De un día para otro el mundo de Jinan desapareció en un pozo oscuro. Junto con todas las mujeres de su aldea, la joven de 19 años, recién casada, perteneciente a una minoría étnica del Kurdistán iraquí, fue robada por el Estado Islámico. La vendieron. La esclavizaron. La humillaron, vejaron, torturaron y violaron hasta límites insoportables; llegó a pensar en el suicidio. En vez de eso, escapó y salió a contarle al mundo su historia… pero todavía hay muchas más mujeres atrapadas en el infierno de los yihadistas, y su lucha es por ellas.
París.- La vida de Jinan se convirtió en un infierno a principios de agosto de 2014, cuando los combatientes del Estado Islámico (EI) invadieron el feudo ancestral de los yazidíes en la región de Sinjar, norte de Irak. Los yihadistas impusieron de inmediato su ley: conversión al Islam o muerte.
Entre 35 mil y 50 mil yazidíes huyeron. Las escasas imágenes de su éxodo en esa tierra árida, con un calor que alcanzaba 50 grados centígrados, dieron la vuelta al mundo. Muchos lograron refugiarse en el Kurdistán iraquí, otros se escondieron en los montes, otros más cayeron en manos del EI.
Casi todos los adultos fueron ejecutados. Los niños, separados de sus madres y convertidos a la fuerza. Las mujeres y adolescentes, vendidas como esclavas sexuales o domésticas. Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, calificó de genocidio estos crímenes.
Según investigaciones de las autoridades kurdas y de la ONU, el EI capturo a más de 5 mil mujeres yazidíes. Unas 2 mil 100 lograron escapar o fueron liberadas tras el pago de un rescate. Aún quedan unas 3 mil cautivas.
Una joven yazidí, quien sólo se identifica con el nombre de Jinan, vivió ese suplicio tres meses y tuvo el valor de contar su experiencia en un libro –Esclava de Daesh– recién publicado en Francia y escrito en colaboración con un periodista francés, Thierry Oberlé, y con Said Mahmoud, guionista sirio refugiado en Erbil, capital del Kurdistán iraquí.
Doloroso testimonio
La corresponsal habló con Jinan en la sede de la editorial Fayard, que la invitó a Francia para presentar su libro. Está acompañada por Walid, su esposo, y Mahmoud hace las veces de intérprete.
“Conocí a Jinan poco después de su evasión”, precisa Mahmoud al inicio de la conversación. “Me impresionó mucho. Estaba realmente muy mal, física y psicológicamente. Se notaba herida hasta el tuétano, pero una fuerza increíble emanaba de ella. Nos vimos cotidianamente durante semanas. En los primeros días no hablaba. Yo le hacía preguntas y ella sólo contestaba ‘sí’ o ‘no’. Quería testimoniar, pero no podía pronunciar palabra. Luego poco a poco empezó a contar una que otra cosa. Y finalmente se soltó…”.
Confirma Jinan: “Me dolía demasiado. Era como vivirlo otra vez. Pero al mismo tiempo me ayudó a sentirme más fuerte. No fue fácil tomar la decisión de hablar. No la tomé sola. Platiqué con Walid, con mi propia familia y mis suegros. Todos estuvimos de acuerdo: mi deber era denunciar los crímenes de Daesh (como también se conoce al EI). Tengo la suerte de estar ahora con los míos, aunque sea en un campo de refugiados. ¡Pero tantas mujeres siguen cautivas en condiciones inhumanas! ¡Urge salvarlas!”.
Agrega: “Después de escapar, mi único deseo era combatir a los de Daesh, quería verlos a todos muertos. Con Walid lo platicamos y pensamos seriamente en tomar las armas para combatir con la resistencia yazidí. Pero cuando Said me habló de escribir un libro, entendí que mi testimonio también podía ser un arma”.
Delgada, de baja estatura, de rasgos finos y ademanes delicados, Jinan aparenta más que sus escasos 19 años. Su rostro sigue siendo juvenil, pero su mirada ya no lo es.
“En agosto del año pasado yo llevaba sólo cinco meses de casada y vivía en casa de mis suegros”, dice, sin precisar en cuál pueblo estaba.
“Walid era albañil en Suleymaniye. Cuando nos enteramos del avance de Daesh nos entró mucho pánico. Subimos al coche de mi suegro y huimos, como otros habitantes del pueblo. Formábamos una triste caravana de 16 viejos vehículos atascados.
“Al día siguiente, de pronto vimos surgir a toda velocidad a los combatientes de Daesh en sus poderosas camionetas. Sus banderas negras flotaban en el viento y muchos tenían el rostro tapado. Nos cercaron disparando al aire con armas automáticas. Nos escoltaron hasta una especie de puesto de control, alrededor del cual vimos un centenar de coches más y a miles de yazidíes amontonados. Apenas tuve tiempo de avisar a Walid por teléfono que habíamos caído presos de los yihadistas.”
Jinan escoge cuidadosamente las palabras. El tono de su voz es duro: “Combatientes de Daesh armados con metralletas Kalashnikov nos ordenaron entregarles todos nuestros bienes: dinero, joyas, celulares, computadoras portátiles. Iban llenando enormes bolsos que otros combatientes apiñaban en las camionetas. Luego nos obligaron a subir de nuevo a nuestros coches y la caravana siguió su camino hasta un cruce en los alrededores de Mosul.
“Nos bajaron de los vehículos, nos juntaron a golpes, como si fuéramos borregos, y nos concentraron al pie de una loma para luego separarnos con la misma violencia: hombres y adolescentes por un lado; mujeres, muchachas y niños pequeños por el otro. Mi suegra intentó protestar, la callaron a culatazos. Se llevaron a todos los hombres en autobuses.”
Cuenta Jinan que las mujeres fueron divididas en dos categorías: las más jóvenes y bellas por un lado; las demás, por otro.
“Me seleccionaron para la primera categoría junto con mi cuñada Amina, de 12 años, y unas 40 mujeres más, algunas con niños pequeños. Nos subieron a todas en una pick-up. No podíamos sentarnos, hacía un calor atroz. A cada lado de la carretera veíamos cadáveres de civiles tendidos en el polvo.
“Entramos a la ciudad de Sinjar. Estaba llena de cadáveres que yacían en medio de charcos de sangre seca, muy negra. Había escombros y coches quemados por doquier. Todo olía a muerte. Estábamos aterradas. Nos encerraron en un edificio que fue sede del Partido Democrático del Kurdistán antes de que la ciudad cayera en manos de Daesh.”
Jinan y sus compañeras de infortunio se encontraron con centenares de otras mujeres yazidíes tan asustadas como ellas.
“Al anochecer llegaron soldados de Daesh muy excitados. Buscaban a mujeres con ojos verdes o azules. Nos manoseaban. Nos abrían la boca para revisar nuestra dentadura. Nos insultaban. Fingí ser retrasada mental: dejé que colgara mi mandíbula y puse los ojos en blanco. Funcionó: se apartaron de mí, disgustados. Pero se llevaron a otras muchachas.”
Al día siguiente, asustados por vuelos de reconocimiento de aviones militares, los combatientes de Daesh huyeron de Sinjar llevándose su “botín de guerra”, unas 600 mujeres que amontonaron en autobuses.
“El viaje fue horrible”, recuerda Jinan. “No podíamos respirar. Teníamos hambre, sed y sobre todo mucho miedo. Finalmente llegamos a la siniestra cárcel de Badush. Nos encerraron en esa fortaleza, rodeadas con vehículos blindados. ¡Imagínese! ¡Centenares de mujeres exhaustas con niños pequeños que no dejaban de llorar! Por la noche volvieron los soldados y se llevaron a algunas de nosotras…”.
Como muchas otras mujeres, Jinan optó por renunciar a su aseo personal a fin de hacerse lo más repugnante posible. “Era mi única arma de disuasión y mi forma de resistir. Pero yo olía tan mal que me daba náuseas. El olor era insoportable en las celdas. Tuve infecciones y ronchas”.
La venta
Fue en la cárcel de Badush donde Daesh procedió a una nueva selección. Esta vez los combatientes se llevaron a los niños mayores de cinco años en medio de los alaridos desesperados de sus madres.
Según Mahmoud, Daesh aparta a estos muchachos para convertirlos al Islam y adiestrarlos para la Yihad.
Una presa, hija de un importante político yazidí, quien había logrado esconder su celular, pudo avisar a su familia del lugar de su detención.
“Esa compañera pidió que la fuerza aérea bombardeara la cárcel donde además de nosotras había muchos yihadistas. Estábamos de acuerdo con ella. Nos parecía mejor morir de una vez bajo las bombas que seguir así, asesinadas a fuego lento.”
La fuerza aérea realizó bombardeos de advertencia cerca de Badush, lo cual provocó un nuevo traslado de las prisioneras hacia Mosul. Algunas mujeres fueron encerradas en una gran casa de dos pisos. En la noche una de ellas intentó ahorcarse. El día siguiente empezó “la venta”.
Recuerda Jinan: “Un imán ya muy grande se llevó a tres niñas que no tenían más que 13 años. A lo largo de todo el día los combatientes llegaban para ‘hacer sus compras’. Regateaban. Bromeaban entre ellos. Nos insultaban. Y se iban con su ‘botín’. Yo estaba tan enferma que el guardia me permitió subir al primer piso. Al poco tiempo oí alaridos. Se acababa de descubrir el cuerpo sin vida de Jilan, una joven hermosísima que había logrado cortarse las venas de muñecas y tobillos”.
El estado de salud de Jinan empeoró y se ordenó su hospitalización. “Antes de que me subieran a la ambulancia vi cómo se llevaban a mi cuñada Amina, la hermanita de 12 años de Walid. ¡Vi tanto terror en sus ojos!”.
Jinan calla. Se endurece la mirada de Walid. Mahmoud toma la palabra: “El destino de Amina nos rompe el alma a todos”. Fue enviada a Siria con otras siete muchachitas más o menos de su edad y acabó siendo esclava sexual en un campo de 300 yihadistas, muchos de ellos oriundos de Egipto y de países asiáticos. Noori Abdularahman, alto responsable del gobierno kurdo, contrató a un intermediario que negoció el rescate de las ocho niñas. Costó una fortuna, pero todas fueron devueltas a sus familias.
“Amina llegó en un estado indescriptible. Se fue con su madre a Alemania, donde pasará dos años en un programa de asistencia a mujeres yazidíes violadas y torturadas. Fue la comunidad yazidí refugiada desde hace décadas en Alemania la que impulsó esa terapia de ‘reconstrucción física y psicológica’ financiada con fondos alemanes y kurdos.”
La semana que Jinan pasó en el hospital fue una breve tregua. Apenas repuesta fue vendida a dos hombres, un policía y un imán, Abu Anas y Abu Omar, quienes compartían la misma casa y otras cinco esclavas. Jinan era su adquisición más reciente.
“Nuestros ‘amos’ se quejaban porque los yihadistas iraquíes sólo tienen derecho a comprar tres esclavas, mientras que los combatientes de Siria, Turquía o de los países del Golfo pueden adquirir las que quieran”, comenta Jinan.
Su estadía en esa casa fue terrible. La salvaron su instinto de vida y la solidaridad que se estableció de inmediato entre las seis presas.
“Nuestros ‘amos’ decidieron convertirnos al Islam. Una mañana nos despertaron al alba para la primera oración del día. Nos rehusamos a rezar. Nos apalearon y nos encerraron en una habitación. Volvieron unas horas más tarde con barras metálicas y cables de metal. Nos seguimos negando a rezar. Llovieron los golpes. Y lo mismo por la noche.”
Las seis jóvenes resistieron varios días. Sus “amos” enfurecieron: “Nos llevaron con soldados de Daesh para que nos ‘domaran’. Estos nos encadenaron en el patio de la casa y nos dejaron todo el día bajo un sol implacable, sentadas en el piso de cemento que nos quemaba. Nos sentíamos como encerradas en un horno. Les rogábamos que nos dieran algo de beber. Tras varias horas nos trajeron una cubeta de agua en la que había ratas muertas. Nos forzaron a beberla a lengüetadas”.
Aun así las jóvenes se rehusaron a convertirse, pero capitularon cuando sus verdugos se aprestaron a torturarlas con electricidad. Fingieron rezar cinco veces al día, como lo exige el Corán. Sus “amos” instalaron cámaras en la casa para asegurarse de que oraban cuando ellos no estaban.
Después del suplicio de la conversión forzada siguió el de las violaciones. Ocurrieron cada noche. Jinan evoca esas escenas en su libro. Son insufribles.
Como sus compañeras, Jinan tuvo la tentación de suicidarse. “En un momento ya no aguanté. Pensé en cortarme las venas, pero mis amigas me vigilaban. No me dejaron sola y me salvaron. Nos cuidábamos. Nos juramos resistir juntas y así lo hicimos”.
La huída
Renació la esperanza cuando una de las presas, a quien Jinan identifica como Naline, logró robar dos llaves: una, de la puerta trasera de la casa, que no estaba vigilada; otra, de la recámara del policía, donde encontraron un tesoro: una caja repleta de celulares.
“Por fin vimos luz al final del túnel”, recuerda Jinan esbozando la primera sonrisa de esta tarde. Luego se lanza a un relato que haría palidecer de envidia a los mejores guionistas de películas de suspenso.
Naline llamó a un amigo de su hermano, combatiente de la resistencia kurda en los montes que rodeaban la aldea. Éste le explicó cómo salir de noche del pueblo y cuáles senderos tomar para subir al monte y alcanzar la zona bajo control kurdo.
Por supuesto surgieron todo tipo de obstáculos: la noche era demasiado oscura, se interrumpía la comunicación por celular, las muchachas se extraviaron, tuvieron que caminar con el lodo hasta las rodillas, fueron asediadas por perros salvajes, se quedaron sin zapatos, estuvieron a punto de toparse con una patrulla del EI.
Su hazaña duró toda la noche y cuando por fin llegaron al campo de los peshmergas (combatientes kurdos), éstos les pidieron un esfuerzo más: subir hasta la cima del monte donde el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) había instalado un campo de emergencia. Al día siguiente las seis jóvenes fueron trasladadas en helicóptero a la base militar de Zakho, en el Kurdistán iraquí, donde las esperaban sus familias y decenas de periodistas.
“Llevábamos tres meses tratadas como mercancía, violadas, humilladas, pisoteadas, torturadas y de pronto todos estos periodistas y todas las personas que nos rodeaban nos miraban como heroínas. Nos sentíamos aturdidas. En realidad lo único que nos interesaba era abrazar a nuestros seres queridos.”
Casi tímida agrega: “Lo único que quería era volver a ver a Walid”. Se ríe y en ese instante vuelve a ser simplemente una joven de 19 años.
El regreso
El reencuentro de las esclavas del EI con sus familias y sus comunidades hubiera sido imposible sin la determinación de Baba Sheik, líder espiritual de los yazidíes, quien rompió espectacularmente con siglos de implacable tradición patriarcal.
Explica Mahmoud: “A lo largo de su historia el pueblo yazidí ha sufrido 73 genocidios, en su mayoría perpetrados por el Imperio Otomano. Estos genocidios diezmaron a los yazidíes, más pues las sobrevivientes, consideradas ‘deshonradas’, eran desterradas. Les quedaban dos opciones: suicidarse o prostituirse.
“Cuando se enteró de la primera evasión de presas, Baba Sheik hizo un pronunciamiento solemne que cambió el destino de las yazidíes. Afirmó que todas las esclavas de Daesh eran heroínas de la resistencia, que honraban al pueblo yazidí y debían ser tratadas con respeto. Esa declaración fue traducida a varios idiomas y circuló en todas las comunidades yazidíes del mundo.”
Jinan recuerda con fervor su encuentro con Baba Sheik, un anciano imponente, de más de 80 años, con larga barba blanca, quien la acogió en su casa en Sheikhan, en el Kurdistán iraquí.
Cuenta: “Baba Sheik me dijo: ‘Hija mía, me siento orgulloso de ti. Lo que sufriste te ha vuelto aún más importante para mí. Tus tres meses de suplicio te fueron impuestos; en cambio, tú decidiste resistir y huir. Eso te vuelve digna del máximo respeto. Nadie tiene derecho de criticarte ni de herirte. Cualquiera que se atreva a hacerlo perderá su honor y dejará de ser yazidí”.
Insiste Walid, quien asistió con Mahmud a la plática con Baba Sheik: “Lo que hizo nuestro líder espiritual fue muy valiente. Hoy se halaga a las presas rescatadas o a las que escaparon. Muchas reciben propuestas de matrimonio. Y todos nos movilizamos para seguir salvando a las que siguen en manos de Daesh”.
En un informe sobre la esclavitud sexual de las yazidíes –Fuga del infierno, publicado en diciembre de 2014–, Amnistía Internacional (AI) subraya, sin embargo, que sigue habiendo prejuicios contra las víctimas del EI e insiste en la tragedia de las presas que una vez rescatadas, descubren que son las únicas sobrevivientes de sus familias.
Asociaciones y comerciantes ricos de la comunidad yazidí, así como las mismas autoridades del Kurdistán iraquí, multiplican iniciativas y contactos para volver a “comprar” las presas del EI. Se multiplica también el número de estafadores que se hacen pasar por intermediarios fidedignos.
Aun cuando están cuidadas por sus familias, el regreso de las víctimas es traumático. Según investigadores de AI y del ACNUR, 90% de las mujeres secuestradas sufrieron violaciones y muchas tuvieron que abortar cuando recobraron su libertad. Todas necesitan intensos cuidados médicos, pero no todas tienen acceso a esa asistencia.
Jinan todavía padece secuelas de sus tres meses de cautiverio. Su historia y su valor impresionaron tanto al cónsul francés en Erbil, que éste le ofreció tramitar el asilo político en Francia a ella, su esposo y sus familiares. No aceptaron. No quisieron alejarse de la tierra de sus ancestros.
Hoy Jinan vive en una de las 3 mil carpas de un campo de refugiados administrado por el ACNUR en las afueras de la ciudad de Dohuk, en el Kurdistán iraquí. El campo está a escasos 40 kilómetros de la zona de combate entre los soldados del EI y los peshmergas. Las imágenes de ese campo hablan solas: carpas blancas hasta donde se pierde la vista en un paisaje desértico. Y nada más.
“Ningún árbol. Ninguna flor. Ningún trabajo. Ninguna perspectiva. A veces escasea el agua. A veces no hay luz. Las mujeres guisan, lavan la ropa y cuidan a los hijos. Los hombres esperan días mejores”, comenta Mahmoud, quien compartió la vida diaria de Jinan durante semanas, mientras recogía su testimonio.
“Hay nacimientos, bodas, entierros. Se parece a la vida, pero no es la vida”, agrega escuetamente Jinan, que mueve la cabeza pensativa cuando se le pregunta cómo se sintió durante su breve estadía en Francia.
“Vine aquí con la esperanza de ayudar a liberar a las 3 mil mujeres yazidíes que siguen viviendo en el infierno”, dice. “Es la primera vez que viajo lejos de mi tierra. Es cierto que París es una ciudad bella, pero no me interesa su belleza. Sólo me interesa el destino de las esclavas de Daesh”. l








