Hay ciudades que en cierto momento o etapa de su historia se convierten, así sea de forma transitoria, en lugares inhóspitos, sórdidos, sucios, deshechurados, repelentes… si a algo invitan es a sacarles la vuelta. Eso sucede ahora mismo con Guadalajara y no sólo con el centro tapatío, al que ciertos espíritus pomposos califican de “histórico”, sino también con muchas otras demarcaciones del área metropolitana, convertidas en zonas de desastre, ante la desatención y la indiferencia de nuestras autoridades, ya sean las del municipio o las del estado. Y es que a fuerza de ser sinceros, desde la infausta primavera de 1992 la catadura de Guadalajara no había vuelto a ser tan ruinosa como en lo que va de unos meses para acá.
Sin embargo, hace 23 años las calles abiertas y los estropicios urbanos –sin olvidar, por supuesto, las pérdidas mayores, las pérdidas humanas– tenían una explicación: las descomunales y catastróficas explosiones de colectores del alcantarillado, inundados de gasolina por un imperdonable descuido. Ahora, en cambio, las extensivas zonas de desastre de la capital jalisciense son presentadas irónicamente como un signo cierto del “bienestar, mereces estar bien”, el lema que más repiten los propagandistas del gobierno de Aristóteles Sandoval.
Esas zonas devastadas lo son a causa, principalmente, de los trabajos para la Línea 3 del Tren Eléctrico Urbano, que desde hace varios meses tienen tomados (léase cerrados a la circulación vehicular y aun al paso peatonal) kilómetros y kilómetros de avenidas como Alcalde, Ávila Camacho, Laureles, Revolución y Río Nilo, entre otras vías primarias. Por si lo anterior no fuera suficiente, a alguien se le ocurrió también hacer el cambio en el pavimento de López Cotilla, Pedro Moreno y otras calles de tráfico copioso, sin olvidar la construcción de la demorada rehechura del mercado Corona, por más que el alcalde saliente, Ramiro Hernández, jure y perjure que la obra va a tiempo y estará terminada antes de que él desocupe la primera oficina del Palacio Municipal de Guadalajara el próximo 30 de septiembre.
Por supuesto que cualquier obra e intervención urbana de cierta magnitud ocasiona molestias y viene a desmejorar la imagen urbana. Ese no es el problema, sino la falta de previsión de nuestras casi siempre atolondradas autoridades, que no calibran los costos (sociales, económicos, laborales, turísticos…) de esas obras y proyectos, a fin de tratar de amortiguar los daños directos y colaterales que ocasionan, tal y como ocurre en la actualidad por distintos puntos de la Zona Metropolitana de Guadalajara, comenzando por el irreconocible primer cuadro tapatío.
Esto es lo que con toda justicia se les puede reprochar a nuestros presuntos “servidores públicos”. Porque la peor cara de Guadalajara es ahora mismo el centro de la ciudad, un centro chamagoso, contaminado, con calles abiertas, polvoso a ratos y enlodado en otros, con un tráfico vehicular –y aun peatonal– estrangulado, con locales comerciales desolados y, desde el umbral de esos negocios semivacíos, una verdadera explosión demográfica de vendedores ambulantes, que han tomado por su cuenta calles y banquetas, ante la indiferencia o la reconocida impotencia (que no es lo mismo pero es igual) de las autoridades municipales, comenzando por el propio alcalde tapatío Ramiro Hernández.
Meses atrás este funcionario había declarado, muy quitado de la pena, que sencillamente no podía con el problema de comercio informal y de manera específica con el que opera de manera ilegal en el primer cuadro tapatío, donde por reglamento está prohibida la venta de cualquier tipo de géneros en la vía pública. Con ello, el primer edil de Guadalajara no sólo puso en entredicho su autoridad y tácitamente les terminó levantando el brazo victorioso a los vendedores ambulantes, sino que suscitó todo tipo conjeturas y habladurías.
La más repetida de ellas fue la siguiente: que la administración municipal de Ramiro Hernández, como antes la de Aristóteles Sandoval y Francisco Ayón, les había dado manos libres a los comerciantes informales asentados en el centro tapatío porque el grueso de ellos forma parte de las clientelas políticas del PRI. Otra versión atribuye esa inaceptable tolerancia a una añeja costumbre: funcionarios municipales que de manera clandestina cobran cuotas a los comerciantes informales, como en su momento quedó demostrado con el caso de la regidora con licencia Elisa Ayón y otros funcionarios municipales señalados por actos no menos groseros de corrupción.
También hay quien ha atribuido la cada vez más espesa marea de vendedores ambulantes, en un perímetro explícita y legalmente prohibido, a la personalidad “caime bien” del alcalde tapatío, arguyendo que una persona que busca a toda costa no tener conflictos y quedar bien con todo mundo no puede ser un buen gobernante, en el entendido de que aun cuando se debe buscar la conciliación, también hay que saber enfrentar a intereses creados con el aval y el respaldo de la ley.
Pero sea por una causa o por otra, o porque la fuerza del ambulantaje supere al poder de las instituciones, el comercio informal no pasa de ser sólo uno de los múltiples achaques que padece el centro de Guadalajara: degradación de los espacios públicos; despoblamiento; multiplicación de giros negros; vigilancia precaria; desaseo; un creciente número de fincas desocupadas o en ruinas; acumulación de costosos proyectos fallidos como la pretendida instalación de la Villa Panamericana en los alrededores del parque Morelos y más recientemente la cacareada Ciudad Creativa Digital, concebida como plan B en la misma zona.
La puntilla la ha venido a dar el mal planeado proyecto de la Línea 3 del Tren Ligero; un proyecto concebido desde la ciudad de México, que no ha tomado en cuenta para nada el parecer de los tapatíos ni el de especialistas en materia urbana y en el que, para colmo de males, han sido enteramente ajenas y omisas las autoridades locales, cuyo triste papel en este caso se asemeja al de los mirones del ajedrez, quienes según la sabiduría popular “son de palo”.
Cabe precisar que el mencionado despoblamiento del primer cuadro tapatío no sólo tiene que ver con el menguante uso habitacional de la zona, sino también con la salida de añejas instituciones que habían arraigado en esa demarcación como sería el caso de los juzgados, que extralógicamente se mudaron a la lejana Ciudad Judicial, en la periferia poniente de nuestra urbe.
Lo peor del caso es que esta tendencia degradadora del centro de Guadalajara no sólo parece que va a mantenerse, sino que amenaza con agravarse, pues se habla de que pronto la Preparatoria de Jalisco habrá de seguir el mismo camino de su vecina de muchísimos años, la “Quinceava Zona Militar”, que abandonó un céntrico edificio histórico para instalarse afuera del Periférico. Y un futuro semejante pareciera esperarles también a las escuelas de Artes Plásticas y de Música de la Universidad de Guadalajara, que en pocos años estarían abandonando sus sedes actuales (el claustro de Santa María de Gracia y el de San Agustín, respectivamente) para ser reubicadas en el área de Los Belenes, ahí donde el mandamás de la UdeG (¿eres tú, Raúl?) ha venido dándole forma a su sueño más dorado: el pretendido Centro Cultural Universitario, que tendría un mall, un hotel de gran turismo, un fraccionamiento habitacional vip, entre otras “estéticas” ocurrencias.
Hoy, Guadalajara, comenzando por la zona centro, es una ciudad devastada.








