Eraclio Zepeda: Despedida al contador de historias

Fue un personaje singular en la vida cultural de México: poeta del grupo “La espiga amotinada”, gran cuentista (como improvisador, como inventor de historias), polémico por su acercamiento al gobierno de Chiapas, actor inolvidable por su interpretación de Francisco Villa en la cinta Reed. México Insurgente, de Paul Leduc. Proceso ofrece un relato del adiós en sus exequias en su natal Tuxtla Gutiérrez, donde murió el jueves 17, así como textos de sus colegas Marco Antonio Campos, Óscar Oliva y Hernán Lara Zavala.

TUXTLA GUTIÉRREZ, CHIS.- Polifacético: Eraclio Zepeda Ramos fue uno de los escritores más destacados de la segunda mitad del siglo XX mexicano, centrado en el cuento y la poesía, si bien en los últimos años hizo novela. Lo mismo fue actor de cine que periodista en Moscú.

En Santiago de Cuba fue maestro en una universidad y empuñó un fusil en Playa Girón. Militante del Partido Comunista Mexicano, precandidato a la Presidencia de la República por el Partido Mexicano Socialista (PMS), controvertido Secretario General de Gobierno en Chiapas.

Se echó una cascarita futbolera con el Che Guevara, fue amigo y contemporáneo de Octavio Paz, al igual que de varios exguerrilleros: el salvadoreño Roque Dalton de trágica muerte, el guatemalteco Mario Payeras. Hombre militante de la izquierda, Zepeda Ramos, Laco para sus amigos, dejó de existir el jueves 17 a las 2:15 de la mañana.

Desde esa madrugada su hermano Manuel dio a Proceso la fatal noticia de que el escritor, a los 78 años de edad (nació en Tuxtla el 24 de marzo de 1937), partió dejando un legado literario del retrato el Chiapas que le tocó ver, de sus viajes por el mundo, de su andanzas, de su anecdotario… de todo ello hizo obras tan jocosas como su vida, llena de peligros y buen humor.

Si leerlo era un deleite, escucharlo se convertía en otro placer. En cada auditorio que se presentaba sus escuchas salían con una gran sonrisa, le pedían autógrafos, se tomaban fotos con él; jamás se negó ante el aprecio que le prodigaban sus lectores y seguidores.

Por eso esa mañana del jueves en Funerales Calas del centro de su ciudad natal, miles de chiapanecos desfilaron frente a su ataúd. Los adornos florales inundaron el espacio donde se velaba su cuerpo, que sólo fue sacado para que la élite política local le rindiera honores en el Palacio Legislativo, frente al monumento de don Benito Juárez.

En el acto, en el cual estuvo su esposa la poeta Elva Macías, su única hija Masha, sus nietos Ricardo y Milena, así como los hermanos de Laco: María, Rafael y Manuel, el escritor chiapaneco Javier Espinosa Mandujano recordó su legado.

“En la mañana de hoy la prensa mundial da la dolorosa noticia de la muerte de Laco. Se duelen los rusos tanto como los españoles, franceses e italianos, gringos y latinoamericanos, ingleses y chinos, se duele todo el mundo de la desaparición de la montaña de humanidad que fue Laco. Se duele la humanidad de perder una parte entrañable de su cuerpo. ¿Es tanta la fuerza de las palabras? Es que Laco usó las palabras para descubrir mitos, los que se aparecían entre nuestras aves nocturnas o surgían de las profundidades del mar, y donde no aparecían ni aves ni atlánticos, él sacaba de su bolsa un mito, una invención nueva, como sucede con ‘Tío Chico que vuela’ o las historias diluviales de su escritura novelesca.”

En el acto, al cual asistieron políticos como el gobernador Manuel Velasco y el senador Zoé Robledo, Espinosa Mandujano rememoró con lirismo desbordante a su entrañable amigo:

“Laco se va en pleno tiempo de lluvias. Se acerca el día de las Mercedes, que ha sido el fiel de nuestras grandes crecientes. Tierra de crecientes diluviales fue La Zacualpa, la gran propiedad de doña Juana Zepeda, poderosa fuente de los tres Eraclios: el abuelo, el padre (nuestro querido Tío Laco) y este Laco, que en alguna parte del cielo devoto debe estar ahora pepenando historias y mitos, que alumbrarán el rostro obscuro y nostálgico de San Pedro, también afecto a pepenar almas y voluntades, cansado de abrir y cerrar infinitamente las puertas de su reino. Se prepara el viejo Simón, con su corte de ángeles y arcángeles, a oír un gozoso cuento de Laco. Como ven ésta es una historia inconclusa. Esperemos que sea un cuento fascinante e inocuo, porque también los gobernantes del cielo prefieren que los tábanos se ceben en los bueyes de su compadre. Calderón de la Barca dijo que todos los ríos salen del mar y a la mar regresan ineludiblemente. Que Dios le siga prestando a Laco los remos de su fértil barca de historias y de mitos.”

El poeta Óscar Oliva Ruiz, otro de sus contemporáneos y compañero de ruta poética, estuvo ahí junto a su ataúd en la funeraria, lloró su muerte, lloró su partida. Junto a Jaime Augusto Shelley, Jaime Labastida y Juan Bañuelos hicieron el grupo “La espiga amotinada”.

Tras su muerte, el presidente Enrique Peña Nieto anunció en su cuenta de
twitter que instruyó al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) se le rinda un homenaje.

Dolores Montoya Calguera (teatrera chiapaneca conocida como Lola Montoya), actualmente directora del Centro Cultura Jaime Sabines en la capital del estado, dijo que convocará a una ronda de lectura de las ‘cuentas’ de Laco para difundir más su obra, ya que éste siempre tuvo afinidad con los chiapenecos porque hacía de las situaciones cotidianas cuentos fantásticos.

Lola Montoya, quien ahora llamará Eraclio Zepeda Ramos a su nueva biblioteca en su Escuela de Teatro Calmecac, puntualizó:

“Con Laco no sabíamos dónde terminaba la realidad y dónde empezaba lo fantasioso, lo imaginario, pues siempre contaba los cuentas como si hubiera visto o vivido esas historias, eso nos contagiaba y eso nos llenaba.”

A su vez, Roberto Ramos Maza, activista y promotor del arte y la cultura en el estado, director de Extensión y Divulgación Universitaria de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (Unicach), lamentó la partida del cuentero y cuentista chiapaneco, maestro de esta institución donde se le dio impulso a su obra literaria.

Recientemente se le otorgó en esta universidad el grado de Doctor Honoris Causa, y se publicaron ediciones especiales de revistas dedicadas a su vida y su producción.

Aunque Zepeda siempre fue reconocido y galardonado, Ramos Maza señaló que tras su muerte la institución destacará su legado plasmado en decenas de libros que hizo desde su primera obra, Benzulul, en 1959.

Javier  Molina, escritor y periodista cultural chiapaneco, siempre junto a la consternada Elva Macías, recordó a Zepeda como el gran conversador que mantenía siempre entretenidos con sus historias a sus amigos y compañeros.

“Tío Chico que vuela” fue el más popular de sus relatos entre los chiapanecos. Por eso en la tumba familiar del panteón municipal tuxtkleco, donde quedaron sus restos, se le recordó al escritor como “Don Laco que vuela”.

Sus amigos de la Real Academia de la Lengua Frailescana (RIAL) –un grupo ciudadano que rescata el modo y el habla chiapaneca–, le dieron el adiós con esta frase: “Te fuiste platicando con la vida, Laco”.

Muy querido, muy amado, Laco se fue pero dejó una larga herencia literaria que ahora, a decir de su amigo Zoé Robledo, lo reimpulsará desde la Comisión de Cultura y Editorial que encabeza en el Senado de la República.

“Sus libros deberían ser lectura obligatoria en la educación básica –dijo–, pues Laco amó esta tierra y plasmó su historia, los mitos, las realidades y las fantasías en muchas de sus obras.”   l