La Ciudad de México necesita una política cultural que sustente, regule y evalúe la promoción de las artes visuales en el espacio público. De gran relevancia en urbes donde el disfrute del entorno se vincula con el turismo cultural extranjero y local –Berlín, Boston, Chicago, Londres, Nueva York–, el arte público es una disciplina que en nuestra ciudad está no sólo descuidada sino también muy mal utilizada.
Con decisiones discrecionales por parte de funcionarios que evidencian ignorancia artística, sobrevaloración acrítica de firmas legitimadas y menosprecio a la creación artesanal, las prácticas tridimensionales en el espacio público requieren de una normativa que garantice su pertinencia, pluralidad y seguridad de los montajes.
Invitado por Eduardo Vázquez Martín, secretario de Cultura de la Ciudad de México, el artista y exfuncionario panista Felipe Ehrenberg (México, 1943), fue el encargado este año de conceptualizar, diseñar, curar y coordinar la producción de la fallida ofrenda que enmarcó las celebraciones del Día de Muertos en el Zócalo capitalino. Dedicada a conmemorar los 30 años del terremoto de 1985, la ofrenda fue elaborada con el apoyo y manufactura de los colectivos de la Red de Fábricas de Artes y Oficios, mejor conocidos como los Faros de Oriente, Indios Verdes, Milpa Alta y Tláhuac.
Concebida por Ehrenberg con base en la representación simbólica de los rumbos del universo prehispánico y el camino de flores que guía a las almas, la ofrenda, emplazada de manera circular alrededor del asta bandera, estuvo integrada por cinco altares piramidales con siete niveles cada uno que se coronaban por un arco de flores. Enfrente de estas pirámides, el artista planeó colocar cuatro enormes tzompantlis de metal, de aproximadamente 8m de alto por 16 de ancho, que sostenían en ocho niveles 95 cráneos de 80x70cms, pintados con una sección negra y otra blanca. Esta última tenía la función de servir como soporte para un juego lumínico.
Sin embargo, debido a que una de estas estructuras se derrumbó el 31 de octubre a mediodía, ante la vista de 200 a 300 personas, lesionando inclusive a cinco de ellas (datos de Protección Civil de la Delegación Cuauhtemoc), los tzompantlis se redujeron a tres, y la megaofrenda se convirtió en un escenario caótico y mediocre cuya restauración provocó el cierre del Zócalo durante varias horas, no sólo del sábado, sino también de los principales días de la festividad: el 1 y el 2 de noviembre.
Si bien Felipe Ehrenberg tuvo el beneficio de resonar en la opinión pública a su regreso de una estancia de 15 años en Brasil, ¿cuál fue la ventaja que tuvo la ciudadanía con el diseño y coordinación del artista?
Sobresalientes por su trabajo en cartonería, los integrantes del colectivo Última Hora, participantes como mano de obra, podrían haber sido, con mayor éxito, los creadores de la Magna Ofrenda.
Silencioso –por lo menos hasta el miércoles 4–, Eduardo Vázquez nos debe dos explicaciones: un recuento veraz de las causas del accidente, y una descripción detallada de los argumentos que justifican tanto la invitación al artista como la aprobación de su proyecto. Si el tzompantli se hubiera colapsado por la noche, cuando el Zócalo estaba lleno de jóvenes, el accidente no se hubiera podido disimular. l








