Otras hogueras

La semana pasada recibí la noticia inquietante de que estaba circulando una petición para que mi obra teatral La muerte y la doncella fuera removida de los textos que debían leer estudiantes del Liceo Fair Haven en Rumson, New Jersey.

Un mes antes de este intento de censura –según el cual mi libro desplegaba un lenguaje profano, inapropiado para los virginales ojos y oídos de jóvenes de 17 años–, otra obra a la que me encuentro asociado también fue atacada. Un estudiante recién ingresado a la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, a 20 kilómetros de Durham –donde vivimos mi mujer Angélica y yo–, había denunciado las lecturas exigidas en el curso “La Literatura de 9/11”, debido a que mostraban “simpatía hacia los terroristas”.

Entre los libros que impugnaba ese imberbe –quien previamente no leyó siquiera uno de ellos– estaba Poemas de Guantánamo: hablan los detenidos, para el cual escribí yo el postfacio y que, dicho sea de paso, fue aprobado para su publicación por el mismísimo Pentágono. Estos poemas fueron subsecuentemente recriminados por una caterva de críticos conservadores que acusaban a tales versos de dar voz a Musulmanes que odian a Estados Unidos.

Para alguien que, hace 42 años, después del golpe de Estado en Chile, vio a un grupo de soldados quemando su libro Para leer el Pato Donald –nada menos que por televisión–, tales pretensiones recientes de supresión libresca son particularmente alarmantes, y más aún si se recuerda que los estadunidenses han designado a la presente como la Semana del Libro Prohibido. Aunque nadie ha sugerido –todavía no por lo menos, o por lo menos no en forma pública– que mi pieza teatral o los poemas de Guantánamo sean consignados a una pira inquisitorial, tales asaltos –entre tantos otros– contra la libertad de leer obras que pudieran causarnos malestar derivan, se me ocurre, del mismo miedo chileno de antaño a lo que es controversial o subversivo; diríase que imitan la misma mentalidad de trinchera que trata de descalificar de antemano cualquier reto a nuestras certidumbres y prejuicios.

Ningún autor tiene que dar razones que justifiquen lo que escribe, pero tampoco debemos malgastar la posibilidad de dialogar, aunque sea en forma virtual, con nuestros detractores: el tipo de encuentro que precisamente desean incitar en forma constante los mejores libros.

Tomemos el lenguaje sexualmente explícito de La muerte y la doncella, que algunos padres consideran podría llevar a su progenie a perversos pecados carnales. Paulina Salas, la protagonista, fue repetidamente violada por un doctor durante su detención bajo una dictadura tristemente parecida a la de Pinochet. Traumatizada por la memoria de ese abuso, logra secuestrar años más tarde a un hombre al que ella responsabiliza de su desgracia. Por mucho que su prisionero declare su inocencia, ella incesantemente se burla de él, lanzándole muchas de las palabras soeces que lo acusan de haberlas utilizado cuando ella estaba bajo su poder. Es un modo de exorcizar los demonios de su pasado y de su vagina y de su país.

Por cierto que el vocabulario que espeta no se toleraría en una sociedad regida por cortesías y ademanes civilizados. Pero de eso trata justamente la obra: Lo que sucedió a Paulina no tiene nada de cortés ni civilizado, y está ocurriendo ahora mismo en todo el mundo a miles de mujeres como ella, a miles de hombres. El drama se desplomaría si esa mujer atormentada tuviera que ajustarse a los estándares de un libro de modales y buenas costumbres. La identidad de Paulina se funda en su necesidad de romper todas las reglas, de irrumpir en lo cotidiano con la furia de una diosa que exige justicia, de alguien que no teme expresar la verdad, por desagradable que sea.

La ofensiva contra los poemas de Guantánamo es aún más perturbadora. Podemos, mal que mal, entender que algunos padres –aunque discrepemos de sus impulsos de reprimir lecturas indeseables– quieran tener algún control sobre la educación de sus hijos. Pero, ¿por qué repudiar poemas escritos por prisioneros detenidos hace más de una década sin la posibilidad de un juicio? Sean cuales sean los crímenes cometidos por estos presos –aparte de que ni uno de los actos de terror que les imputan ha sido confirmado ante un tribunal competente–, ¿cómo es posible condenar versos en que extrañan a la familia y a los jardines, en que claman a Dios por su libertad o meditan acerca del perdón y la redención?; ¿cómo negarles la humanidad, el vínculo común que comparten con nosotros, la poesía como un refugio donde los enemigos pueden encontrarse profundamente?

En vez de prohibir libros que nos provocan y nos fuerzan a enfrentar preguntas difíciles acerca de nuestra sociedad y nuestra frágil y contradictoria existencia, ¿por qué no dedicamos mejor nuestras energías a prohibir o por lo menos menoscabar las circunstancias obscenas que han creado a las Paulinas y a los Guantánamos de este planeta?; ¿por qué no abrazamos una literatura que, aunque sea en forma amarga, lucha contra la soledad y la injusticia y la muerte? l

El escritor chileno Ariel Dorfman está por publicar Allegro, una novela narrada por Mozart.