que gozan las regiones–, existen otros factores internos que explican el protagonismo belga en el terrorismo islámico europeo.
Philippe Moureaux fue alcalde de Molenbeek durante 20 años a partir de 1992. Su partido ganó en las elecciones de 2012, pero fue excluido de la coalición de gobierno que formó la derecha y los ecologistas. Figura del ala más izquierdista e histórica del Partido Socialista, del que fue vicepresidente, Moureaux estableció en esa localidad un sistema de apoyos sociales entre la población menos favorecida y que operaba gente de su confianza, explica al corresponsal el periodista belga François Reman.
En su administración, Moureaux se enfocó en “pacificar” la comuna, que en los años ochenta enfrentó aumentos de criminalidad y violencia, refiere Reman. Las estadísticas de la policía belga indican que entre 2000 y 2011 disminuyeron los índices de delincuencia en la demarcación.
Pero eso ocurrió a costa de “cerrar los ojos” al proceso de radicalización que afectaba a sectores de la población musulmana, opina el periodista. “La comunidad musulmana –dice– se encerró en sí misma; se empezaron a ver más mujeres con velo o incluso burka, y más mezquitas, algunas en la clandestinidad”.
La actual alcaldesa del barrio, Françoise Schepmans, del Movimiento Reformador –partido de derecha al cual pertenece el primer ministro Charles Michel–, ha confesado públicamente estar “rebasada” por la situación y acusa a Moureaux de haber actuado con negligencia frente al extremismo islámico que crecía en la comuna. Pero él lo niega y culpa a los servicios de inteligencia franceses y belgas de no haber evitado los ataques terroristas de París.
El llamado Comité R, instancia que controla la correcta actividad de las agencias de seguridad belgas a nombre del Parlamento y el gobierno, investiga si la inteligencia militar –el Servicio General de la Información y la Seguridad, encargado de la inteligencia exterior– informó debidamente a sus pares franceses de los atentados que se tramaban en Bélgica.
El general Eddy Testelmans dirige esa unidad desde 2012, y en la prensa local ya corren rumores acerca de su eventual su destitución.
En mayo pasado, el diario De Tijd reveló que un reporte del citado Comité R había concluido que el alto militar mintió en una entrevista concedida a la revista Mo en 2013, en la que presumió que el organismo bajo su mando había impedido tres atentados terroristas en suelo belga gracias a informes compartidos por la Agencia de Seguridad Nacional estadunidense.
Otro aspecto inquietante es la grave carencia de recursos humanos y materiales con los que trabaja la inteligencia militar belga, por lo que su personal se encuentra “al límite de sus fuerzas”, reconoció el miércoles 18 Patrick Descy, secretario permanente del Sindicato del Ejército (CGSP-Defensa, por sus siglas en francés), ligado a los socialistas.
En una entrevista con el periódico La Capital, Descy expuso que recientemente una parte del presupuesto de los servicios de inteligencia del país se desvió en beneficio del Batallón Istar (acrónimo en francés de Información, Observación, Definición de Objetivo y Reconocimiento), un equipo de 675 espías que apoyan a los soldados belgas en operaciones de intervención en el extranjero.
Adoctrinamiento
La periodista belga Marie-Cecile Royen, que ha investigado las redes del extremismo islámico de su país, explica que Arabia Saudita “impuso” en Bélgica su interpretación del Islam: el wahabismo o salafismo saudita. Esa corriente pugna por el regreso a los principios más ortodoxos del islamismo, incluyendo la Sharia o ley islámica.
En un reportaje publicado en diciembre de 2013 en la revista Le Vif-L’Express, Royen refiere que el rey Balduino de Bélgica dejó a los sauditas implantar su radicalismo a cambio de la obtención de contratos petroleros ventajosos con ese sultanato.
En 1969, el rey belga autorizó la instalación de la mezquita y el Centro Islámico y Cultural de Bélgica en el pabellón oeste del Parque Cincuentenario de Bruselas. El lugar fue cedido por 99 años y ahí también se alojó la oficina europea de la Liga Mundial Islámica, organización no gubernamental controlada igualmente por los sauditas, asegura Royen.
El sitio se encuentra a pocos metros de la simbólica glorieta Schuman, alrededor de la cual se ubican las instituciones de la UE donde regularmente se reúnen los jefes de Estado y de gobierno europeos.
El gobierno belga retiró en 1990 el permiso para que los profesores sauditas enseñaran la religión islámica, pues tal educación fue juzgada “contraproductiva” para la integración de los musulmanes locales.
Esa decisión no impidió al régimen saudita fundar nuevas organizaciones culturales en Bélgica para continuar con su adoctrinamiento. Royen pone como ejemplo la creación en 1993 del Jardín de los Jóvenes, un centro cultural que imparte cursos de Islam y de lengua árabe y se asienta en la comuna de Anderlecht. Actualmente, el centro anuncia en su página de Internet la próxima apertura de cursos religiosos.
Otro caso es el del Centro Educativo y Cultural de la Juventud, que dirigen wahabistas turcos desde 1998 y se localiza en la comuna de Saint-Josse-ten-Noode. Esta organización además posee una editorial, Dar el Hadith, que comparte sede con la Facultad de Ciencias Islámicas de Bruselas, donde se ofrece un curso teológico de cinco años sin reconocimiento de las autoridades belgas.
Apenas en junio último, durante una conferencia en el Instituto Europeo sobre Cooperación Mediterránea y Euro-Árabe en Bruselas, Royen reiteró “el papel excepcional” que aún ejerce el Islam “ultraortodoxo” de los sauditas en Bélgica, así como de los abultados recursos que dispone para ello.
De acuerdo con el historiador británico Charles Allen –a quien cita la periodista en el mencionado reportaje–, Arabia Saudita ha consagrado desde 1979 más de 70 mil millones de dólares a difundir su Islam radical. Bélgica ha sido uno de los principales receptores.








