Más incertidumbre

El saldo de los primeros tres años de gobierno de Enrique Peña Nieto no es positivo. Circunstancias nacionales e internacionales –crisis política interna y caída en los precios del petróleo, entre otras– dieron al traste con la ilusión de el momento mexicano y el entusiasmo con el México que se atrevió a cambiar. Por ello numerosas voces pedían recomponer el gabinete para atenuar el descontento de la ciudadanía ante la incompetencia y pruebas de corrupción de algunos de sus miembros, así como fijar nuevos objetivos a la acción gubernamental, más acordes a los  problemas que se están viviendo. Una ocasión apropiada para ese golpe de timón era el correspondiente al inicio de la nueva legislatura de la Cámara de Diputados y a la presentación del Tercer Informe de Gobierno. Los cambios esperados no se dieron.

Los movimientos dentro del gabinete no tocaron a las piezas más discutibles y sólo lograron colocar nuevas cartas en la competencia para la sucesión presidencial que se librará en el PRI el año de 2018. Esta lucha anticipada por el poder no es lo mejor que podía ofrecerse si se trataba de mejorar la gestión gubernamental de manera que pudieran enfrentarse nuevos retos; más bien es todo lo contrario.

Por lo que toca al discurso pronunciado en el Palacio Nacional con posterioridad a la entrega del informe al Congreso, los aplausos bien coordinados de la élite política y empresarial que se reunió allí no ocultan el escepticismo ante lo que se dijo. Más allá de algunos aciertos retóricos, como reconocer el descontento y la desconfianza que dominan los sentimientos de la población, EPN rei­teró el empeño en dar continuidad a las medidas que, bajo circunstancias muy distintas, se tomaron durante la primera mitad de su sexenio.

Poco importa que los parámetros internacionales para la reforma energética hayan cambiado drásticamente, y que la inversión extranjera, de hacerse realidad, rendirá frutos a muy largo plazo. Al presidente le interesa celebrar las reformas sin buscar el cambio de rumbo que exige lo complicado que se ha vuelto su  implementación y sin considerar la urgencia de revisarlas, como sería el caso de la reforma fiscal.

Resulta sorprendente el gusto con que se retoman las grandes líneas que inspiraron el comienzo del gobierno: México en paz, incluyente, próspero, con educación de calidad y responsabilidad global. El hecho es que, en los tres años transcurridos, ha aumentado en 2 millones el número de pobres, la reforma educativa ha sido estrecha de miras y no ha podido aplicarse en diversas entidades del país, la prosperidad no puede defenderse ante el muy lento crecimiento de la economía, y la inclusión es un objetivo lejano ante datos que denotan crecimiento de la desigualdad. Particularmente contradictorio es el hecho de que se siga hablando del México próspero al mismo tiempo que el llamado a la austeridad en el gasto público se convierte en un leitmotiv de la comparecencia. ¿Será que el presupuesto cero no tendrá impacto sobre la creación de empleo?

Son muchos los motivos que llevan a temer múltiples dificultades para los próximos años. Entre ellas se encuentran las que están surgiendo en la  política exterior. Hasta ahora ese ámbito se ha caracterizado por lo glamoroso de los múltiples viajes al exterior y la ausencia de información sobre los objetivos concretos que se persiguen. No se han fijado prioridades; se han descuidado relaciones fundamentales para los intereses de México, como son las que se llevan con Estados Unidos; no existen mecanismos que permitan evaluar los resultados de los intentos de diversificación hacia Europa o Asia. ¿Qué se obtuvo de la visita al Reino Unido? ¿Dónde se encuentran finalmente las relaciones económicas y políticas con China?

La nueva secretaria que ha tomado el mando de Relaciones Exteriores no encuentra un proyecto bien articulado, una  brújula que le indique por dónde navegar en las turbulentas aguas internacionales. Lo grave es que esas turbulencias están surgiendo en diversos frentes. Un ejemplo, entre otros, es lo que ocurrirá durante el próximo año y medio en Estados Unidos.

La situación del gobierno de México ante los retos que implica el inicio de las campañas electorales en ese país ha tomado nuevas dimensiones. Lo que parecía ser simples desplantes de mal gusto por parte del millonario Donald Trump, quien aspira a la candidatura por el Partido Republicano, se ha convertido en una realidad inquietante. Los medios de comunicación en aquel país siguen dándole una gran cobertura a Trump, lo cual satisface a un sector de la sociedad estadunidense, minoritario pero con  peso político; por ello, el ganador en las encuestas para las elecciones primarias es hasta ahora Trump.

No puede descartarse, entonces, un escenario en el que Hillary Clinton y Donald Trump sean los candidatos de sus respectivos partidos, el demócrata y el republicano, para la elección presidencial de noviembre de 2016. De ser así, el tema de México y los mexicanos en Estados Unidos, al que Trump le da tanta importancia, ocupará un lugar visible en los debates y en el ambiente electoral en aquel país.

El asunto no es fácil para el gobierno mexicano. Es necesaria una muy bien pensada estrategia para contrarrestar el efecto negativo de las posiciones de Trump hacia México. Trasmitir una imagen convincente, aquí y allá, del valor que tiene para Estados Unidos una buena relación con México y sus trabajadores, documentados y no documentados, es una prioridad para la política exterior mexicana los próximos meses.

Ahora bien, realizar esa tarea obliga a tomar en cuenta los numerosos aspectos del entramado institucional para la política exterior de México que no han sido resueltos. Por ejemplo, la falta de coordinación, por parte de la SRE, de las políticas ante Estados Unidos que conducen, de manera cada vez más fragmentada, diversas agencias del gobierno. ¿Será posible establecer esa coordinación? En principio, los escenarios para los próximos años requieren que así sea. La posibilidad de que ocurra es incierta.    l