Un mundo en peligro

La Asamblea General ordinaria de las Naciones Unidas ha sido una buena ocasión para medir el pulso de la política internacional. Este año había motivos adicionales para hacerla atractiva: la conmemoración de los 70 años de la organización; la presencia de personajes, como el Papa Francisco; la aprobación de documentos programáticos de largo alcance, como la Agenda para el Desarrollo Sustentable 2030. Estos hechos no ocultaron, sin embargo, que la preocupación dominante en la actualidad es la fragilidad de la paz y la seguridad internacionales; éstas se encuentran amenazadas por la complejidad de los conflictos presentes y la inexistencia de condiciones para trabajar colectivamente en las instituciones creadas con ese fin por la ONU.

En su Memoria Anual presentada a la Asamblea, el secretario general, Ban Ki-moon, dio la señal de alarma. Los ciudadanos, dijo, están perdiendo la confianza en los líderes porque éstos no son capaces de responder a los principios sobre los que se construyó la ONU. El mundo, denunció, vive un sufrimiento que no se vivía desde la Segunda Guerra Mundial.

Los discursos pronunciados por los líderes de los países que son miembros permanentes del Consejo de Seguridad (el órgano facultado para tomar decisiones en asuntos de paz y seguridad) justificaron esa visión pesimista. Las diferencias entre ellos son abismales y cierran la puerta a la posibilidad de repetir la experiencia de la negociación y actividad diplomática que permitió llevar a buen término los acuerdos sobre el programa nuclear de Irán, en julio del presente año. Hoy, la posibilidad de actuar a través del Consejo de Seguridad parece una labor imposible.

Las diferencias más serias se dan entre Estados Unidos y la Federación Rusa respecto a las acciones para poner fin a la guerra civil de Siria y enfrentar el avance del Estado Islámico. En el primer caso, se trata de un conflicto que ha producido más de 350 mil muertos y cerca de 6 millones de desplazados; en el segundo, de grupos islámicos radicales que ocupan ya porciones significativas de los territorios de Irak y Siria, y cuyo comportamiento, de gran crueldad y fanatismo, ha sembrado el terror entre los habitantes de esas regiones.

Los problemas anteriores han provocado, entre muchos otros males, una ola sin precedente de refugiados que han llegado al corazón mismo de Europa, dejando cientos de personas ahogadas en el Mediterráneo y escenas de sufrimientos desgarradoras, transmitidas a todo el mundo por los nuevos métodos de comunicación.

Las posiciones para enfrentar el origen de esos problemas difieren sustancialmente. En su discurso, el presidente Obama puso el acento sobre los valores que encabeza Estados Unidos, los cuales son la base de su liderazgo mundial: el respeto a los derechos humanos y la democracia. Es imposible entonces, desde ese punto de vista, encontrar solución a la situación de Siria favoreciendo al actual presidente, Al Assad, un dictador que ha cometido múltiples asesinatos contra su población. Se requiere buscar apoyo en las fuerzas de oposición moderadas y colocar en los ciudadanos sirios la responsabilidad de encontrar un gobierno democrático. Aseguró, asimismo, la firme decisión de combatir al Estado Islámico a través de bombardeos selectivos que han sido secundados por miembros de una coalición en la que destaca Francia.

El punto de vista de Putin fue radicalmente opuesto. Recordó, primeramente, las consecuencias devastadoras de la intervención de Estados Unidos en Irak, cuyos efectos se sienten ahora con la aparición del Estado Islámico. Además, hizo notar que el debilitamiento de Al Assad sólo ha servido para favorecer el avance del islamismo radical que urge combatir. Poco después de su discurso, pasó a la acción lanzando por primera vez bombardeos en territorio sirio. Según fuentes de información rusa, éstos van dirigidos a militantes del Estado Islámico; según versiones occidentales, no atacan tanto al Estado Islámico como a las oposiciones más fuertes contra el presidente sirio. Sea como fuere, se ha desatado una situación de violencia aún más severa en esa parte del mundo, para la cual no se vislumbra el final del túnel. La acción, desde perspectivas distintas de coaliciones encabezadas por Rusia o Estados Unidos, hace crecer los riesgos de una generalización del conflicto.

Las diferencias en torno a Siria y el combate contra el Estado Islámico no fueron el único dato llamativo que afloró en los debates en la Asamblea General. También estuvo presente el rechazo a un liderazgo único para fortalecer instrumentos de acción de la ONU. En su discurso, el presidente chino Xi Jinping, después de recordar el surgimiento de poderes emergentes como “una corriente irresistible de la historia”, anunció un fondo de mil millones de dólares para apoyar el trabajo de la ONU y la creación de una fuerza permanente de 8 mil soldados chinos para contribuir a Operaciones de Mantenimiento de la Paz. Se coloca así como líder de dichas operaciones, que adquieren una nueva dimensión.

En resumen, al acercarnos al cuarto lustro del siglo XXI nos topamos con una competencia de liderazgos internacionales que dificulta hacer efectiva la cooperación para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales tal y como la imaginaron los creadores de Naciones Unidas hace 70 años.

En ese mundo pleno de dificultades, México tuvo muy poco que decir. El discurso de Peña Nieto en la Asamblea General fue de una gran pobreza. La alusión innecesaria a los populismos sólo hace ver hasta dónde la lucha por el poder interno desplaza cualquier atención seria por la situación mundial. Ojalá el cambio en los mandos de la Secretaría de Relaciones Exteriores permita en el futuro hablar sin ruborizarse del “México con responsabilidad global”. l