El escultor de Guadalajara

Aunque la vasta obra escultórica de Miguel Miramontes, quien falleció en Chapala el jueves 15 de octubre a los 97 años, se encuentra diseminada por distintos lugares de la geografía mexicana, lo mejor de la misma se conserva en Guadalajara. Cabe decir que lo más relevante de ese legado puede ser visto en muchas plazas, plazoletas, jardines, rinconadas, calles, andadores, avenidas y glorietas de los cuatro sectores tapatíos, y en lo dicho figuran lo mismo estatuas de próceres de nuestra historia que piezas alegóricas, pasando por la efigie de varios de los grandes escritores y artistas de Jalisco.

Lo anterior significa que muchas de esas esculturas –incluidos relieves– son más que familiares para legiones de transeúntes tapatíos, aun cuando la inmensa mayoría de éstos ignore quién es su autor. Lo anterior, muy lejos de disgustar a Miramontes, lo veía como motivo de orgullo, pues en más de una ocasión llegó a decir que siempre lo había seducido la idea del autor que logra ocultarse detrás de su obra y máxime cuando ésta llega a ser un trabajo logrado, que la gente hace suyo. No son pocas las obras de escultura pública realizadas por el recién fallecido maestro tapatío que cumplen sobradamente con esta doble vertiente de logro estético y apropiación popular.

Ese es el caso, por ejemplo, de los graciosos Niños meones (el conjunto escultórico en bronce que se instaló originalmente en el costado sur del antiguo Hospicio Cabañas y que años después fue reubicado en el andador Morelos, esquina con Gerardo Suárez, en la plaza Tapatía), o su Morelos ecuestre, en el parque del mismo nombre, por el lado de la calzada Independencia, o buena parte de las esculturas mejor hechas de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, o la alegoría de La Fertilidad, a la entrada del mercado de Abastos, o los relieves en la base del obelisco que remata la glorieta del Álamo, o La soldadera que se encuentra en el camellón de la avenida Revolución, a la altura de calzada del Ejército, o Los futbolistas, en la plaza Río de Janeiro, enfrente del estadio Jalisco, etcétera.

Lo menos que se puede reconocer en todas las obras antes mencionadas es su bienhechura. Pero la cosa no queda sólo ahí, pues la mayoría de ellas posee algo más: expresión, emotividad, elegancia, fuerza, gracia…, atributos que suelen ser más bien raros en la modesta estatuaria pública de nuestra ciudad, donde con frecuencia se echa de menos la corrección más elemental requerida por este tipo de trabajos. Por ello, no es exagerado considerar a Miramontes como el escultor de Guadalajara, máxime si se tiene en cuenta que, a diferencia de muchos otros escultores, él gustaba de trabajar directamente sus obras y valiéndose rara vez de algún ayudante.

Nacido en la capital jalisciense, donde vio la primera luz el 8 de mayo de 1918, Miguel Miramontes no hizo sin embargo sus pininos escultóricos en su ciudad natal ni tampoco realizó aquí su formación académica. En el primer caso, cuando era apenas un adolescente trabajó como aprendiz del imaginero queretano Felipe Galindo, de cuyo taller salían esculturas religiosas para distintos lugares del país. Ya de regreso en Guadalajara, a mediados de los cuarenta, entró al taller de orfebrería de los afamados hermanos Martínez Sandoval, cuyo gusto por el futbol los llevó a fundar tanto el famoso club Oro –del cual, por cierto, formó parte el joven Miguel Miramontes, quien llegó a debutar en la Primera División–, sino también el primer estadio de este deporte que existió en Guadalajara: el célebre parque Martínez Sandoval, varias décadas anterior al estadio Jalisco.

La formación académica le llegó tarde a alguien que ya había hecho camino al andar, pues fue hasta 1947 cuando Miramontes ya rondaba los 30 años, se traslada a la ciudad de México para inscribirse en la Escuela Nacional de Bellas Artes (la Academia de San Carlos), donde habrá de tener como mentores a varios maestros escultores identificados con la estilo nacionalista: Ignacio Asúnsolo, Luis Ortiz Monasterio, Luis Sahagún y Antonio Rodríguez Luna.

Tres años más tarde conoce a otro escultor postulante de la “escuela mexicana”: Juan Olaguíbel, en el momento preciso en que éste había venido a Guadalajara para hacer el monumento de los Niños Héroes, en la glorieta en que confluyen las avenidas Chapultepec, Mariano Otero y Niños Héroes. Para esta obra monumental, rematada con una alegoría de La Patria en cantera, el maestro Olaguíbel no sólo contrató como ayudante a Miramontes, sino que ese prometedor joven sería su colaborador en todas las obras públicas que realizó en lo sucesivo.

A partir de los años cincuenta comienza la etapa más provechosa en la carrera de Miguel Miramontes. 1953, en particular, tiene una significación múltiple para él: se establece en definitiva en su ciudad natal; es invitado por el pintor Jorge Martínez, quien acababa de fundar la Escuela de Artes Plásticas para la Universidad de Guadalajara, para que abra y maneje la carrera de Escultura en dicha escuela, y conoce a Agustín Yáñez, el entonces flamante gobernador, quien comisiona a Miramontes numerosas obras: una notable alegoría de El Magisterio a la entrada de la Normal de Jalisco, una obra que desde hace algunos años –cuando alguien discurrió agregarle un aparatoso enrejado en el frente de ese edificio– ya no puede verse desde el exterior.

El gobernador Yáñez también le encarga las estatuas sedentes de José Clemente Orozco y Mariano Azuela, en la plazoleta de los Arcos de avenida Vallarta, enfrente de la Casa Taller José Clemente Orozco. Sobre este par de esculturas en cantera, Miramontes contaba que él pensaba esculpirlas erguidas, dándole al entonces gobernador mil y una razones para ello, a lo que el mandatario respondió escuetamente: “En algún momento ambos tuvieron que haberse sentado”. Por este motivo, agregaba el resignado escultor, “tuve que representarlos sentados”. Y precisamente por esa singular posición tanto de su Orozco como de su Azuela, cierta maledicencia popular comenzó por llamarle al sitio donde se localizan ambas glorias del parnaso jalisciense “la plaza de los estreñidos”.

Otra reiterada comisión escultórica oficial, que comenzó durante el gobierno de Yáñez y que se repitió en muchas otras administraciones estatales, fue la solicitud para esculpir en bronce la estatua de varios de los jaliscienses ilustres que pueblan la céntrica plaza de la rotonda: Clemente Aguirre, Mariano Azuela, Jacobo Gálvez, el Dr. Atl, Gabriel Flores y, entre otros, el propio Agustín Yáñez. Una curiosidad digna de mención y que mucho apenaba a Miramontes es que su estatua del Dr. Atl, por avenida Hidalgo, frente al costado norte de la Catedral, tiene mutilada la pierna equivocada: la izquierda y no la derecha. Pero el error no es imputable a Miramontes, sino a quien desaprensivamente le dio una fotografía invertida de cuerpo entero del gran paisajista mexicano.

Miguel Miramontes siguió trabajando hasta los últimos días de su prolongada vida y deja para el presente y para el porvenir un testimonio cierto de que se trata del escultor de Guadalajara.

Corrección. En mi colaboración anterior se dice que el antiguo estacionamiento subterráneo de la plaza Guadalajara fue convertido en morada de vendedores ambulantes en la administración de Alfonso Petersen Farah. Conviene precisar que tan desafortunado proyecto comenzó a finales del trienio de Emilio González Márquez, continuó durante el interinato de Ernesto  Espinoza Guarro, cuando González Márquez se postuló como candidato del PAN a la gubernatura. A Petersen Farah le tocó concluir el proyecto de marras, bajando a los comerciantes callejeros a los minilocales construidos con el dinero de los tapatíos.  l