El 15 de julio era esperado con interés para conocer los resultados de la primera parte de la Ronda Uno, en la que se adjudicarían a inversionistas privados, por primera vez en 76 años, campos para la exploración y explotación de petróleo en México. Tomando en cuenta la importancia histórica para los mexicanos de la transición hacia un nuevo régimen de explotación petrolera, el interés era comprensible. Se ponía a prueba la capacidad del gobierno de Peña Nieto para captar inversión extranjera y hacer efectivo el gran empuje a la economía mexicana que, según las voces oficiales, proporcionarán las llamadas reformas estructurales, entre ellas la energética como la joya de la corona.
Los resultados fueron poco alentadores e invitan a reflexionar sobre sus motivos y enseñanzas. Se ponían a licitación 14 bloques en aguas someras situadas en las costas del Golfo de México. Según declaraciones de funcionarios de la Comisión Nacional de Hidrocarburos, se consideraría un éxito si se recibían ofertas aceptables para, al menos, 30% de los bloques licitados. Sin embargo, sólo dos bloques fueron asignados. Es decir, 50% menos de lo esperado. Las compañías petroleras grandes no mostraron interés. Pemex no participó porque no se lo permite su difícil situación financiera tras los recortes presupuestarios que le han impuesto. En resumen, un arranque de muy bajo perfil y grandes interrogantes sobre qué puede esperarse en el futuro.
Las voces oficiales y formadores de opinión, para quienes la privatización en sí misma es tan valiosa que efectuar la licitación ya permite sentirse satisfechos, han salido a explicar los pobres resultados y a subrayar sus “éxitos”. Lo cierto, señalan, es que los campos ofrecidos eran poco atractivos. Los buenos vienen después, sobre todo cuando se llegue a las rondas para licitar en aguas profundas. Lo importante ha sido la calidad del proceso de licitación caracterizado por la transparencia, y la certidumbre de haber llegado a resultados aplicando criterios muy claros y sin privilegiar a nadie. El clímax de la transparencia, según estos comentarios, fue haber trasmitido por televisión, en tiempo real, la apertura de sobres y las decisiones a favor de quien hizo la mejor oferta.
Semejante entusiasmo por lo que debe ser la norma y no el motivo de calificación de excelencia revela el clima de desconfianza existente en el país. Comprensible cuando se piensa en la gran opacidad y evidentes privilegios que se han otorgado, por ejemplo, en las licitaciones para el gasoducto Los Ramones. Sólo así se entiende la exaltación por lo que en otro país serían comportamientos normales.
Ahora bien, sería un grave error quedarse allí y no hacer una reflexión sobre las diversas enseñanzas que se derivan de las respuestas tan limitadas a esta ronda inicial. La primera enseñanza se refiere al impacto negativo de las condiciones que existen en el panorama petrolero internacional. No es lo mismo hablar de la reforma energética cuando el precio del barril de petróleo estaba a 110 dólares que cuando ha bajado a 50. Múltiples circunstancias explican que en estos momentos haya sobreoferta de petróleo, la cual podría incrementarse como resultado del reingreso de Irán al mercado petrolero.
Existen pocas probabilidades de una recuperación a corto plazo del precio del hidrocarburo. Entre las muchas razones que la hacen improbable se encuentra la campaña a favor de energías alternativas que alivien los efectos en el medio ambiente. Esto no supone, de manera alguna, que desaparecerá la utilización y el interés por el petróleo a corto plazo. Pero sí que hay mucha más cautela por parte de los inversionistas. En el nuevo panorama internacional, la decisión de invertir en nuevos campos ocurre en situaciones de mayor competencia. ¿Cuáles son los atractivos especiales que ofrece México?
Desde el punto de vista económico, responder a esta pregunta implica analizar las regulaciones que se incluyeron en los contratos y preguntarse si eran atractivas. Por opiniones recogidas en la prensa, las compañías extranjeras encuentran demasiado rígidas diversas disposiciones, entre ellas el margen de ganancia que desea obtener el gobierno. Una empresa tan bien calificada como Staten Oil, de Noruega, fue descartada por haber quedado debajo de dicho margen.
Otro aspecto, más difícil de medir en cifras, es el impacto de la situación política del país sobre el ánimo de los inversionistas. No es lo mismo la imagen del gobierno en los años del “momento mexicano” y el Pacto por México que la imagen de una nación donde el poder del crimen organizado es una fuerza paralela a la del Estado. Se puede alegar que las grandes empresas petroleras están acostumbradas a trabajar en países con problemas políticos. Es cierto, pero entonces la decisión es más lenta, los costos son más altos y las regulaciones que se esperan más flexibles.
En suma, las enseñanzas de esta ronda obligan, en primer lugar, a manejar más ampliamente el tema de la situación mundial del petróleo, algo que ni voces oficiales ni comentaristas han emprendido. Sorprende la ausencia de capital humano en nuestro territorio que incorpore un buen análisis de las condiciones internacionales en que se realizarán las próximas rondas.
En segundo lugar, las experiencias de esta ronda invitan a repensar el peso de la reforma energética como detonador del crecimiento económico a corto y mediano plazo. Su contribución a dicho crecimiento será mucho más moderada de lo previsto. Los resultados de la Ronda Uno indican, así, que urge redefinir el proyecto económico del actual sexenio. Desgraciadamente, no parece que el gobierno lo entienda de ese modo. La decisión de fincar el crecimiento en la apertura petrolera sigue vigente, aunque las condiciones para obtener buenos resultados no estén presentes.








