Terrorismo sin fronteras

La guerra es un acto de violencia para obligar a nuestro oponente

a acatar nuestra voluntad. Pensar que se puede vencer al enemigo

sin causar un gran derramamiento de sangre es absurdo.

Carl von Clausewitz

Horror y temor. Vivir con miedo. Es lo que el mal llamado Estado Islámico (EI) ha logrado infundir en los habitantes de París con el operativo terrorista, cuidadosamente planeado y coordinado, que mató a 132 personas y dejó centenares de heridos el 13 de noviembre. Violencia demencial y suicida utilizada para sembrar terror. Si la centuria pasada fue la más mortífera de la historia debido a la magnitud, frecuencia y duración de los conflictos bélicos ocurridos en ese lapso, el siglo XXI nació marcado por una forma renovada de expresar el odio y la crueldad humana: el terrorismo surgido del fundamentalismo religioso islámico, basado en una interpretación extremista del concepto yihad (la lucha contra los enemigos del Islam) para justificar la barbarie y lograr sus objetivos geopolíticos e ideológicos.

Recordemos que el terrorismo yihadista a gran escala, con objetivos que antes del 9/11 de 2001 hubieran parecido imposibles, nació en 1980, durante la intervención soviética en Afganistán, como un movimiento internacional de mujaidines (combatientes al servicio de la yihad) provenientes de países musulmanes, entrenados y financiados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Entre ellos se encontraba un joven saudita que llegó a ser el líder de Al Qaeda: Osama Bin Laden.

El atentado de París reivindicado por el Estado Islámico no destruyó los símbolos del poder galo, sino atentó contra la comunidad donde radica la vitalidad y esperanza de toda nación: los jóvenes. La respuesta de Francia fue inmediata. El presidente Francois Hollande declaró que su país está en guerra y ordenó el bombardeo aéreo de Al Raqa –centro neurálgico del territorio dominado por el EI en Siria–, además del envío del portaaviones Charles De Gaulle para reforzar los ataques. Asimismo, solicitó la formación de una coalición mundial para combatir al enemigo. A pesar de la solidaridad unánime expresada por los mandatarios del G-20 reunidos en Turquía, hasta el momento de escribir estas líneas sólo el presidente soviético Vladimir Putin ha respaldado con hechos su alianza bélica con Francia. En contraste, el mandatario estadunidense Barack Obama consideró que sería un error enviar tropas terrestres a Siria.

El terrorismo es una táctica para combatir a un enemigo mucho más poderoso mediante grupos dispersos ubicados en localidades muy lejanas entre sí, e incluso, como se ha comprobado en los atentados de París, por ciudadanos del propio país que sufre el ataque. Por ello, combatir conflictos asimétricos con estrategias militares de la guerra convencional es como “tomar sopa con un tenedor”. Así parece pensarlo Obama: “Supongamos que fuéramos a enviar 50 mil efectivos a Siria. ¿Qué sucede si hay un ataque terrorista generado desde Yemen? ¿Enviamos más fuerzas allí? ¿O tal vez a Libia?”.

Existe una fuerte polémica no sólo sobre cómo combatir al autodenominado Estado Islámico (también llamado ISIS por sus siglas en inglés), sino acerca de lo que realmente es. A diferencia de su pariente ideológico Al Qaeda, con quien cortó relaciones en 2014, el EI pretende conquistar un territorio e implantar un califato mundial. Al parecer controla ciudades como Mosul, Faluya o Al Raqa, con una superficie total del tamaño del Reino Unido, aunque la mayoría deshabitada y pobre. Su líder, Abu Bakr al-Baghdadi, se ha autoproclamado califa de todos los musulmanes –mil 600 millones en el orbe– y pretende imponer un imperio islámico único regido por la sharia.

Henry Kissinger piensa que para evitar el colapso del Medio Oriente es más urgente la destrucción de ISIS que el derrocamiento del presidente sirio Bashar al-Assad, protegido por Putin y repudiado por Obama, quien no ha tomado las medidas necesarias para removerlo ni ha presentado una alternativa política en caso de que ello ocurriera (Wall Street Journal, 16/X/15). La complejidad de intereses geopolíticos y estrategias militares para enfrentar al Estado Islámico podría ocasionar desavenencias.

Paralelamente, el gobierno francés debe hacer frente a la marginación de la población musulmana que vive en los suburbios de París en condiciones de pobreza, fracaso escolar y desempleo que propiciaron las violentas protestas del 27 de octubre al 17 de noviembre de 2005, en las que participaron miles de jóvenes. Una década después, la situación de desarraigo, indignación y desesperanza se ha agravado y ha conducido a una situación aterradora. Algunos jóvenes musulmanes nacidos en Francia y otros países europeos se han radicalizado, han viajado a Siria e Irak para recibir entrenamiento militar e ideológico y al regresar se han vuelto cómplices del terrorismo yihadista en sus países de origen. De acuerdo con el reporte Tendencias terroristas publicado por Europol, Francia es el país más afectado con mil yihadistas de un total de entre 3 y 5 mil en toda Europa (Proceso 2037).

Además del desafío social y de seguridad pública que ello implica, Francia y la Unión Europea enfrentan el fortalecimiento de una ultraderecha xenófoba que puede radicalizar y polarizar a los ciudadanos franceses y europeos con el riesgo de agravar la violencia. La aceptación creciente del discurso antimusulmán de Marine Le Pen, líder del ultraderechista Frente Nacional francés es una muestra. Asimismo, la derechización del electorado europeo obstaculizará una política sensata y humanitaria ante el imparable alud migratorio. Varias naciones ya han empezado a objetar la política de la Unión Europea para recibir refugiados.

El terrorismo yihadista no tiene fronteras. El mismo día de la masacre de París, un suicida se hizo estallar con bombas en Bagdad. Un día antes, hubo un doble ataque suicida en una mezquita chiita de Beirut; en octubre, la masacre de Ankara contra manifestantes kurdos y la explosión del avión ruso poco después de despegar de Egipto; antes, el 11-M de 2004 en la estación de Atocha de Madrid, el atentado perpetrado en el Metro de Londres el 7 de julio de 2005, el asalto al Parlamento y al Museo del Bardo, en Túnez, el pasado 18 de marzo; el ataque suicida del 19 de abril, primero reivindicado por el Estado Islámico en Afganistán y, por supuesto, el crimen contra Charlie Hebdo en enero de este año. La barbarie amenaza a la humanidad entera. Occidente no está exento de responsabilidad.  l