Hay eventos artístico-culturales que, dadas las circunstancias en que se efectúan, obligan al comentario extra artístico y del contexto de su acción. Es el caso del concierto realizado el sábado 19 en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.
Organizado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de México para conmemorar y honrar a las víctimas del terrible sismo del 85 y a los miles de mexicanos y extranjeros que espontáneamente se organizaron y dieron una inolvidable lección de solidaridad, el concierto estuvo a cargo de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México (OFCM), el coro Enharmonia Vocalis y los cantantes solistas, Rosendo Flores, bajo; Dante Alcalá, tenor; Grace Echauri, mezzosoprano y, María Katzarava, soprano, especialmente traída de Italia para la ocasión. El director fue el gran Plácido Domingo, traído desde Los Ángeles, Estados Unidos. La obra ejecutada, el soberbio Requiem de Giuseppe Verdi.
¿Cómo, quién se atrevería a objetar que se conmemore y honre a las víctimas y a los rescatistas? ¿Quién cuestionaría la calidad del elenco?
Hasta aquí pues, todo bien en el papel. El problema empieza cuando se deja el papel y se ve en la realidad el cómo.
En principio el grandioso Requiem ni siquiera se interpretó completo, sino como el propio escuálido programa de mano indica se trató de “selecciones”. Concretamente de “Requiem”, “Dies Irae” y “Libera me”. Es decir, se dejaron fuera, entre otras partes, el “Ofertorio Domine Jesu” y el “Sanctus”. ¿Qué motivos artísticos hubo para eso, quién tomó esa decisión y por qué? Puesto que el concierto era gratuito para el público, ¿se consideró que no merecía oír el Requiem completo? En fin, los renglones torcidos de la burocracia son infinitos.
Ya en lo puramente artístico hay que consignar que, aunque anunciado únicamente Domingo en la conducción, quien empezó a dirigir fue el a punto de dejar la titularidad de la OFCM, José Areán, quien sólo después de la parte introductoria cedió la batuta al maestro Plácido. ¿Por qué? Por la “sencilla” razón de que don Plácido Domingo llegó a México muy tarde de la noche del 18 o quizás la madrugada del 19, después de dirigir y cantar en Los Ángeles, cansadísimo naturalmente y, por lo tanto, sin efectuar ni un solo ensayo con la orquesta, el coro ni los solistas. No obstante eso, hay que decirlo, su desempeño fue bueno y el recortado Requiem se oyó bastante bien.
Empero, para tan pequeño y único concierto, ¿se justifican los gastos? A riesgo de parecer un obtuso reaccionario, se me ocurre pensar si este acto oficial no fue una acción puramente populista. ¿Cuánto costó traer a la Katzarava de Italia, a Domingo de los Estados Unidos, a la Echauri de San Luis, a Flores posiblemente de Monterrey? Creo que Alcalá sí estaba aquí. Esto, claro, sin contar honorarios de todos y cada uno de los participantes.
Por lo demás, siempre es una delicia escuchar a María Katzarava, Grace Echauri estuvo estupenda y muy bien Rosendo y Dante, e igualmente bien el coro Inharmonia Vocalis y la OFCM.








