En un par de horas, en unos cuantos pasos, con apuestas rápidas, la vida puede cambiar para siempre; por lo menos así le ocurre a Victoria (Laia Costa) cuando sale a las 4 de la madrugada de una disco en Berlín y acepta seguir a un grupo de jóvenes que se presumen auténticos berlineses.
Española recién instalada en la capital alemana, se ve sola y dispuesta a conectarse; la tensión escala y la aventura patina de manera estrepitosa.
Filmada en tiempo real, un espectacular plano secuencia de más de dos horas, Victoria (Alemania, 2015) concreta la formación de un nuevo género cinematográfico que venía evolucionando tiempo atrás, el de la realidad calcada en el cine, sin cortes ni montaje. Esta mímesis de lo real, en tiempo y acción, se libera del documental, inventa un lenguaje propio y fabrica su propia ficción.
Ejemplos clásicos de planos secuencia en el cine abundan, como el de Scorsese en Buenos muchachos, o recientemente Béla Tarr y Alejandro González Iniarritu (Birdman); ahora la tecnología moderna ha hecho realidad el sueño de Hitchcock que hubiera querido filmar La soga (1948) en una sola secuencia.
Sebastian Schipper, realizador de Victoria, organiza la secuencia de manera perfectamente lógica; la cámara de Brandth Grovlen elige a cada momento la postura más económica, la que mejor describe lo que pasa; de entrada satura el cuadro con la danza de Victoria en la disco, como si la descubriera allí; después la sigue, intrigada, hasta ya no poder soltarla un solo momento. La cámara se vuelve una presencia, adquiere su propio pulso, y nunca sabe más que el espectador mismo que acompaña, inquieto, a la joven española que se lanza a la aventura sin pensarlo dos veces; la misma cámara se sorprende con los giros inesperados y se aterra con el peligro.
En ciertas películas los planos secuencia se ven gratuitos, equivalen a mantenerse bajo el agua sin respirar; el corte llega como bocanada de aire. Sebastian Schipper, en cambio, respira aquí como pez en el agua, la cámara se desliza por un andamiaje de planos que alternan intimidad con planos de detalles, interiores con exteriores, idas y regresos, titubeos y sustos. Cada momento es único y encuentra su propio lenguaje; el de Victoria atraída por el abismo en la azotea del edificio, o el de la toma de espaldas mientras toca el piano en la cafetería, o el de la sorpresa y la ternura de Sonne (Frederick Lau), el tipo del grupo por el que se siente atraída.
Actor y realizador protegido de Tom Tykwer, Schipper ofrece su versión siglo XXI de Corre Lola corre, la técnica de cine al servicio de una experiencia sensorial con una historia coherente. Victoria es una heroína de la misma talla pero sin meta clara; sólo existe en su deseo de pertenecer, de formar parte del grupo, de ser aceptada por esos chicos que se conocen desde niños y que confiesan haber hecho cosas malas sin ser malos. La española Laia Costa establece una corriente de sensaciones con cada uno de ellos.
El tema es el de siempre, drogas y alcohol, el mundo nocturno, el trance colectivo de la música, la voracidad de vida de jóvenes que no quieren que la noche acabe.








