El nuevo mandatario de Nuevo León es un fenómeno: candidato sin partido –pese a su antigua militancia priista–, holgadamente ganó en las urnas una gubernatura con un discurso que le prometía a los ciudadanos una nueva era y, sobre todo, un ajuste de cuentas con administraciones anteriores. Luciano Campos Garza, corresponsal de este semanario en la entidad norteña, reconstruye el recorrido de ese político mediático en el libro Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco. Claroscuros del hombre que derrotó al sistema (Temas de hoy, Planeta-Ediciones Proceso, 2015), fragmentos del cual se reproducen a continuación.
Armando J. Zertuche Zuani lleva media vida ejerciendo la psicología social. Tiene una maestría en psicoterapia de grupos. Desde 1987 es consultor independiente en el área del desarrollo humano, tiene su propia escuela para ejecutivos. Ha impartido cursos, talleres y conferencias a empresas públicas y privadas, nacionales e internacionales en todo México. Nunca ha cruzado una palabra con Jaime Rodríguez. No lo conoce en persona, pero ha seguido su trayectoria y sus progresos en la política, principalmente en el año en que se convirtió en gobernador de Nuevo León.
Zertuche Zuani considera absolutamente posible que una persona cambie a partir de un evento traumático, como los que le han ocurrido a Rodríguez Calderón.
“Todo esto que Rodríguez ha aprendido pasa por dos dimensiones: uno, cuánto sabes y, dos, a cuánta gente ayudas con lo que sabes. Porque hay mucha gente que sabe mucho y ni a los de su casa ayudan, está bien visto. En esto hay que ver a cuánta gente va a ayudar con lo que sabe El Bronco y, eso, regresamos a lo mismo, tiene que ver con el nivel de conciencia. Existen dos tipos de protagonistas en el campo de la política y otras áreas de la vida, uno al que llamamos protagonista estructural y otro el protagonista funcional, que es lo que puede ser él, funcionando, influyendo para bien en mucha gente, empezando a gobernar Nuevo León. Por ejemplo, Enrique Peña Nieto no es protagonista funcional, sino sólo estructural, porque sólo encaja como mandatario en la estructura de un organigrama, en la que él es presidente de la República Mexicana. Pero no es protagonista funcional. Pudiera serlo, si le aportara más beneficios al país, al pueblo, siendo más auténtico, consciente, firme, más honesto y todos esos temas. Peña Nieto no puede llegar a ser funcional, obviamente. Tendría que vivir experiencias que despertaran niveles superiores de conciencia que lo pongan por encima de la entrampada red de intereses particulares. Así como está, a mí no me funciona el presidente, porque me perjudica, junto con millones de mexicanos.”
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“Qué chingados voy a seguir siendo priista, a lo mejor nunca lo fui”, dice Jaime Rodríguez, del partido del que renegó luego de 33 años de militancia. El pasado político fue el lastre más pesado que arrastró durante la emancipación. Sus enemigos decían despreocupadamente que era un farsante, un encantador de serpientes. Que era la avanzada del PRI para tomar, por otra vía, el Palacio de Gobierno. Que Jaime era la vanguardia de los Illuminati rancheros de la “grilla” local, y que él sería únicamente la fachada de una nomenklatura tricolor, que seguiría rigiendo sobre Nuevo León. Aunque el priista se vista de independiente, priista se queda, solían decirle. Pasada la elección, se demostró que ningún bulo fue más poderoso que su determinación por ganar. El Bronco no tuvo que esforzarse mucho por despojarse de las prendas de colores verde, blanco y rojo, y la sigla Pe Erre I. La ciudadanía se lo creyó de inmediato. Cualquier duda que hay sobre el respaldo ciudadano, se responde con el resultado de la elección: 5 de cada 10 que sufragaron le creyeron, o los engatusó, según vean adeptos o contrarios.
Reconoció que enfrentó dificultades para terminar la carrera, pues no era el mejor alumno, y que dejó varias materias en segunda oportunidad. Pero los trompicones en el aula no fueron obstáculo para que avanzara en la política. “Ahora tengo trabajando para mí a los que sacaban los dieces”, se ufana. Uno de los principales obstáculos que enfrentó fue el transporte. Cuando estaba por finalizar sus estudios, Jaime efectuó, con otros estudiantes, una huelga simbólica en la UANL, para reclamar al entonces gobernador de Nuevo León, Alfonso Martínez Domínguez (1979-1985), el incremento al transporte urbano. El alza afectaba a él, a sus hermanos y a miles de estudiantes que batallaban para llegar a la escuela. Rodríguez ha contado que entonces don Alfonso, quien era una de las figuras grandes del PRI nacional, lo convocó a su despacho, donde lo reprendió por revoltoso. Pero le cayó bien el muchacho de Galeana. El mandatario acordó crear un fideicomiso para apoyar a los alumnos. Asunto arreglado. El joven ranchero pudo, así, concluir sus estudios. Desde entonces se acercó a quien había sido regente del gobierno capitalino. “Era su mandadero”, dijo Jaime, en su relación con Martínez Domínguez, quien impulsó su carrera. Cuando se graduó de agrónomo, se afilió al PRI y comenzó como un bebesaurio, impulsado por Martínez Domínguez, quien era, en ese tiempo, uno de los políticos más reputados de México, polémico siempre, pero muy poderoso. Viajó a la Ciudad de México donde trabajó en la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos. Fue enviado a la sierra de Zacapoaxtla, en Puebla, incorporado al Instituto Nacional Indigenista. Ahí fue jefe del Programa Forestal. Después regresó a Galeana, para unirse a la organización campesina La Forestal, donde participó en varios proyectos. Rodríguez tenía 25 años cuando era el manager del equipo de beisbol de Pablillo.
Como muchacho de rancho, se integró a la Confederación Nacional Campesina (CNC), y fue nombrado secretario de Acción Juvenil en Nuevo León y dirigente nacional de la Vanguardia Agrarista Juvenil.
Durante la dirigencia de Colosio Murrieta, en 1991, Jaime se postuló y ganó en la elección interna de la presidencia de la CNC en Nuevo León, aunque enfrentó la resistencia de los candidatos perdedores, que al final terminaron por ceder. Flaco, moreno y altivo, así se ve Rodríguez en fotografías de prensa de la época, cuando comenzaba a figurar en la política local como un campesino de carácter, que se abría paso entre los políticos de la ciudad, que lo miraban ya con respeto. Se le reconocía cierta cercanía con el presidente Carlos Salinas de Gortari. Se dice amigo de Sergio Salinas, hermano del mandatario, quien en aquel sexenio trabajaba para la Sedesol en el área de Desarrollo Municipal. Fue electo diputado federal en 1991, por el IX Distrito, con cabecera en Linares. Según la leyenda, Salinas de Gortari fue su padrino y decidió que fuera a la Cámara Baja. Ese mismo año Martínez Domínguez fue elegido senador. Jaime se sentía con piernas de jinete y buscó en 1995 la dirigencia estatal del PRI. La revista Monterrey Magazine retoma, en una edición de 2012, un discurso que pronunció cuando se lanzó tras el liderazgo del Revolucionario Institucional. Desde entonces, ya daba muestras de inclusión y de apertura a la base: “Si soy presidente, los de atrás son los primeros que voy a consultar y los de adelante tienen la obligación de trabajar para que el PRI gane. Los alcaldes, los diputados, los gobernantes se tienen que someter a la decisión de los militantes y no al revés. El gobierno tiene que dejar de ser el dueño del PRI y el PRI tiene que dejar de ser dueño del gobierno. Soy bronco y voy a tomar decisiones como las tomamos los norteños, somos broncudos en el buen sentido de la palabra. Me molesta, me irrita, me enoja, que el político que gana se encierre en el clima y haga batallar al que está afuera. Y si yo soy presidente, esas cosas van a cambiar”. Fue vencido por Óscar Herrera Hosking. En la misma contienda participó Cristina Díaz, que obtuvo el tercer lugar. El Diario de Monterrey (hoy Milenio) publicó el encabezado al día siguiente: “Casi gana El Bronco”. La nota fue del reportero Víctor Salvador Vico Canales. Veinte años después, al día siguiente de recibir constancia de mayoría en la CEE, que lo acreditó gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez convocó a un evento masivo en el estadio de beisbol Monterrey, para agradecer a sus seguidores. Ahí le entregó un reconocimiento a Vico por haberlo bautizado con el sobrenombre con el que ahora lo conoce todo el mundo. No obtuvo Rodríguez la dirigencia tricolor, pero sí la secretaría general del partido en la entidad. En 1997 ganó la diputación local por el Distrito 26. Él señala, en su propia biografía, que participó en “negociaciones” de la construcción del paseo Santa Lucía, la Línea 2 del Metro elevado, la reconstrucción de la avenida Venustiano Carranza, y las construcciones de la avenida Lincoln y el Viaducto Sur. Como legislador, Jaime se le rebeló al partido. Ya le decían Bronco, pero todavía no usaba el apodo como nom de guerre para la “polaca”. En la escena pública era un potrillo, pero demostró que tenía una actitud provocadora y hasta subversiva. No le gustaba a Jaime el liderazgo de su coordinador de la fracción. Ese año había ganado la gubernatura Fernando Canales Clariond y le tocaba lidiar con una bancada priista a modo. Los parentescos que han perseguido desde siempre las historias política y empresarial de Nuevo León volvieron a unirse en esa LXVIII Legislatura. El coordinador de los tricolores era Óscar Adame, consuegro de Canales. Fernando Canales hijo y Zaida Adame eran marido y mujer. Se entendía una convivencia civilizada entre compadres que exasperó a Jaime, siempre reactivo. Adame, frente al consuegro Canales, era un líder tibio. Para el tricolor, la conformación de esa legislatura había sido un duro golpe a su orgullo. Canales Clariond no solamente les había quitado el invicto en la gubernatura, sino también en el Congreso local que, por vez primera, se pintaba de mayoría albiazul, con 24 asientos, por 14 tricolores. El joven diputado, presidente de la Comisión de Información y Peticiones, se rebeló al año de iniciado el trabajo en el Congreso y formó, con sus correligionarios César Lucio Coronado y María Elena Chapa, una corriente interna denominada G-3, que pedía más garra contra la gestión del gobernador. Hasta quisieron crear su propio grupo legislativo, aunque la solicitud fue rechazada al interior. Sin embargo, para entonces, el diputado sombrerudo ya daba muestras de insubordinación ante una débil figura de autoridad. Existen, por lo menos, evidencias de que en esa legislatura el PRI fue un contrapeso ligero para el gobernador, pues fueron las iniciativas de éste las que más se aprobaron en el pleno durante el trienio. Pasaron las épocas políticas y 15 años después, hubo otro reencuentro. Los Canales ayudaron a Jaime a obtener la gubernatura como independiente. El padre manifestó simpatías discretas, pero el hijo, quien renunció al PAN, formó parte del equipo de transición del Bronco y se esperaba que ocupara un puesto en su primer círculo de colaboradores.
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En 2000, antes de concluir la encomienda legislativa, Jaime cayó en la tentación de convertirse en un “chapulín”. Y casi lo logra. Pidió licencia como legislador para lanzarse como candidato por el PRI a la alcaldía de Ciudad Guadalupe y fue vencido por el panista Pedro Garza Treviño. Esa candidatura es un pasaje aciago en la trayectoria política de Jaime. Eran tiempos de transición nacional. El ventarrón panista generado por Vicente Fox, que ese año se convirtió en el primer presidente de oposición en la historia de México, benefició a prácticamente todos los candidatos albiazules del país. Fueron malos tiempos del PRI. Derrotado, Jaime regresó a su curul a terminar la encomienda legislativa.
En 1997 Natividad González Parás tuvo que tragarse la derrota ante Fernando Canales Clariond, pero esperó pacientemente y regresó en la elección siguiente. La ganó para el sexenio 2003-2009. El efecto Fox iba en declive y el PAN comenzó una devaluación de la que aún no se repone. En ese tiempo, Jaime fue rescatado por su amigo Abel Guerra Garza, un veterano priista, que tiene décadas viviendo de la política, como alcalde, diputado local y federal. Guerra se integró al equipo de González Parás como secretario de Obras Públicas y luego como coordinador de Proyectos Estratégicos Urbanos. Bajo su protección, Rodríguez fue nombrado director de Concertación de Obras en las dos dependencias. Se recuerda, en ese tiempo, el trabajo de Jaime en la calle, visitando los municipios, haciendo labor de campo. Gastó suela. Desde entonces, se relaciona a Jaime con el priista, a quien reconoce como amigo, aunque los dos han negado que alguna vez hayan hecho negocios juntos. Como militante tricolor, Jaime ganó la elección de alcalde de García y el 1 de noviembre de 2009 asumió el puesto. Como edil, tuvo otra intención de “chapulinear”. Quería ser senador, para luego buscar la gubernatura, ambición que nunca negó. El 30 de noviembre de 2011, en una reunión entre priistas, el entonces dirigente estatal Álvaro Ibarra pidió a los aspirantes prudencia, para que esperaran los tiempos del partido y no se anduvieran promocionando para los comicios que se avecinaban para el año siguiente. En esa ocasión se celebraba el cumpleaños de Ibarra, hoy diputado federal. A Jaime no le importó la investidura del festejado. Espetó ante los micrófonos de los reporteros: “Son idioteces. No podemos esperar los tiempos. Mientras todos los demás andan en campaña, nosotros estamos esperando los tiempos, y la gente ya sabe quién quiere ser. Está mal el presidente del partido. Todos los que estábamos aquí, todos queremos ser algo”. Ya daba muestras del desgaste de su relación con el partido y evidenciaba deseos de ser echado.








