“El precio de la fama”

Pocos saben que aun después de muerto y enterrado, Charles Chaplin protagonizó otra de sus comedias jocosas, absurdas y amargas, mezcla complicada que sólo su nombre alcanza a definir: la comedia chaplinesca.

Ocurrió que a los dos meses de su deceso, a finales de 1977, un par de inmigrantes de Europa del Este desenterraron su ataúd del cementerio suizo de Vevey, cerca del lago Leman, pidieron un rescate a la familia del artista, y la policía los detuvo a las primeras de cambio.

A partir de esta anécdota de página roja que aglutina varios colmos, Xavier Beauvois decidió hacer una película El precio de la fama (La rancon de la gloire; Francia, 2014); misma que todavía pude verse en el Tour de Cine Francés. Los mórbidos secuestradores son un trabajador de origen argelino, Osman (Roschdy Zem), y otro belga, Eddy (Benoit Poelvoorde), recién salido de prisión, albergado en la vivienda del primero.

Osman se resiste a participar en el delito hasta el momento en el que tiene que cubrir los gastos de su mujer hospitalizada, enfrentar el rechazo del banco suizo a otorgarle un préstamo, y caer en cuenta que nunca podrá costear la educación universitaria de su hija. La fórmula de realismo social que emplea Beauvois exime de culpa a los marginados; más, si en el fondo no hacen daño a nadie. Estos olvidados son un par de espantajos desesperados en la línea del vagabundo de Tiempos modernos que intentan sobrevivir en el mundo de los ricos; y la manera en que lo hacen provoca situaciones surrealistas.

Desglosar a Chaplin, sin embargo, con todo lo que contiene en la sangre de injusticia social, esqueleto de lucha de clases, comedia de situaciones, risa y tragedia, equivale a diseccionar para luego momificar al genial payaso; por algo no hay diálogos en sus mejores películas, todo es imagen y acción. Xavier Beauvois se halla cómodo con la tragedia, el brinco a la comedia lo deja raspado; De dioses y hombres (2010), también basada en un hecho real, el secuestro y asesinato de un grupo de monjes en Argelia, mantiene en vilo al público de principio a fin.

El tema de El precio de la fama es el sufrimiento, inconcebible, por aspirar a una vida mejor. El problema es que este realizador, minucioso y académico, dedujo que si de Charlot se trataba, había que homenajearlo, y qué mejor manera de hacerlo sino imitándolo; Poelvoorde es un estupendo cómico, pero la vergüenza ajena que provoca la torpeza de su manejo del chantaje con Peter Coyote a cargo de las negociaciones, y la grandiosidad de la música de Michel Legrand de fondo, no dan pie a la risa; la cámara en picada alude al espíritu de Chaplin sobrevolando y observando la situación.

Tanta solemnidad de fondo perjudica la comicidad. Como ha dicho un gran cómico británico, la verdadera comedia no debe respetar nada.