Los esclavos de Sendero Luminoso

“Masa cautiva” productora de alimentos, semillero de niños, fabricante de ropa…en eso ha sido convertido un numeroso grupo de indios asháninkas bajo control de los remanentes de la guerrilla de Sendero Luminoso. Poco a poco el Estado peruano ha ido rescatando a estas víctimas. Prisioneros sin rejas, pero amenazados por el terror de morir o provocarle daño a sus familias, algunos de esos indígenas pasaron varias décadas como esclavos de los senderistas. La tarea del gobierno aún no acaba y debe vencer la resistencia hasta de quienes pretende rescatar, convertidos ahora en fieros combatientes.

Mazamari, Perú.- Entre finales de julio y principios de agosto, un grupo de elite de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional de Perú liberó a 54 personas, 34 de ellos niños, casi en su totalidad indígenas asháninkas, que permanecían aisladas del resto del mundo en dos campamentos en la selva del Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (región conocida como VRAEM), una de las zonas de más difícil acceso del país.

Sendero Luminoso, la guerrilla maoísta que se enfrentó al Estado peruano en los ochenta y principios de los noventa y de la cual sobreviven remanentes enfrentados con sus antiguos caudillos, ya presos, y cada vez más mermados y confinados, consideraba a estas personas su “fuerza de producción”: decenas de ellas fueron secuestradas en las dos últimas décadas del siglo pasado, cuando eran adolescentes.

Rehuían contacto con cualquier persona que no estuviera relacionada con Sendero. Sólo esperaban la próxima visita de los líderes de este grupo, que recurría a ellos para abastecerse de los alimentos y procrear futuros combatientes –frutos, muchos de ellos, de violaciones de los mandos senderistas– y criarlos hasta que tuviesen edad para tomar un fusil, con apenas 13 o 14 años.

Sólo una persona, armada con un fusil, los vigilaba. Y, sin embargo, no trataban de escapar, pese a las duras condiciones en que vivían. No había muros ni alambradas que los confinaran. Ni siquiera los kilómetros de selva que los separaban del asentamiento o la base militar más cercanos hubieran sido un obstáculo, pues es un territorio que conocían a la perfección. Sin embargo, estaban psicológicamente presos, en una cárcel construida con base en el terror.

“Masas cautivas”

Los adultos rescatados en las dos últimas operaciones llevaban en esa situación entre 20 y 30 años. Fueron capturados de sus comunidades cuando Sendero Luminoso controlaba el VRAEM, una zona de quebradas cubierta de un espeso follaje que no deja ni siquiera ver desde el aire los pequeños ríos que alimentan a los tres cauces principales, y lo tenía dividido en cinco sectores.

“En las incursiones a los distintos poblados cercanos a esos sectores, mataban a las autoridades, sacaban a los jóvenes y menores de edad y comenzaron a repoblar estos cinco sectores. Con esta acción buscaban desprender a las personas de sus hábitats, de sus poblados y los llevaban a otros lugares que no conocían”, explica el director de Inteligencia de la Policía Nacional, Vicente Álvarez a un grupo de periodistas entre los cuales está el corresponsal de Proceso.

Ahí, relata, “los obligaban a hacer actividades agrícolas, formación ideológica, preparación militar, así como la confección de uniformes. Eran el aparato de sostenimiento para la guerrilla”.

Además, agrega el viceministro de políticas para la Defensa, Iván Vega, “las mujeres jóvenes son violadas para tener hijos, futuros senderistas y cuando estos muchachos tienen 13 o 14 años, viene la columna de combatientes, los incorporan a la guerrilla… se los llevan”.

Estos rudimentarios campamentos, hechos de troncos, telas y plásticos, estaban completamente cubiertos por el follaje en zonas sin poblados en kilómetros a la redonda. Ni siquiera desmontaban para cultivar, de modo que eran indetectables en los sobrevuelos militares.

Además, para evitar su rescate por las fuerzas armadas, les aseguraban que si éstas los capturaban, los torturarían, los violarían y los asesinarían, por lo que ante la aproximación de soldados, se escondían.

“Tienen capacidad de supervivencia, de estar ocho o 10 días en el monte”, sostiene Vega, responsable de la Brigada Especial de Inteligencia que llevó a cabo el operativo de rescate.

Estos últimos rescates fueron producto de una labor iniciada en julio de 2014, cuando a raíz de desertores del grupo guerrillero, la Brigada Lobo supo que había campamentos de “masas cautivas”, como son denominados en el argot militar, en esa zona.

El director ejecutivo Contra el Terrorismo de la Policía Nacional de Perú, José Baella, cuenta que se hizo un primer rescate de nueve personas y luego se comenzó una laboriosa tarea de inteligencia y convencimiento para lograr que los demás secuestrados se entregaran y no huyeran cuando llegaran a rescatarlos.

Sendero Luminoso separaba a las familias y destinaba a cada uno de sus miembros a distintos sectores, incomunicados entre sí, de forma que si alguno tenía la tentativa de escapar, sabía que la guerrilla podía tomar represalias contra sus parientes.

En el año transcurrido desde aquel rescate se han localizado otros campamentos, de donde habían huido sus ocupantes. Ahí las fuerzas estatales les dejaron alimentos y ropa así como cartas de personas que han sido rescatadas y volantes con fotos de éstas, para mostrarles que están en buen estado.

Los impresos incluían mensajes de los liberados en español y asháninka, contra la tiranía de Sendero y conminándolos a entregarse: “No más abusos y dolor. Basta ya”. “No más contradicciones, no más mentiras”. “Estamos vivos, no nos hicieron daño. Los estamos esperando”.

También encontraron en ese campamento documentación con información importante, como el número de personas que había y quiénes eran los encargados de cuidarlas. “Ellos apuntaban todo en sus cuadernos, entonces sabíamos quiénes eran los encargados y el número de personas que permanecían en la zona”, dice Baella a la prensa.

Por último decomisaron un radio, dejando al grupo senderista sin comunicación con sus mandos.

Las fuerzas estatales hicieron contacto con estos secuestrados por medio de un senderista que desertó hace cuatro años y colabora con las fuerzas del orden. Cuando la Brigada Lobo llegó al primer campamento con la Fiscalía Antiterrorista, tras acordar con los cautivos su evacuación, lo hicieron acompañados de otras dos mujeres liberadas el año pasado y que tenían familiares en ese campamento, para darles seguridad.

La persona encargada de vigilarlos, un hombre armado con un fusil que había sido robado al ejército en una emboscada en 2008, en la que murieron 16 militares, no opuso ninguna resistencia.

Vivir con miedo

El analista Pedro Yaranga, experto en Sendero Luminoso, asegura que una de las mujeres del campamento le comentó al exsenderista que colaboró en el rescate a este grupo que “hacía dos o tres años que no los visitaba nadie de la guerrilla. Estaban a su suerte, cada uno con sus cultivos, sembrando solamente para alimentarse”, sin almacenar víveres para los combatientes de la guerrilla.

Y es que el avance del ejército ha forzado a Sendero a retirarse poco a poco a lugares cada vez más altos y aislados.

Pese a no haber tenido noticias de ellos, los rescatados aseguran tener miedo de las represalias de los senderistas.

“Queríamos salir, queríamos ser libres. Pero seguimos teniendo miedo de que Sendero nos quiera hacer daño”, afirmó uno de los rescatados en conversación con los periodistas en la base de la Policía Nacional en Mazamari, en el VRAEM, en el que están alojados temporalmente los rescatados.

El hombre, cuyo nombre se mantiene en reserva, secuestrado cuando tenía 18 años, no sabe cuál es su edad actual. Aparenta más de 40, pero como el resto del grupo y a pesar de que han pasado casi dos semanas desde su rescate, presenta un frágil estado de salud.

“Quería escapar pero tenía miedo de que me mataran”, dice por medio de una traductora, ya que sólo habla asháninka. Apunta que dos de sus hijos, un varón y una mujer, todavía están en manos de Sendero, con las columnas de combatientes. “Quiero volver a verlos, los necesito, pero no sé lo que piensan ellos, si quieren salir de la guerrilla”, comenta.

La mayoría de los combatientes que integran todavía Sendero Luminoso son hijos de guerrilleros o de estas poblaciones cautivas. Han vivido siempre en la clandestinidad de la selva y han sido adoctrinados desde pequeños. No conocen otro mundo.

Desde niños, indica Yaranga, “les enseñan a seleccionar quién es el enemigo. Cuando juegan, no juegan al carrito, sino al guerrillero, a cómo emboscar al policía o al militar. Hacen sus armas con palos.

“Después de esto, a la edad de ocho o nueve años, les llevan a un sitio que se llama la ‘fuerza local’, que son otros campamentos donde hacen entrenamiento militar, les enseñan cómo armar y desarmar armas cortas con los ojos vendados, simulan disparos, les inculcan la disciplina del partido…”

En el barracón de la policía en el que se recuperan con ayuda de médicos (pues cuando los sacaron de la selva muchos estaban desnutridos, tenían piojos, enfermedades de la piel, parásitos…) y psicólogos, los niños juegan absortos, reunidos en torno a una mesa con cuadernos y lápices de colores. No conocían los zapatos ni los juguetes tradicionales.

La mayoría de ellos son hijos de las mujeres rescatadas, pero otros lo son de senderistas que están en las columnas. Tras tenerlos, Sendero se los arrebató para llevarlos, mientras son niños, a los campamentos de las “fuerzas de producción”, para que los críen.

Los adultos permanecen sentados o acostados en las literas mientras esperan que las autoridades procedan con los trámites para reubicarlos en algún lugar “bien lejos”, exigen ellos, de las zonas por las que todavía se desplaza Sendero. Ahí emprenderán el difícil camino de readaptarse a la vida en libertad.

La ONG indígena Central Asháninka del Río Ene (CARE) –que ha intervenido en anteriores procesos de reintegración de indígenas liberados– lamenta que el Estado no tenga una estrategia de largo plazo para la readaptación de los liberados. Echan en falta una visión intercultural e integral del asunto, que tome en cuenta la cosmovisión y el contexto histórico en el cual vive esta etnia.

El organismo encargado de esta tarea es el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, pero éste mantiene un total hermetismo sobre el tema y rehúsa proporcionar información sobre procesos anteriores.

Tragedia cultural

Los últimos rescatados quieren seguir viviendo juntos. No quieren volver a sus comunidades de origen por temor a ser juzgados como senderistas. Y es que, como explica CARE, en ellas no serían bien recibidos, pues el pueblo asháninka, como consecuencia de su trágica historia, ha perdido a lo largo de los años el espíritu de hermandad y solidaridad que lo caracterizaba.

“Lo que se va a evitar es desarraigarlos de la zona. Son personas asháninkas, se les va a hacer difícil adaptarse a una vida distinta del lugar donde han vivido”, señala la fiscal especializada en terrorismo Eneida Aguilar.

Los asháninkas primero sufrieron la invasión de su rico territorio por colonos que llegaban en busca de madera, caucho, coca… Luego el azote de Sendero Luminoso, que primero los sedujo con promesas de riqueza y justicia, pero acabó sometiéndolos a su férrea disciplina y en muchos casos llegando a secuestrarlos.

Según el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, publicado en 2003, de los cerca de 55 mil asháninkas que había al inicio del conflicto armado con Sendero Luminoso, cerca de 10 mil fueron forzados a desplazarse, 6 mil fallecieron y unos 5 mil fueron secuestrados por la guerrilla.

“Los grandes secuestros que se dieron en el Ene fueron de 1987 a 2001”, subraya Yaranga. “Desde ahí ya no hubo más secuestros”. Pese a lo mermadas que están ahora las filas de los remanentes de Sendero Luminoso en las zonas que todavía controlan, en las que hay unas 50 o 60 comunidades, según el experto, “no se llevan a sus hijos porque saben que en algún momento se pueden escapar y los va a delatar”.

En lo que va del gobierno de Ollanta Humala (que inició en 2011) han sido rescatadas 90 personas, 68 de ellas en el último año. Iván Vega estima que “podrían quedar en esos lugares cerca de los campamentos de Sendero Luminoso alrededor de 70 u 80 niños y unos 100 o 120 adultos”.

El viceministro celebra que con esto han golpeado el “centro gravitacional” de Sendero Luminoso, “en cuanto a la ‘masa cautiva’, zona de producción y semillero de niños”.

Baella destaca que la divulgación de este éxito puede hacer que las columnas del grupo guerrillero sepan que los rescatados no son maltratados ni juzgados, sino considerados víctimas.

“Vamos a seguir haciendo operaciones psicológicas y volanteando las zonas donde permanecen los senderistas. Yo creo que eso va a servir bastante para desestabilizarlos”.