Indefensión magisterial

Llevamos muchos días viviendo la confrontación de la masa magisterial nacional con lo que se dice “gobierno”. Lo primero que extraña de esta pugna es que sea el gobierno, en su carácter de responsable de dirimir conflictos y buscar vías de conciliación, el que no entienda razones. Es él quien azuza, cierra las puertas, e incumple lo normado. Esa entidad deforme que llamamos gobierno impide que el litigio se resuelva… De no creerse.

El equipo gobernante debe ser enjuiciado como hijo ingrato. Desconoce que a la labor sacrificada de los maestros se debe el perfil del actual Estado mexicano. Los curitas azuzaron la lucha por la Independencia incendiando la mente de nuestra masa indígena. Los autóctonos componían entonces el 90% de la población. No siguió luego la visión de los padres de la patria –Hidalgo, Morelos, Matamoros y muchos otros más–, por eso fue necesaria otra revuelta. Los profes le entraron al quite en lugar de los curas levantiscos.

La aparición de los profes vino con la implantación de la empresa escolar, que había estado acaparada por el clero, tras la separación política de la península. En 1823 se fundó en la Ciudad de México la Escuela Normal Lancasteriana. En Guadalajara lo hizo el Colegio de San José. En 1825, en la capital, inicia trabajos la Escuela Normal Lancasteriana de la Constitución. Las tres son reconocidas como las escuelas de maestros más antiguas del país. Funcionaron con altibajos, como funcionó el país a lo largo del siglo XIX.

En 1885 don Ignacio Manuel Altamirano promovió la creación de la Escuela Normal, ya con carácter nacional, con plan de estudios definido y un presupuesto desglosado. La idea contiene en germen el asunto de la coeducación, es decir, la responsabilidad estatal en este rubro. Bajo este impulso renovador van apareciendo señeras escuelas normales: La Normal de la Ciudad de México, en 1885. La veracruzana en 1886, y otras. En 1887 se inaugura en la Ciudad de México la Escuela Normal para profesores. Los primeros maestros normalistas titulados se graduaron en 1891. Optimista les pintaba el panorama, pero llegó a todos el vértigo de la Revolución y cambiaron las cosas.

El papelón que jugaron los curas un siglo antes, al soliviantar a los naturales en contra del despotismo español, lo jugaron después los mentores, desparramados a lo largo y ancho de la geografía nacional. Ellos se habían dado a la tarea de forjar un país que no existía. Destacaron de entre los muchos ilusos por construir una nación nueva.

El derrotero que siguió la lucha misma así como las secuelas de aquellos enfrentamientos tiene que vincularse con claridad al empecinamiento de estos sacrificados apóstoles, pertrechados en las trincheras de la rebelión, al lado de sus educandos, las madres y los papás de aquellas criaturas bajo su cuidado.

De los datos históricos, baste ya con decir que la vieja escuela normal se convirtió, bajo los auspicios de la Revolución, en la Escuela Nacional de Maestros en 1924. Para 1942 la edad escolar de la población había aumentado y exigió la profesionalización de maestros para la secundaria. Y, por fin, en 1978 apareció la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), como una fuente nueva, encargada de la formación y la superación de estos operarios.

El rostro actual de nuestro Estado nación se debe pues a esta legión de mentores, dedicados a escolarizar, alfabetizar y a conducir a cada nueva generación de chilpayates mexicanos. Sus relaciones laborales y políticas se han atenido al trato con los gobiernos y las instituciones que hemos tolerado y consagrado. Deformes o no, inservibles o no, es lo que hemos hecho y lo que tenemos. Ese trato se revela de cuerpo entero revisando el actuar del monstruo denominado SNTE, que engloba a todos los profesores dedicados a la educación pública, como responsabilidad estatal, el sindicato más voluminoso de América Latina.

Se llegó a hablar de un número cercano a los 2 millones de miembros. Ahora se menciona la cifra del millón y medio. Un millón y medio de plazas para las que un gobierno atento y previsor debe asegurar la remuneración justa y hacerla llegar con puntualidad a sus beneficiarios. Un sindicato poderoso mantenido siempre a la vera del gobierno, listo para cualquier tarea de “urgencia nacional”, lícita o ilícita, pero calificada siempre de “patriótica”.

Ahora el gobierno anda desconociendo a su socio inseparable, a su patiño leal. Ya no lo acepta como chaperón. Lo tilda de ser una carga, y carga rijosa, vaquetona, impreparada, aviadora, cínica y más lindezas. ¿A qué se debe cambio tan drástico de libreto? Conviene revisar con detenimiento lo normado en el apartado B del artículo 123 constitucional. Los sindicatos del apartado A mantienen una relación de “bilateralidad” con el empleador a la hora de firmar el contrato colectivo. La firma se estampa hasta que las partes llegan a un acuerdo satisfactorio.

En cambio, los sindicatos regidos por el apartado B, entre los que se encuentra el SNTE, no firman contrato colectivo. Su empleador, el gobierno federal, estatal o municipal, fija las “condiciones generales de trabajo” escuchando a los trabajadores. Si quiere les hace caso, pero no está obligado. Eso es lo sancionado como legal. Las registra en el tribunal correspondiente, que también es instancia de gobierno y todos pa’ lante. Con tal paternalismo cobija el gobierno a sus trabajadores. Hasta el movimiento más insignificante tiene que pasar por este tamiz. Es una simbiosis impuesta desde la fuerza institucional, tolerada por los trabajadores.

Con tener todas las canicas en la mano, el gobierno cambió de parecer. Ya no está dispuesto a cohabitar con los mentores. Anda abrazando a otra amante. Ahora le dictan la plana los mercaderes, los negociantes. Para decirlo con toda crudeza, ya no existe el Estado nacional. Los mentores, viejos puntales estatales, salen sobrando. Su lugar lo ocupa el conglomerado de mafiosos financieristas y especuladores.

Ya no es a la vieja nación a la que se pliega el gobierno sino a las corporaciones empresariales, que no tienen patria, que no respetan fronteras, que no saben de amigos sino sólo de intereses. Buscan la ganancia a toda costa, así hagan caer a cuantos se les interpongan al paso. Si es necesario echar mano del despojo y de la explotación, no se detienen. Los derechos de los trabajadores y sus dependientes son asuntos que no les quitan el sueño. Es la nueva consigna dictada al mal llamado gobierno y que obedece a pie juntillas.

La antigua relación paternalista con los mentores conoce, con estas nuevas variantes de juego, sus peores días. Los maestros se encuentran en la peor de las indefensiones. Nunca tuvieron, en su sindicato, un organismo que velara en realidad por sus conquistas laborales. Pero ahora menos lo hará. Conviene que abran los ojos de una vez por todas. No recibirán ninguna buena ni de su sindicato ni del gobierno. Les toca coger el pandero en sus manos y empezar de nuevo, quizás como lo hicieron cuando empuñaron los rifles al lado de Zapata y de Villa.

Y más vale que no quieran pelear solos o que no los dejemos solos, pues andamos igual, con tanto farsante que no nos representa.